TRES PUBLICACIONES RECIENTES SOBRE LOPE DE AGUIRRE: GALSTER, AGUILAR Y CÓRDOBA, Y BALKAN
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Ingrid Galster
 Aguirre o la posteridad arbitraria
 Bogotá: Universidad del Rosario-Pontificia Universidad Javeriana, 2011.
Traducción de Oscar Sola. 844 páginas.

Diego de Aguilar y Córdoba
 El Marañón [1578]
Madrid-Frankfurt: Universidad de Navarra-Iberoamericana-Vervuert, 2011. 423 páginas.

Evan L. Balkan
The Wrath of God: Lope de Aguirre, Revolutionary of the Americas
Albuquerque: University of New Mexico Press, 2011. 225 páginas.

 

Hace 450 años, el primero de enero de 1561, Pedro de Ursúa, gobernador de la expedición en pos del Dorado Omagua, fue asesinado por sus huestes en la amazónica provincia de Machifaro. Los comandaba cierto Lope de Aguirre, guipuzcoano, antiguo domador de potros y a la sazón "tenedor de difuntos". De allí en adelante, un acto más o menos frecuente en los anales de la historia de la temprana penetración ibérica en el continente —una traición llena de ecos y emulaciones— se trocó en una historia emblemática de la Conquista. Quizás a ello contribuyó la misma personalidad de Aguirre: gesticulante, cruel y a la vez lleno de humor negro y sagacidad, no tuvo empacho en escribirle a Felipe II una carta llena de reclamos e improperios que en sí misma constituyó un "clásico" de la temprana literatura hispanoamericana. Tampoco en su postrer momento, antes de ser abatido ya muy lejos del río Marañón, en Barquisimeto, Venezuela, luego de ir dejando a su paso una larga estela de sangre, dudó en asesinar a su hija adolescente con sus propias manos para que no hiciera "colchón de bellacos" —o así lo rimó Juan de Castellanos—. Varios cronistas que le conocieron dieron en llamarle "el tirano" o "el loco"; él mismo firmaba como "el peregrino". Pero el mote que más le hizo célebre fue aquel de "Ira de Dios", que le endilgó un quiteño que, sin embargo, no parece haberlo conocido. Desde entonces hasta nuestros días, la figura de Aguirre se ha arropado con los trajes más diversos: con los de la literatura y la gesta, la crónica y la novela, la política y la ideología. Hace ya mucho tiempo que en los llanos colombovenezolanos echó raigambre la especie de que el alma impenitente del tirano erraba como un fuego fatuo y que, de modo previsible, anunciaba tesoros escondidos —otrora suyos, por supuesto—. Temas similares fueron reportados por José María Arguedas y Francisco Izquierdo Ríos para la Amazonia peruana. Ni qué decir de las decenas, que no centenas, de novelas, cuentos, viñetas, cuadros de costumbres e inclusive cómics que se han inspirado en el vascongado insurrecto. Pero su representación más famosa ha sido, sin duda, aquella hecha por Klaus Kinski en la película Aguirre, la cólera de Dios, de Werner Herzog, de 1972.

Curiosamente, para tamaño perso naje pocos han sido, comparativamente hablando, los trabajos histó ricos o críticos que han buscado examinarle con detalle. La obra pionera fue aquella de Emiliano Jos, de 1927, hoy en día de muy difícil consecución. Luego vinieron las semblanzas biográficas de Rosa Arciniega (1946) y Julio Caro Baroja (1968), ambas magistrales a nuestro juicio. Pero solo fue con ocasión del Quinto Centenario del Descubrimiento que la romanista Ingrid Galster dio a conocer su monumental tesis de habilitación, Aguirre oder Die Willkür der Nachwelt. Die rebellion des baskischen Konquistadors Lope de Aguirre in Historiographie und Geschichtsfiktion (1561-1992), en la cual se examinan con lupa todas, o casi todas, las referencias al tirano hechas a lo largo de más de cuatrocientos años, a uno y otro lado del Atlántico, emplazándolas en su contexto histórico y cultural. Ya de por sí un volumen invaluable en su original alemán, diecinueve años más tarde vio por fin la luz su traducción al castellano, esencialmente de la misma obra pero con la añadidura de un prólogo especial. Aquí la autora, con gran inteligencia, se ubica a sí misma en el ámbito de la época y las influencias que produjeron su texto, y asimismo rinde cuenta, por fuerza mayor sumarísima, de lo que se ha producido sobre Aguirre desde 1992 hasta el presente. No obstante, lo que importa ante todo es el grueso del estudio, una extensa galería de retratos del paradigmático villano, de la cual es imposible dar cuenta en estas líneas. Sí es posible, en cambio, sintetizar su enfoque. Para Galster, el estudio de la recepción de la "jornada de Omagua y Dorado" equivale a "una historia cultural de Hispanoamérica y España" (p. XIII), hecho que de ahí en adelante se demuestra cabalmente. Empero, al mismo tiempo advierte que aboga sin ambages "por mantener la distinción entre historiografía y ficción" (p. XVIII), en tanto "la figura de Aguirre no es originariamente un mito literario" (p. 7). De conformidad, lo que seguirá siempre estará organizado con arreglo a este principio.

Es así como se someten a un riguroso examen crítico desde las primeras crónicas sobre el suceso (de hecho, exculpaciones —y, por ende, inculpaciones del tirano— escritas por sobrevivientes de la aventura) hasta los posteriores recuentos coloniales y republicanos en América Latina, cuando quiso vérsele como un lejano precursor de las independencias, o bien como la personificación del caudillismo. Igualmente, y en contrapunto, se disecan la interpretación española y vasca de Aguirre durante cada periodo equivalente en la atribulada historia peninsular, particularmente en los preliminares y las postrimerías de la Guerra Civil. Al final, claro está, Lope de Aguirre ingresa al boom latinoamericano y adquiere fama universal con el filme de Herzog.

El tono general del texto es de usual desapasionado; de una objetividad tan cultivada que a veces hasta resulta hiriente. Ante su escalpelo crítico ninguna obra queda del todo bien parada; ni siquiera las de Arciniega o Caro Baroja, arriba referidas, que se disecan con agudeza. La última, en particular, termina siendo calificada de poco más que una decepción. La argumentación es convincente, pero no le hace del todo justicia, pues a Caro Baroja le interesa más el arquetipo que cualquier Aguirre "histórico". Lo mueve, en ese sentido, un interés que invierte las prioridades.

Al fin y al cabo, la Introducción ya prefigura lo fútil de cualquier esfuerzo: Aguirre, sentencia, "no solo es loco, demonio y libertador sino también caudillo, dictador, encarnación de la esencia española, comunero, rojo, bolchevique, anarquista, representante de la utopía retrógrada, Las Casas o anti-Las Casas" (p. 3). Las conclusiones, 742 páginas después, responden a tal variedad con una respuesta histórica en cinco momentos que se sintetizan en un axioma: cada época ve en Aguirre una justificación de sí misma, por emulación o repulsión; Aguirre le sirve para pensarse. No parece, en ese sentido, que el subtítulo sea del todo atinado. Cuando menos es ambiguo: la posteridad de Aguirre es arbitraria si se renuncia a descubrir un patrón subyacente en las adaptaciones, si se quiere un núcleo mítico. Es por eso que uno termina preguntándose si no se pierde todo el punto ignorando la fuerza de Aguirre como mito, suponiéndole en cambio determinado por una historia que a la larga pareciera inconsecuente y muda. Recuerda uno el poema de León Felipe:

Deshaced este verso.

Quitadle los caireles de la rima,

el metro, la cadencia

y hasta la idea misma.

Aventad las palabras,

y si después queda algo todavía,

eso,

será la poesía.

Al cadáver de Aguirre también lo deshicieron y, como se puso en práctica con muchos otros perjuros a la corona, sus extremidades fueron tasajeadas y enviadas en las cuatro direcciones del radio de sus fechorías. Se le quitaron los nombres y el linaje y, lo demuestra este libro, se le sumaron tantos significados y remoquetes que cualquier cosa que hubiera sido, noble o ruin, trágica o cómica, demoníaca o humana, bien pudiera haber sucumbido bajo su peso. Pero justamente quedó la poesía —o mejor, el mito—. Eso,
paradójicamente, es lo que sustenta y hace tan importante un trabajo como este de Galster, que reúne virtualmente todas las variaciones a las que ha estado sujeto el tema.

También, y acaso por lo mismo, se extraña algo de humor en la interpretación. Al escribir sobre el tirano, Pío Baroja confesó que le resultaba imposible hacerle del todo antipático. Brutal como lo era sin duda, hay algo en su semblante y en su entorno que no dejan de otorgarle cierto aire carnavalesco y juguetón, atributos que a la larga son los de un demonio muy latino. Herzog, justamente, supo captar ese elemento como nadie, y de ahí la perennidad de la encarnación de Kinski —las crasas inexactitudes históricas mediante—. El estilo severo y preciso de Galster da poco margen a la ironía. Pero esto no es óbice para reconocer la monumentalidad de su empresa y el hecho de que, más aún frente a la certeza de que pasarán muchos años antes de que alguien más acometa un ejercicio similar, al lado de las crónicas coloniales esta es la obra fundamental sobre Lope de Aguirre.

Es por eso que no cabe sino agradecer y, aún más, celebrar la casi insólita generosidad que comporta esta publicación. En épocas en que impera la tacañería editorial a rajatabla, y con particular saña en las universidades, no solo asombran la munificencia de la autora en su trabajo y el prólogo especialmente elaborado, sino la traducción impecable (¡difícil cosa que es encontrar algo así hoy en día!) de Oscar Sola y la edición cuidadosísima de las editoriales universitarias del Rosario y la Javeriana, en sólida pasta dura, con el raro lujo de un índice analítico y, más increíble aún, a un precio que le hace perfectamente asequible. Lo único que se lamenta a nivel editorial es que no se hubiera buscado reemplazar las reproducciones de la edición alemana (muchas veces provenientes, a ojos vista, de fotocopias de los originales) por unas de mucha mejor calidad. Estas servirían para adelantar un trabajo paralelo al de Galster que ella misma no desarrolla, y que es el de la iconografía del tirano.

Otra publicación que aparece enhorabuena es la de una de las más importantes crónicas sobre Aguirre, El Marañón, del poeta y funcionario colonial Diego de Aguilar y de Córdoba. Este, aun cuando no participó en la expedición, se sabe que conoció en Huánuco a Francisco Vázquez, bachiller sobreviviente que produjo el testimonio en nuestros tiempos más impreso y socorrido. Más allá de la facticidad del escrito, tal vez no sea demasiado arriesgado ver en El Marañón el primer esbozo de una novela hispanoamericana; novela en el sentido que genuinamente desarrolla una trama, genera tensión y propicia un dramático desenlace; también en la urdimbre de su lenguaje, en la riqueza de sus descripciones, en el moldeo de los personajes. Más aún, cortejemos la heterodoxia proponiéndole como el primer thriller de nuestras letras continentales. Hasta el año pasado solo disponíamos de otra edición crítica del texto, muy exigua y fundamentada en otra copia manuscrita, con leves diferencias, que era la de Guillermo Lohmann, de 1990. Aquella respetaba la ortografía y puntuación originales y esta, la que aquí comentamos, ha optado más bien por modernizar ambos aspectos. Empero, el aparato crítico y el estudio preliminar (147 páginas), preparados por Julián Díez Torres, superan con creces el esfuerzo anterior, y en sí mismas ya constituyen una introducción espléndida a la historia de Aguirre y sus amotinados.

Lamentablemente, la tercera obra que reseñamos concluye nuestra evaluación con una nota anticlimática. The Wrath of God de Evan L. Balkan, publicado por la universidad de Nuevo México, presenta una nueva biografía escueta y deslucida, sin mayor pretensión que la de repisar hasta el hastío en los lugares comunes que, para su bien, Galster impugna en su texto. De nuevo volvemos por el camino de un Aguirre "revolucionario de las Américas", tipo que no parece agotarse. La verdad, a estas alturas, y sin nuevos documentos que alteren nuestro conocimiento de la jornada, los caminos que quedan para hablar sobre Aguirre y sus circunstancias son, aparte de los géneros "ficcionales", la crítica de fuentes, su ubicación histórica conforme a un marco de análisis más amplio, la biografía de divulgación o la interpretación de su significado. La última es la más temeraria, pero la penúltima es la más peligrosa. ¿Pues qué decir que no se haya dicho ya muchas veces? ¿Con qué arte hacerlo para que diga algo más? Este texto de Balkan no tiene ni novedad ni particular arte, digan lo que digan las encomiásticas académicas de la contraportada. Y lo que se lamenta es que muy probablemente se habrá de convertir en un texto mucho más utilizado, incluso entre nosotros, que el de Ingrid Galster, ahora en castellano, simplemente porque que se halla escrito en inglés y lo acredita una universidad estadounidense.

Luego de terminada la demencial correría de Aguirre, al poco tiempo se dispuso borrar su recuerdo y simiente, arrasar su heredad y su casa y cubrirlos de sal, para que nunca más se invocara su nombre. Por fortuna nuestra, en esto se equivocaron rotundamente. 450 años después el fuego fatuo sigue destellando, y sigue mostrando tesoros.


CARLOS GUILLERMO PÁRAMO BONILLA
Departamento de Antropología
Universidad Nacional de Colombia