La muerte de un hijo

Álvaro Daniel Reyes Gómez* 

Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá 

Raimbault, Ginette. La muerte de un hijo. Buenos Aires: Nueva Visión, 1997. 255 páginas. 

* e-mail: dracre@yahoo.com 


Este texto pone en relación la certeza inconsciente de inmortalidad —tan cara al psiquismo humano— y el deseo de un hijo. A lo largo de su libro, Raimbault propone que si toleramos el mortal destino que nos habita, conseguiremos concebir que un difunto hijo logre, en algún instante, aceptar su muerte como propia. Situados frente a la pérdida de un hijo, la aceptación de la justeza, de la finitud, permitiría asumir el fallecimiento no como algo accidental o contingente, sino como “lo que debería ser”. Hasta aquí, esta propuesta pareciera realizable, pero no es así, pues ser mortal, sexuado y parlante son tres rostros de la imposibilidad que no cesa de hallar la experiencia psicoanalítica. Cabe preguntarnos si es dado asumir el elogio a la muerte, pronunciado por Séneca, con el cual se cierra el texto que aquí comentamos: 

¡Oh, que desconozcan sus miserias quienes no celebran la muerte como la más hermosa invención de la naturaleza y no la aguardan con esperanza! Ya corone una vida feliz, aparte de nosotros el infortunio, ponga fin a la saciedad y la fatiga del anciano, arrebate al joven en su plenitud y a la edad en que se vive de esperanzas, o reclame al niño antes del tiempo de las pruebas, para todos es el final, para muchos la curación, para algunos el cumplimiento del supremo anhelo, y quienes más obligados están con ella son aquellos que la reciben antes de haber implorado su llegada.1 

Raimbault acepta la obligación de ocuparse de “la más hermosa invención de la naturaleza” al seguir los trazos del filósofo a quien César, su alumno, obliga a suicidarse. Sus variadas producciones dan cuenta de ello, pues los textos de esta analista francesa, acaso como cualquier escritura, tienen el ánima de la ineludible mortalidad humana. Así, en su libro Las indomables figuras de la anorexia (1991), al rastrear las vidas de la mítica Antígona, la emperatriz Sissi, la filósofa Simone Weil y la Santa Catalina de Siena, exhuma en ellas y en la escucha analítica un rasgo común asociado a la anorexia: una muerte no dicha, “el esqueleto en el armario”, como bien le enseña una de sus analizantes que se dice en “lalengua” inglesa a los secretos familiares. 

La muerte de un hijo tiene talante de retoño, pues en el preámbulo se dice que esta obra surge de un vacío que no se examinó en sus dos libros anteriores, El niño y la muerte (1995) y Clínica de lo real: el psicoanálisis en las fronteras de la medicina (1995). En ellos, la autora se centra en el sujeto infantil confrontado a letales enfermedades físicas. Ahora estas letras pretenden dar cuenta de la otra orilla: la de los padres que viven la pérdida de un hijo. 

1. Ginette Raimbault, La muerte de un hijo (Buenos Aires: Nueva Visión, 1997), 225. 

¿A qué travesías conscientes e inconscientes se lanzan quienes pierden un hijo? Esta pregunta guía el itinerario de este libro. Y, para hacer los trazos de las rutas, Raimbault acude a un recurso frecuente en el psicoanálisis: las producciones y actos de personajes alterados por el duelo singular de un cierto hijo; en efecto, no es cualquiera, sino aquel situado en un lugar exclusivo del psiquismo parental, tal como le acontece al pater del psicoanálisis con Heinele, su nieto. Freud sacudido no puede dejar de garrapatear su conmoción por este fallecimiento que le afecta de modo no comparable a Sophie, su hija y madre de Heinele. Así lo cita Raimbault: 

Tres años más tarde […] nos fue arrancado […] el hijo menor de esa muchacha [Sophie]. Era un niño intelectualmente muy desarrollado […]. Ocupaba para mí el lugar de todos mis hijos y los demás nietos; desde su muerte, ya no amo a estos y no gozo de la vida. También allí reside el secreto de la indiferencia —lo han llamado valor— frente a la amenaza que pesa sobre mi propia vida […].2 

Este libro no dedica un apartado propio al ilustre hijo vienés angustiado por la posibilidad de preceder a la madre en su cita con la Parca, tampoco comenta en detalle las producciones sobre el duelo en Freud ni en otros autores, sino que a cambio de ello sigue trazos del legado metódico del arte y otras creaciones en el campo psicoanalítico. Así, ante las complicaciones éticas de usar entrevistas y notas de su trabajo clínico con padres, Raimbault indaga el problema del duelo mediante ocho figuras conocidas y otras menos célebres —al menos en estas tierras americanas recubiertas por matices europeos—, de manera que se aproxima a las historias de padres y sus hijos muertos mediante obras de escritores, cantantes, una bailarina y algunos músicos. 

2. Ibíd., 130. 

Si bien la importancia de Víctor Hugo no se discute en estos lares, los lectores encontrarán en esta presentación de Raimbault un aspecto quizá menos conocido del escritor: la relación que existe entre sus letras y la ausencia de los hijos en la casa, así como su inclinación por el acto desbocado en la búsqueda de amores y por las “proezas eróticas” desenfrenadas como recurso ante el duelo. 

Los versos de Stéphane Mallarmé y su obra resuenan también en ciertos lectores, como también retumba el saber del poeta que se adelanta al analista al proponer que sin cuerpo, el duelo se prolonga y dilata su trabajo; por ello, el apartado dedicado a este otro francés se titula “La tumba de Anatole”, su hijo fallecido, quien reemplaza a la musa. “Si el cuerpo de Anatole queda abandonado en la tumba de la Tierra Madre para permanecer sepultado en ella para siempre, su alma purificada es acogida en otra Tumba, Stéphane, su padre amante. En esa ensenada fecunda tendrá su fuente la obra común: el Libro”3. Por esta ruta padre-hijo-obra quedan con-fundidos en una bahía cuyo borde despeña a este padre y a su poética asegurándole(s) un lugar en la literatura. 

El nombre de Geneviève Jurgensen no alcanza a sonar como los de estos dos literatos mencionados, pero el lugar de su escritura como intento por comprender, dar sentido e imaginarizar simbólicamente, acaso estará en la misma calle o avenida de ellos. Sus hijas de 8 y 4 años mueren en un accidente de carretera que lleva a la autora —entre otras cosas— a fundar una “Liga contra la violencia en los caminos”. Necesitará once años como tiempo lógico que le permita dictar y dictarse que “escribir era dar forma a la vida para sufrir menos. Sufrir era mi última manera de amar a mis hijas”4. El deseo de hijos, el sufrimiento como modo postrero de paliar la irremediable conexión con lo perdido, son aspectos que resaltan en la faena de duelo de esta mujer, junto a fenómenos alucinatorios que dan cuenta del orden de la forclusión que allí opera. 

Otra autora del periodo de entreguerras, Rosamond Lehmann, escribe para el padre en un entorno de letrados desde que era niña. Unas ideas le asechan y son temática repetida: el hijo muerto, los pájaros caídos, la imposibilidad de criar y la continuidad de la vida en un más allá. Así, en uno de sus primeros textos afirma: “La guerra se expandía por doquier de manera inerte, como un niño demasiado gordo para nacer que muriera en nuestro vientre y fuera enterrado como los monstruos y al que luego, recobrada la salud y modificado el escenario, olvidáramos haber concebido”5. Desde el momento en que recibe la noticia de que su hija de 24 años ha fallecido, tendrá la seguridad de que no está muerta. Tocada y caída tras esa muerte, acudirá a caminos espirituales, místicos, y a la vida después de la vida, para ir desbrozando callejones que la llevan a descubrir, como en un análisis, lo ya sabido: las carencias simbólicas para expresarse en relación con “la más hermosa invención de la naturaleza”. Esta escritora redescubre, por ejemplo, que en su lengua, y en otras más, no hay una palabra para nombrar a los padres de hijos muertos. 

Yuko Tsushima también padece el embate del decir escribiendo tras el ataque fatal de asma de su hijo de 8 años. Perseguida por la luz de la noche es su libro itinerario obligado de su duelo. Ella acudirá a resucitar antiguas historias de antepasados para buscar, en vano, sentido a aquello que le ha sucedido. Asuntos como la rebelión, la culpa, la huida en la acción, el llamado al padre, la añoranza del cuerpo del otro serán “señalados en la dignidad y la discreción” de su escritura. 

Uno de los valores de este texto de Raimbault es mostrar en cada uno de estos “casos”, las maneras como cada quien reacciona tras la pérdida del hijo. En su modo de proceder apela a no hacer tentadoras conexiones entre uno y otro caso o situación, deja más bien fisuras, aperturas y preguntas a los lectores. Realiza comentarios, anotaciones, pero abandona la pretensión de una teoría del duelo; son más bien duelos puestos en la lectura de quien esté concernido por la infaltable ausencia. 

3. Ibíd., 209. 4. Ibíd., 52. 5. Ibíd., 82. 

Para quienes trasiegan caminos psicoanalíticos, este texto, armado a partir de extractos de obras zurcidas con el hilo del quebranto encarnado en un vástago, es valioso al mostrar un modo de proceder para indagar, producir y transmitir en la dirección freudiana. Hay pues un asunto de método en todo su recorrido. Tiene además una bibliografía extensa, separada temáticamente, valiosa para quienes se aventuran por las arterias del duelo, con la intención de realizar una posible historización de este y relacionarlo con la literatura y la poesía. Están allí también incluidas referencias a las producciones de los ocho personajes que componen el cuerpo del texto. Igualmente, es sugerente la breve exposición que la autora hace acerca de la idea del lugar del hijo en momentos históricos particulares. Ella no considera justa la tesis según la cual durante ciertos periodos los hijos fueron escasamente importantes para los padres debido a la elevada tasa de mortalidad infantil. Aporta datos de fuentes diversas para poner en duda esta pretensión, pero no avanza más allá para indagar respecto al lugar del hijo en el psiquismo parental, de la pareja o de este en el lugar de objeto. 

Uno de los apartados dedicados a compositores lleva por título “Canciones para los niños muertos”. En él se trabaja en torno a Gustav y Alma Mahler, vinculados con Freud vía Heinele. En este apartado también se señala al músico Eric Clapton, al hacer referencia a las transformaciones de la obra y la vida que sufre el autor tras la caída de su hijo de un rascacielos. Todos ellos acaso encuentren caminos comunes que los atan, como el hecho de creer hallar en acordes y efectos musicales lo ausente, alojado por el silencio propio de todo canto. 

Los dos hijos de la famosa bailarina Isadora Duncan perecen ahogados al rodarse de una lujosa limosina. En los caminos que recorre esta mujer para recuperarlos se cruzan amores con pasos al acto y complicaciones para investir libidinalmente a otros seres humanos; solo parece lograr hallarse en su danza. Su vida, luego de estas dos muertes, corre rauda por autopistas que prometen hijos de reemplazo. Finalmente, las circunstancias de la propia muerte de la bailarina parecen una huida, un salto, un postrero acelerón hacia la gloria seductora que la persiguió desde niña. En fin… el texto de Raimbault está para ser transitado por los girones que toda vida deja para alguien, así frente a Isadora Duncan, llamada “madre de la danza moderna”, dirá: 

[…] Confrontada con la desaparición de los cuerpos de sus hijos, cuya función estaba completamente trazada: transmitir, perpetuar su concepción de la danza, es impotente para elaborar su duelo de otra manera que por y en su cuerpo. Se hunde entonces en el abismo. Sus pedidos de salvación a través del Amor no encontraron quienes fueran capaces de aquietarla en su vagabundeo. Todo nuevo “objeto” de amor no fue más que embuste, en el sentido más prosaico del término, o satisfacción alucinatoria, surgida del deseo de borrar la realidad.6