GUILLERMO WILDE
Religión y poder en las misiones de guaraníes
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Buenos Aires: Editorial Sb, 2009. 509 páginas. Incluye numerosos mapas e ilustraciones

 

Uno de los capítulos más coloridos y coloreados de la historia colonial iberoamericana ha sido el de las misiones jesuitas del Paraguay. Textos clásicos, ya añejos como el de Leopoldo Lugones, o más recientes como el de Alberto Armani, películas como La misión de Roland Joffé, o varias de las entregas de la colección discográfica Les chemins du Baroque han perpetuado la imagen de unas reducciones marcadas por el signo utópico de Moro y Campanella, especie de ínsulas selváticas que mediante el poder de la música y el carisma de los miembros de la Compañía simpatizaron en la tierra con la perfecta armonía de las esferas celestes, antes —eso es— de que los grandes poderes seculares de Portugal y España se encargaran de arrasar al mismo tiempo con misiones, misioneros y conversos. También a su manera, la propaganda antijesuita contribuyó a fortalecer esta idea: como se recordará, no más el Cándido de Voltaire se regodeó describiendo un genuino para-Estado de curas de armas tomar, y de allí a Robert De Niro empuñando el breviario y la espada solo hubo un irónico paso. Como sea, las versiones en pro o en contra siempre han tendido a enfocarse en la actividad de los religiosos blancos y no en los indígenas adoctrinados.

En Religión y poder en las misiones guaraníes, el antropólogo salteño Guillermo Wilde afronta todos estos implícitos y produce una obra que pone de cabeza estas y otras idealizaciones. Las reducciones, sostiene, fueron "buenas para pensar" durante la Ilustración, pero ello llevó a que creyéramos casi a pie juntillas en la veracidad de su carácter modélico y no reparáramos en sus inherentes e inevitables tensiones, ante todo culturales. A estas Wilde las ubica e interpreta desde el lado indígena; apunta a comprender lo que dos siglos y medio de experiencia misional pudieron haber significado para los guaraníes de distintas denominaciones, desde su contacto con los primeros misioneros a principios del siglo XVII, pasando por la guerra de mediados del XVIII y la expulsión de los jesuitas poco tiempo después, hasta la cuarta década del siglo XIX con la consolidación de los Estados nacionales rioplatenses y el ocaso progresivo de las poblaciones nativas.

Aunque el trabajo sigue un estricto orden cronológico, cada uno de sus once capítulos ubica un problema fundamental: la traducción de las jerarquías políticas y el parentesco, el significado de las fronteras, los sistemas de conocimiento, etc. El breve espacio de una reseña no permite, ni de lejos, detenerse en tal amplitud de temas, máxime en una obra tan justificadamente voluminosa. Empero, valga en cambio repasar al vuelo algunos de los puntos más relevantes. Su propósito confeso es comprender "el proceso histórico de formación de una comunidad política heterogénea, las misiones de guaraníes, y [...] el modo como los indígenas, en particular las figuras nativas de autoridad, [...] intervinieron en este proceso y se inventaron en él, interactuando con otros sectores de la sociedad colonial" (p. 23). Así pues, lo que marca la importancia de este libro, y se reitera continuamente, es la impresionante capacidad de adaptación y pragmatismo de los reducidos, lo que a renglón seguido el autor denomina como "agencia indígena". Se atestigua, por ejemplo, en la plasticidad con que asumen categorías eminentemente ajenas como la de "cacicazgo" —impuesta por los ignacianos con fines de control político y fiscal— adoptándolas y adaptándolas para la conveniencia de sus propios fines políticos. (En una vena consonante e igualmente prolija va enhorabuena el reciente trabajo de Jorge Gamboa Mendoza sobre los cacicazgos muiscas, publicado por el ICANH.) Asimismo, es notable el análisis que se adelanta sobre la participación indígena en la "guerra guaranítica" de 1754-1756, máxime cuando con razón se nos recuerda que "la literatura específicamente dedicada a los sucesos estuvo muy condicionada por una postura etnocéntrica que negó [su] capacidad de acción" (p. 158). Los guaraníes no solo fueron notables estrategas (es decir, ellos y no los jesuitas o portugueses que supuestamente los incitaron), sino que se hallaron lejos de ser adeptos sumisos a los bandos europeos.

La "religiosidad" (usada por Wilde en la figuración que le da Nathan Wachtel al término, en su renombrado estudio sobre los marranos) se examina como "un fondo común de creencias fragmentado [...] que se preservaba, refuncionalizaba y sedimentaba desde la época temprana de la evangelización" (p. 243). Más que denotar un mero sincretismo, esta indica la convivencia (y acaso la competencia) de varios sistemas de saber con fines a la vez mágicos, religiosos y políticos; un conjunto de prácticas que solo aflorará en el registro documental luego de la expulsión de los jesuitas, muchas veces bajo la equívoca, aunque posible, etiqueta de "hechicería". La asunción de esta perspectiva para el contexto misional es, otra vez, insólitamente novedosa, y constituye uno de los apartes más ricos para la interpretación etnográfica.

También resultan muy relevantes y oportunas las muchas páginas que se dedican a la participación indígena en la independencia de la Banda Oriental; tema de indiscutible vigencia y que actualiza y amplía sensiblemente trabajos previos sobre la base social del ejército artiguista. El seguimiento en detalle a las andanzas del "Comandante General de Misiones" Andrés Guacuray (también conocido como Andresito Artigas) es tan revelador como emocionante, pero sobre todo explicita algo fundamental cuando se discuten las consecuencias del "régimen de comunidad", ordenado por el virrey Avilés en 1800. Tal decreto, conducente a la "españolización" del indio, producto de los esfuerzos borbónicos por disolver la división entre "repúblicas" de indios y españoles y así integrar a los naturales al mismo régimen productivo y tributario, apuntaba hacia la concesión de libertad a las familias de los antiguos reducidos, eso es, al deslinde y privatización de las tierras comunales. Wilde muestra cómo la medida generó un inesperado alud de solicitudes que, no obstante, obedeció a una racionalidad harto distinta de aquella que amparaba a la administración colonial:

¿Cuál era el significado que los guaraníes daban al término "libertad"? ... Aparentemente el término iba ligado [...] a la idea de "movilidad regional" [p. 275]. [...] Es posible que con el incremento de la opresión económica dentro de los pueblos, y el decaimiento de la vida ceremonial, los guaraníes comenzaran a ver la vida en campaña como un ámbito de "libertad" en el manejo del tiempo, las relaciones sociales y el movimiento de un sitio a otro. (p. 279)

Pero esa movilidad/libertad es la que en general aparece a todo lo largo del texto. En cada capítulo los guaraníes entran y salen del espacio misional en todas sus dimensiones; las fronteras son porosas, bien sean religiosas, políticas, étnicas o legales. Aunque sabemos que en cierto sentido esa es la condición sine que non de cualquier frontera, lo instructivo y paradójico es que a la vez hemos persistido en suponer que las misiones (las del Paraguay como las nuestras) lograban sobreponerse a esta determinación y marcaban linderos casi inexpugnables. Religión y poder demuestra con contundencia lo dudoso de esa concepción. Trabajos recientes en nuestro contexto, como el del Valentina Pellegrino sobre la actividad misionera en Raposo, Chocó, en el siglo XVIII, confirman la potencial universalidad de este enfoque.

Son tantos los elementos que desarrolla y pone en discusión el libro, que la verdad son muchos más de los que anuncia su título, tanto en los tópicos como propiamente en el marco de tiempo. Aún así, sin duda el grueso del argumento se deshilvana bajo la presencia jesuítica, y esto nos lleva a hacernos una consideración, a la luz del escrito, que allí apenas se sugiere: a pesar de la forzosa tensión entre la Compañía y los guaraníes, de los equívocos y los evidentes desequilibrios y abusos del poder, queda la impresión, si no es que se demuestra, que fue gracias a ese particular modelo misional (por oposición a, dígase, el franciscano que le sobrevino) que los indios del Paraguay pudieron subsistir culturalmente, más o menos incólumes, hasta los albores de 1850. De hecho, Wilde hace hincapié en que a partir de la expulsión de la orden en 1768, verdaderamente inicia y se expande la anomia (el alcoholismo, el desarraigo, la criminalidad, etc.), que sin embargo pudiera haber sido peor si no hubiera sido por el recuerdo idealizado del tiempo de las reducciones. Así los famosos autos sacramentales ignacianos (las llamadas —un tanto atípicamente— "óperas", los bailes y cantos litúrgicos) sirvieron para mantener una cohesión mínima pero esencial, donde "la memoria del ritual operaba como ritual de la memoria" (p. 354; las cursivas son del original). Pudiera incluso suponerse que esa evocación de la época misional transmutó en otra versión, temporal en este caso, de la "tierra sin mal" que se hizo célebre en el trabajo de los esposos Clastres.

Es por lo mismo que hubiera sido deseable un mayor detenimiento sobre el problema de la música en las misiones, que ciertamente ya ha sido atendido, de manera prolija y rigurosa, por Bernardo Illari y Piotr Nawrot, pero que beneficiaría tanto más de una lectura plural y antropológicamente fina como la presente. Aún así, el autor sí se ha ocupado del asunto en varios artículos recientes y por esto se lamenta que sus argumentos, notables sin duda, no hayan merecido un capítulo en esta obra1. También hubiéramos querido que se prestara mayor atención a los resortes ideológicos del proyecto jesuita; a su ethos como institución. Cada vez se hace más importante examinar este aspecto de cara a la historia misional desde una perspectiva antropológica: descifrar cómo cierta idea de humanidad, de universo, de indio y de naturaleza, cómo cierta cosmología arraigada en la doctrina de este o aquel fundador (tan distinta, para volver al ejemplo, entre los seguidores de Ignacio de Loyola y Francisco de Asís) incidió en su política ultramarina, y cómo signó su eficacia o desastre en suelo americano, con arreglo a los distintos tiempos, espacios y sociedades.

Pero estos no son reparos sino aspiraciones. Religión y poder en las misiones de guaraníes es una obra que de seguro adquirirá estatus clásico en poco tiempo, y no únicamente por ser uno de los estudios más ambiciosos y redondos que se han producido hasta la fecha sobre el tema, sino porque como obra es un modelo de trabajo en antropología histórica: persuasivamente organizado, con buen ojo en el detalle sugerente, parco en neologismos y poco obsecuente con las poses y las jergas posestructurales y poscoloniales, sin que tampoco las desprecie o desaproveche en lo que valen. Las más de sesenta páginas de notas al final conforman un genuino estado del arte sobre la materia y los debates actuales en la subdisciplina. Demuestra por ende la renovada fortaleza de esta última en el continente. Más bien, si hay algo qué objetarle es la obstinada prescindencia de un índice analítico, tan conspicua en nuestras editoriales.


1 Particularmente logrado y asequible es el que se encuentra colgado en el sitio web de Music and Politics de la Universidad de California: Wilde, G. (s. f.). "Toward a Political Anthropology of Mission Sound: Paraguay in the 17th and 18th Centuries" [documento en línea]. Consultado el 5 de febrero del 2011 en www.music.ucsb.edu/projects/musicandpolitics/archive/2007-2/wilde.html


CARLOS GUILLERMO PÁRAMO BONILLA
Departamento de Antropología
Universidad Nacional de Colombia