LAS INTUICIONES Y SU PAPEL EN LA CONSTRUCCIÓN TEÓRICA*

Intuitions and their Role in Theoretical Construction

SERGI ROSELL
University of Sheffield - Inglaterra
s.rosell@sheffield.ac.uk

Artículo recibido: 25 de julio del 2011; aprobado: 1 de octubre del 2011.


RESUMEN

Se repasa y evalúa la discusión actual acerca del papel que las intuiciones deben desempeñar en la construcción de teorías filosóficas, proponiendo unos desiderata metodológicos que pretenden conciliar las exigencias más razonables de los experimentalistas con aquellas convicciones tradicionales que el autor juzga irrenunciables si se quiere evitar el escepticismo general.

Palabras clave: intuición, teoría filosófica, experimentalismo.


ABSTRACT

The article reviews and evaluates the current discussion regarding the role intuitions should play in the construction of philosophical theories, while, at the same time, proposing some methodological desiderata aimed at reconciling the more reasonable demands of experimentalists with certain traditional convictions that the author considers unavoidable in order to avoid general skepticism. 

Keywords: intuition, philosophical theory, experimentalism.


Recientemente ha adquirido una gran importancia la cuestión meta-filosófica del papel que las intuiciones o juicios intuitivos juegan o deben jugar en la construcción de teorías filosóficas. Esta problematización se debe, por un lado, a la misma naturaleza poco clara de las intuiciones, así como, por el otro, al reto planteado en los últimos años por los trabajos de los autodenominados filósofos experimentales, los cuales han arrojado resultados que parecen contradecir algunos presupuestos centrales de la especulación filosófica. En lo que sigue abordaré estas dos cuestiones por orden en la primera y segunda parte de este artículo, para proponer en la tercera unos desiderata metodológicos que reconcilien las exigencias más razonables de los experimentalistas con aquellas convicciones tradicionales que parecen irrenunciables si queremos evitar el escepticismo general. 

Intuiciones

Mayoritariamente, los filósofos asumen que es una virtud para una teoría que esta responda a nuestras intuiciones y un demérito que no se adecúe a ellas. Por ejemplo, buena parte de los filósofos que han contribuido a la abundante bibliografía, surgida en el campo de la epistemología a raíz del artículo clásico "Is Justified True Belief Knowledge?" de Gettier, usa intuiciones acerca de casos específicos para poner a prueba los análisis propuestos del concepto de conocimiento. También, en el debate en torno al libre albedrío y la posibilidad de la responsabilidad moral, se apela a menudo a intuiciones cotidianas que constituyen restricciones para las teorías propuestas. Por ejemplo, Susan Wolf afirma, en su importante obra Freedom within Reason, que su teoría sólo tendrá éxito si se acomoda adecuadamente a nuestras intuiciones al respecto (cf. 112). 

De esta manera, las intuiciones parecen jugar en filosofía un papel análogo al que juega la evidencia empírica en la ciencia: constituirían lo que podemos llamar evidencia filosófica. Sin embargo, el paralelismo es problemático. Como resulta obvio para cualquiera, la gran fiabilidad de los modos de observación e instrumentos científicos hace que la evidencia empírica goce de un prestigio del que carecen las meras intuiciones -incluso las intuiciones filosóficas (o intuiciones de los "educados filosóficamente")-, pues estas no pueden ser independientemente calibradas como lo son los métodos científicos. Así, no disponemos de una comprensión satisfactoria del estatus epistemológico de las intuiciones -esto es, de la anhelada correlación entre el hecho de tener la intuición de que P y que sea verdadero que P-.

Por otro lado, la misma naturaleza de las intuiciones es controvertida. En primer lugar, cabría que nos preguntáramos a qué nos referimos exactamente con el término intuición. Por ejemplo, Gopnik y Schwitzgebel han caracterizado la noción de juicio intuitivo como "un juicio [...] no emitido sobre la base de algún tipo de razonamiento explícito que una persona pueda observar conscientemente" (77). Pero esta caracterización es demasiado liberal, pues incluiría juicios perceptivos, introspectivos y recuerdos. Más adecuado sería decir, con George Bealer, que las intuiciones son "apariencias intelectuales que se presentan a sí mismas como necesarias y que son distintas de fenómenos como las ‘intuiciones físicas', los experimentos mentales, las creencias, las corazonadas, los juicios de sentido común y los recuerdos" (213). Pero incluso esta caracterización constituiría una categoría demasiado amplia y variopinta de cogniciones. Las intuiciones parecen ser criaturas intelectualmente extrañas. Cuando tenemos una intuición (en sentido relevante) hay algo, principalmente un contenido proposicional, que se nos aparece como cierto, que nos parece que es el caso, pero sin que seamos capaces de rastrear su origen en inferencias o percepciones sensoriales de que eso es así. Por supuesto, una intuición puede dar origen a una reflexión acerca de su objeto intencional, la cual puede acabar en una justificación de la intuición sobre la base explícita de buenas razones, a través de inferencias, percepciones, etc., pero este resultado no forma parte de la intuición misma. Lo característico de las intuiciones es que "[c]uando se dan, frecuentemente sobresalen psicológicamente, pero sin que sus orígenes nos sean accesibles." (Weinberg 318).

Concepción heredada y filosofía experimental

La que podemos llamar concepción heredada (típica de la idea tradicional de la filosofía como análisis conceptual) asume que las intuiciones constituyen puntos de partida para la investigación filosófica, al tiempo que suponen una constricción que las teorías deberían respetar. Sin embargo, esta asunción ha sido criticada sobre la base de que la aceptación sin más de las intuiciones como puntos de partida incuestionables es peligrosa. De hecho, las intuiciones pueden no ser más que convicciones internalizadas a partir de generalizaciones irreflexivas de la experiencia o de burdas analogías. No es implausible pensar que un examen detallado de sus posibles fuentes subyacentes -las teorías explícitas, las creencias cotidianas, las teorías tácitas o los mismos conceptos de nuestro lenguaje- muestre que tanto las intuiciones comunes como las filosóficas son artefactos que reflejan, antes bien, algún rasgo o aspecto de la persona o grupo particular, más que una genuina información acerca del tema en cuestión (Gopnik & Schwitzgebel 258; Cummings 116).

En esta línea, algunos filósofos han defendido que no podemos dar por sentado el poder de las intuiciones y, mucho menos, nuestra fiabilidad a la hora de detectar cuáles son estas intuiciones y su uniformidad. Si las teorías filosóficas han de ser fieles a las intuiciones comúnmente compartidas, como muchos sostienen, la cuestión que primero habrá que resolver es la de cuáles son estas intuiciones comúnmente compartidas. Para esta empresa, los límites del reconocimiento individual, por parte de cada pensador, son más que obvios. Por ello, los integrantes de la corriente autodenominada "filosofía experimental" han defendido que el método correcto para averiguar cuáles son estas intuiciones es la experimentación. 

El método experimental utilizado consiste, en general, en realizar estudios empíricos entre sujetos sin ningún contacto previo con el estudio filosófico de los temas en cuestión (para evitar el sesgo que este puede producir), que permitan comprobar las intuiciones comunes. Por ejemplo, en relación con los casos Gettier, los investigadores Weinberg, Nichols y Stich presentaron a diferentes grupos de sujetos descripciones como esta: 

Bob tiene un amigo, Jill, que ha tenido un Buick durante muchos años. Bob piensa, por ello, que Jill conduce un coche americano. No obstante, no es consciente de que este ha vendido recientemente su Buick, y lo ha cambiado por un Pontiac, que es un tipo diferente de coche americano. ¿Sabe realmente Bob que Jill tiene un coche americano, o sólo lo cree? (29) 

Tras leer la historia, los sujetos tenían que elegir entre "Realmente Sabe" o "Sólo Cree". En una población de estudiantes de pregrado de la Universidad de Rutgers, sólo el 26% de los que se habían identificado como culturalmente occidentales pensaron que Bob tenía conocimiento, mientras que el 57% de los participantes originarios de Asia oriental y el 61% de los originarios del subcontinente indio se decantaron por "Realmente Sabe". Estas diferencias en las intuiciones epistémicas mostradas por los distintos grupos de sujetos participantes en el experimento son estadísticamente significativas y contrastan con la opinión ortodoxa en epistemología de que, en los casos Gettier, la intuición compartida es que Bob no sabe, sino que sólo cree. Weinberg, Nichols y Stich ven en este y otros resultados semejantes muestras de variaciones fundamentalmente culturales entre los grupos analizados.1 Por otro lado, también se encontraron diferencias en las intuiciones epistémicas de sujetos de diferentes niveles educativos. En particular, la mención de una posibilidad no realizada de error produjo una respuesta más crítica por parte de los sujetos con estatus socioeducativo más alto que por parte de los sujetos de estatus bajo. 

En definitiva, el hecho de que las intuiciones varíen de un grupo a otro es un resultado que amenaza con socavar la confianza de los filósofos en su capacidad de detectar aisladamente cuáles son las intuiciones compartidas acerca de una cuestión filosófica. Weinberg, Nichols y Stich concluyen que la epistemología actual, basada en las intuiciones de quien teoriza, sería en realidad etnoepistemología, esto es, un estudio de las actitudes epistémicas contingentes a la subcultura del teórico (cf. 40). Como resultado, afirman, la epistemología (y la filosofía, en general) que se apoya en intuiciones no puede darnos normas acerca de cómo debe pensar todo el mundo.2

Por supuesto, los resultados de experimentos como este plantean muchas cuestiones. Por ejemplo, Ernesto Sosa -defensor del análisis conceptual tradicional- ha afirmado que no está nada claro que la variación de las respuestas al caso Gettier de Bob y Jill puedan adscribirse propiamente a variaciones culturales en relación con lo específicamente epistémico, sino que, más bien, se debería a variaciones culturales en el modo en que los lectores rellenan el trasfondo de detalles no epistémicos de las historias presentadas. No obstante, este tipo de estudios plantea, en general, un reto importante a la concepción heredada. Según los autores de experimentos como el anterior, el que ciertas intuiciones acerca de cuestiones filosóficas, respecto a las cuales se ha dado por sentado que son uniformes, varíen en virtud de factores culturales y educacionales, es un descubrimiento que pone en cuestión "la adecuación de las intuiciones para desempeñar ningún tipo de papel evidencial." (Alexander & Weinberg 63). Sin embargo, el cuestionamiento sistematizado de nuestras intuiciones de sentido común no puede más que conducir al escepticismo radical. De hecho, la principal objeción a la apelación a las intuiciones, consistente en negar su fiabilidad, se aplica igualmente a la percepción y a la introspección, a las que presumiblemente nadie quiere renunciar (véase Sosa 2009 y Bealer 1998). En particular, para Timothy Williamson, el escepticismo sobre las intuiciones, como el escepticismo sobre la percepción, nos insta a que concibamos la evidencia como un hecho acerca de nuestros mismos estados psicológicos internos -en concreto, hechos acerca de nuestras inclinaciones a emitir juicios sobre determinadas cuestiones-, más que hechos sobre las cuestiones mismas. Pero esta presión debe resistirse, pues descansa en una mala epistemología: una que está guiada por el ideal inalcanzable de una evidencia identificable de manera totalmente no problemática. Asimismo, también se ha defendido -es el caso, por ejemplo, de Frank Jackson- que nuestras intuiciones no pueden estar completamente equivocadas, en cuanto son al menos parte constitutiva de los conceptos a los que se refieren. 

Desiderata metodológicos

Creo que con esto bastará para que el lector se haga una idea del contenido del debate meta-filosófico acerca del papel que las intuiciones juegan o deben jugar en la construcción de teorías filosóficas, que es reflejo de la misma concepción de la filosofía que uno tiene y del estatus epistemológico de las mismas intuiciones. Por supuesto, con esto no pretendo haber sido exhaustivo ni creo que se pueda llegar a ninguna conclusión estricta. Pero el mero hecho de seguir la dialéctica de este debate nos permite sospechar algunas cosas. 

Vimos que la concepción heredada presuponía que las intuiciones (i) constituyen puntos de partida necesarios para la investigación filosófica y (ii) suponen una constricción que las teorías siempre han de respetar. Ahora, los resultados experimentales deben hacernos sospechar de los límites o peligros de la apelación indiscriminada a nuestras intuiciones individuales. Sin embargo, la investigación filosófica tiene que partir de algún lugar y las intuiciones comunes parecen ser el único punto de partida posible en filosofía. Creo que salta a la vista que, si no queremos vernos abocados al escepticismo general, no hay más remedio que aceptar (i). Además, el descubrimiento, por medio de la experimentación, de que las intuiciones comunes respecto a una cuestión filosófica determinada pueden diferir de las asumidas por la mayoría de filósofos, o que varían entre diferentes grupos de población, vendrá a hacernos considerar con más detenimiento nuestros presupuestos, lo que en última instancia contribuirá a una mayor fiabilidad de este método más que a su bancarrota.3 En la medida en que el experimentalismo puede contribuir a desenmascarar intuiciones no fiables, es algo que todo filósofo ha de ver con buenos ojos. Así, experimentos como el anteriormente descrito pueden ser aliados de la misma apelación a intuiciones.

Sin embargo, (ii) es mucho más cuestionable. En concreto, si algo que juzgamos claramente intuitivo resulta que contradice ciertos resultados teóricos, empíricos, o simplemente choca con otras intuiciones mejor sustentadas, entonces parece que no habrá más remedio que proceder a su revisión.4 Si nuestras intuiciones no son tan fiables, uniformes y unitarias, como la concepción ortodoxa del análisis conceptual parecía suponer, otras consideraciones (como la simplicidad, la resistencia, la coherencia lógica o la consonancia con los resultados de las ciencias naturales) pueden prevalecer; por lo que cierta anti-intuitividad puede resultar necesaria en beneficio de la ganancia total del sistema teórico construido. Esto es algo que resulta irremediable en relación con el conflicto de intuiciones presente en ciertos problemas filosóficos.

Creo que esta manera de comprender (i) y modificar (ii) es relativamente poco controvertida, por lo que la consideraré como dos desiderata razonables. De hecho, esta propuesta sigue la estela del popular método del equilibrio reflexivo, cuya mecánica consiste, a grandes rasgos, en avanzar y retroceder desde nuestros juicios intuitivos acerca de casos particulares, a los principios o reglas que creemos que los gobiernan, y de las consideraciones teóricas que creemos que sostenemos al aceptar esos juicios reflexivos, a los principios o reglas. Revisando, así, cuando sea necesario, cualquiera de esos elementos a la luz de los otros, de modo que se produzca un reajuste mutuo del sistema que, finalmente, produzca una coherencia aceptable entre todos sus elementos (véase Rawls 1971 y Goodman 1965).

Los únicos que, en rigor, pueden oponerse a esta propuesta serán aquellos que otorguen un carácter a priori e infalible a nuestras intuiciones -especie que no debe abundar mucho hoy en día-, así como, en el extremo opuesto, los naturalistas radicales que no acepten como fuente de evidencia más que la observación empírica. Sin embargo, la apelación a intuiciones como punto de partida de la investigación filosófica no debe resultar sospechosa a los filósofos de orientación naturalista moderada, pues -insisto- no se trata de que constituyan un límite incorregible e infranqueable y, de hecho, muchas de las intuiciones pueden finalmente tener que ser rechazadas.5

Pues bien, si resulta que las intuiciones compartidas en relación con una cuestión determinada constituyen un punto de partida necesario para la investigación filosófica de esa cuestión, entonces será importante aclarar cuáles son estas intuiciones. De este modo, al abordar una cuestión filosófica x, será necesario comenzar atendiendo a las intuiciones comunes acerca de x. Pero, como es obvio, la determinación correcta de cuáles son las intuiciones comunes acerca de esa cuestión filosófica no constituye una solución al problema planteado, sino que de lo que se trata es, en primer lugar, de aclarar cuáles son las intuiciones en juego -tarea inicial propia de un proyecto descriptivo que aspira a sacar a la luz las intuiciones comunes sobre un dominio determinado-.6 Este proyecto contrasta con la empresa ulterior de determinar, mediante la construcción de teorías que expliquen y sistematicen las convicciones iniciales, qué convicciones comunes son correctas y deben ser preservadas y cuáles revisadas, en un proceso de reajuste mutuo entre intuiciones y teoría que tiene como meta alcanzar la concepción sistemática más coherente posible. No obstante, no se puede excluir que puedan surgir ciertos conflictos que resulten no ser (en principio) resolubles.


* La realización de este artículo ha contado con el apoyo del Programa VALi+D (fase postdoctoral) de la Generalitat Valenciana y el proyecto de investigación "Alternativas, creencia y acción" (FFI2009-09686), financiado por el Ministerio de Ciencia y Tecnología del Gobierno de España y los fondos FEDER de la Unión Europea.

1 Específicamente, conectan estos resultados con las diferencias entre el énfasis "individualista" occidental de analizar los objetos aisladamente del contexto y el énfasis "holista" oriental en las relaciones entre los objetos y su contexto.

2 Véase Swan, Alexander y Weinberg (2008), para resultados semejantes en relación con los casos Truetemp de Keith Lehrer contra el fiabilismo.

3 En este sentido, contra los "experimentalistas radicales", Liao ha defendido que los estudios presentados por estos sugieren que, de hecho, algunas intuiciones son fiables.

4 Goodman (68n.) subraya que un choque de intuiciones o convicciones preteóricas justifica al teórico a deshacerse de algunos de estos elementos y construir una teoría general (para un área determinada, en su caso la de la confirmación) compatible con los desiderata teóricos y explicativos, la cual salve tantas de nuestras convicciones originales como sea posible. Asimismo, Slote defiende esta metodología en la construcción de teorías éticas, a la luz de las inconsistencias y paradojas de nuestro pensamiento cotidiano sobre la moralidad.

5 El método es conservador en cuanto que empezamos con nuestras convicciones presentes e intentamos fortalecer la coherencia de nuestra concepción global con el menor número de cambios posibles. Sin embargo, y aunque algunas sean más firmes que otras (los "puntos fijos" de Rawls), todas las intuiciones o convicciones iniciales son revisables. No hay puntos fijos a priori.

6 Véase Nichols 2006 y Vargas 2005. Nichols distingue tres proyectos: el descriptivo, el sustantivo y el prescriptivo; Vargas, dos: el diagnóstico, que trata de reflejar los hechos acerca de nuestro concepto de responsabilidad moral y sus condiciones de aplicación, y el prescriptivo, que aspira a generar una teoría correcta, que nos diga qué debemos pensar y hacer al respecto.


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