Agamben, Giorgio.
Desnudez, Ruvituso, M & D´Meza, M. T. (trad.).
Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2011. 177 pp.


Giorgio Agamben (Roma, 1942) es, sin lugar a dudas, una de las principales figuras del debate filosófico contemporáneo. Influenciado por la asistencia a los célebres seminarios heideggerianos de Le Thor, sus primeras reflexiones se originan en la pasada década del setenta con una serie de investigaciones dedicadas a la problemática general del hombre, su lenguaje y su obra en el horizonte nietzscheano del nihilismo. Trabajos como El hombre sin contenido (1970), Estancias: la palabra y el fantasma en la cultura occidental (1977), Infancia e historia (1978) o El lenguaje y la muerte (1982) muestran un aspecto de su prolífica producción filosófica que tiene como eje central a la estética. Sin embargo, desde la década del noventa hasta hoy, trabajos como Homo Sacer I. El poder soberano y la nuda vida (1995), Estado de Excepción (2003) o El reino y la gloria (2008), por mencionar sólo algunos reconocidos títulos, componen otra faceta complementaria orientada a indagaciones de corte ético-político.

Ahora bien, en la intersección entre ambas preocupaciones, Desnudez encuentra su espacio específico. Compuesto de diez artículos en su más elevado nivel escriturario, el último trabajo agambeniano retoma y profundiza algunas de sus obsesiones teóricas. Conceptos como inoperosidad, gloria, obra, uso o gesto dan vida a esta obra unitaria que, silenciosa y tenazmente, busca pensar el presente.

En este sentido, el artículo con que se inaugura el libro, "Creación y Salvación", analiza el obrar humano a partir de la reflexión acerca de la acción divina y de lo que Agamben entiende, recurriendo a las tradiciones islámica, judaica y cristiana, son sus dos polos constitutivos: la creación y la redención. Ambas operaciones divinas, personificada la primera en el ángel y la segunda en el profeta, si bien opuestas entre sí, son absolutamente inseparables ya que sólo en la mutua remisión cada una encuentra su real sentido. No obstante, al mediar el proceso de secularización, ellas han sido escindidas, de modo que generan, para el hombre moderno, la experiencia del extravío del sentido de su obrar que se resume en el olvido de que "quien actúa y produce también debe salvar y redimir su creación. No basta con hacer, es necesario saber salvar lo que se hace" (9). Al pensar la redención como esa parte del poder de crear que ha quedado sin ejercicio en la creación y que puede, por tanto, volverse hacia sí mismo, como la potencia que anticipa al acto y lo excede, sólo así, concluye el texto, es como la salvación podría redimir lo creado y el hombre reencontrarse con toda la complejidad de su obrar.

A continuación, el autor explora posibles respuestas ante la pregunta que titula el segundo artículo: "¿Qué significa ser contemporáneo?". Con deslumbrante agudeza conceptual, este trabajo sobresale por su manera de indagar la singular relación que el hombre tiene con el propio tiempo y que, paradójicamente, sólo puede hacerse manifiesta a partir de una traición respecto de él, esto es, ejerciendo una cierta inactualidad con el aquí y ahora. Agamben apela a conceptos como "lo intempestivo" de Nietzsche, la "arqueología" foucaultiana o el "siglo" del poeta ruso Osip Mandelshtam, para articular aquí una serie de consideraciones sobre la temporalidad, más específicamente, sobre el difícil vínculo que tiene lugar entre el tiempo propio y la actualidad que lo rodea, para señalar que sólo en el desfasaje respecto del hoy tiene lugar la "verdadera" percepción del presente. Limitación esta que la unidireccionalidad de los abordajes históricos impide visualizar y que la filosofía no puede dejar de asumir en cuanto se reconoce como una instancia profundamente crítica.

El tercer artículo que compone Desnudez es "K", un interesante trabajo divido en dos subsecciones y articulado a partir de distintos textos y elementos propios del universo kafkiano. Su búsqueda central consiste en indagar la relación entre poder y culpa que se da a través de la sanción. La primera sección del texto, Kalumniator, remite al nombre que se atribuían en los procesos romanos a quienes acusaban falsamente a otro ante la administración pública, quienes, a modo de castigo, recibían la escritura de una K en su frente. Allí Agamben, jugando con el nombre del clásico personaje de El Proceso de Kafka, vincula la calumnia con la acusación, la confesión, la tortura, la culpa y, fundamentalmente, con la verdad, para indagar cómo puede un hombre, en general, ser culpable. En la segunda sección, Agrimensor, en una evidente continuidad conceptual respecto de los tratamientos realizados en la saga Homo Sacer, aborda el problema de las fronteras sagradas de Roma, para poner en primer plano el tratamiento de la separación o, más precisamente, de los límites entre lo divino y lo humano, y tratar de pensar alguna posible desarticulación de la separación, lo que para Agamben implica intentar volverla inoperosa.

"De la utilidad y los inconvenientes de vivir entre espectros" es una concisa reflexión dedicada a la espectralidad. Su novedad es la aplicación de esta categoría a la ciudad italiana de Venecia -ciudad donde Agamben reside desde hace ya varias décadas-. En esta curiosa intervención, afín a cierto urbanismo benjaminiano, se expone la contraposición entre el verdadero estatuto de lo espectral y la espectralidad larval o larvada. Si la primera consiste en una forma de vida póstuma que comienza cuando todo ya está terminado, la segunda es aquella supervivencia producto de la falta de aceptación de la propia condición de muerto y que, por ende, busca fingir una vitalidad inexistente que sólo es posible al habitar hombres (o instancias) cuya mala conciencia lo ha permitido. Este último tipo de espectralidad es la condición general de nuestro tiempo: pueblos, instituciones, lenguas o incluso ciudades enteras fingen un estado de vitalidad, cuando no son otra cosa que esqueletos o momias que pertenecen a un pasado no redimido. En ese sentido, la supervivencia espectral del pasado es la condición más litúrgica e impenetrable, más gloriosa que terrenal, que Agamben se propone explicitar para poder, entonces, indagar el horizonte del presente.

A continuación, "Sobre lo que podemos no hacer" es otro trabajo dedicado a reflexionar acerca de la impotencia, puntualmente, a analizar la relación entre poder y resistencia. Al asumir la herencia deleuziana que entiende que la operación del poder ha sido y es la de separar a los cuerpos de lo que ellos pueden, Agamben agrega que el verdadero rango de toda acción no está determinado solamente por la potencia de hacer, sino, y sobre todo, por la capacidad de no hacer. De modo que la mayor operación del poder es, para el autor italiano, la de separar a los hombres de aquello que pueden no hacer, esto es, desacoplarlos de su propia impotencia. Escindidos de lo que pueden hacer, siempre resta a los hombres el espacio de la potencia de no hacer. Separados de su propia impotencia, lo que se extravía es el espacio de toda resistencia.

En este mismo sentido, pero arremetiendo contra las consecuencias prácticas de lo que en sus trabajos dedicados al problema político, particularmente Homo Sacer I y Estado de excepción, ha descrito cómo la homologación de la vida del hombre a nuda vida, Identidad sin persona, busca esclarecer el viejo concepto de identidad personal arrasado en la segunda mitad del siglo XX, producto del despunte de las técnicas de policía y los dispositivos de seguridad. Si se asume que no hay identidad sin reconocimiento y que el reconocimiento que hace el Estado de sus ciudadanos descansa, a partir de los dispositivos biomédicos, sobre datos puramente biológicos, la pregunta que deja planteada Agamben es ¿qué tipo de identidad puede construirse a partir de los datos físicos innatos (sobre los cuales, además, no se tiene ningún tipo de control, ni tampoco pueden ser alcanzados por ninguna voluntad)? De esta forma, al asumir el nuevo rostro de lo humano que los dispositivos biopolíticos han configurado, Agamben convoca en este artículo a repensar por completo los límites tradicionales de la ética.

En séptimo lugar aparece "Desnudez", un singular trabajo que analiza las tensiones de la corporalidad vestida y desnuda, recurriendo a una amplia gama de referencias que abarcan desde la patrística de Basilio el Grande y Juan Damaceno, hasta la excéntrica figura del mundo artístico contemporáneo que fue Helmut Newton. El artículo comienza mencionando la performance realizada por la artista italiana Vanessa Beecroft en la Neue Nationalgalerie de Berlin en 2005, en la que se exhibe a un grupo de cien mujeres desnudas. Allí Agamben no contempla más que el ritual sadomasoquista del poder, en el cual hombres vestidos observan cuerpos desnudos. Sin embargo, en lugar de desarrollar un estudio sobre el poder, se sirve de la escena para mostrar, por un lado, las raíces profundamente teológicas de la desnudez, haciendo de ella una signatura y, por el otro, para vincularlo con problemáticas propias de la sociedad del espectáculo, como son el consumo, la pornografía, la prostitución o la moda. Lejos de realizar una investigación de exclusivo corte histórico, el trabajo agambeniano busca, exhibiendo una clara filiación con la idea foucaultiana de la filosofía como una "arqueología del presente", rastrear, más allá de la concreta oposición desnudo/vestido, "el estado originario previo a la escisión para comprender y neutralizar el dispositivo que la produjo" (97). Con una serie de imágenes que ilustran las referencias del texto, Desnudez es un gran trabajo minado de referencias filosóficas y extrafilosóficas, con curiosidades etimológicas e históricas, pero cuya mayor virtud consiste en el gesto contemporáneo de exhibir un indecidible cuyo funcionamiento aún pervive.

En una clara continuidad con el planteamiento llevado adelante en El reino y la gloria (2008), el artículo siguiente, "El cuerpo glorioso", busca dilucidar el estatuto ético y político del cuerpo humano a través de retomar uno de los problemas fundamentales de la teología, que consiste en establecer cuál es el estatuto del cuerpo de los resucitados en el paraíso, esto es, qué relación hay entre el cuerpo de existencia terrena y el cuerpo glorioso con el que se reencarna tras la muerte. De manera notable, el texto indaga el problema de la gloria y la inoperosidad, movido por el interés de pensar un nuevo uso común del cuerpo que permita inaugurar, previa desactivación de los usos establecidos, todo un juego de posibilidades imprevistas para él.

Por su parte, "Un hambre de buey. Consideraciones sobre el Sábado, la fiesta y la inoperosidad" es un artículo que, como el título advierte, también insiste sobre el tema de la inoperosidad y la desactivación general de los usos habituales. Allí Agamben realiza una genealogía del término boúlimos, cuyo significado indicaba "hambre de buey" y que hoy pervive en el trastorno bulímico alimentario. Siguiendo a Plutarco, el autor italiano retoma la referencia a una festividad ancestral, la "expulsión de la bulimia", en la que se echaba a un siervo de la casa invocando la riqueza y la salud, mas tratando de alejar a la bulimia como forma alimentaria, asociada con las bestias, abriendo el espacio de la alimentación exclusivamente humana. A su vez, en la medida en que las festividades no se definen por lo que en ellas se hace, sino por la suspensión de la cotidianidad que ellas instauran, Agamben, a partir de la relación entre alimentación y festividad, concibe una instancia concreta de puros medios, esto es, la inoperosidad que se corresponde con la suspensión de los usos habituales. Con lo cual el artículo invita a pensar de manera amplia la noción de fiesta, para revelar que ella refiere, nada menos, que a esa dimensión esencial de toda praxis humana en la que el hacer ordinario, si bien no es negado ni abolido, es suspendido y vuelto inoperoso, permitiendo la mostración de un obrar que escapa del imperativo económico de la finalidad.

Finalmente, el libro se cierra con un artículo que hace las veces de epílogo: "El último capítulo de la historia del mundo". Allí el filósofo italiano, de manera indirecta, aúna todas las temáticas expuestas a lo largo de la obra y las expone a la luz de una nueva indagación: la relación entre las zonas de conocimiento y de ignorancia, dejando en claro, en un típico movimiento suyo, que todo saber implica siempre, en última instancia, algún tipo de anudamiento profundo con el no-saber. De modo que, al desnudar algunas zonas de la constitución humana y asumir que "el arte de vivir es la capacidad de mantenerse en relación armónica con lo que se nos escapa" (168), el libro culmina con un gesto, con la insinuación de la difícil búsqueda de las fronteras de lo humano.

Queda claro, después de lo expuesto, que Desnudez, además de ser un texto netamente contemporáneo, en el sentido específico que la misma obra le asigna al término, es un material cuya lectura es altamente recomendable no sólo para el aficionado a la filosofía o para el asiduo lector de Agamben, quienes podrán extraer de él su mayor provecho, sino también para todo aquel que, con espíritu curioso, decida internarse en los remotos caminos de la historia de la humanidad y sus conceptos, ya que el libro busca, de manera constante, recurrir a ejemplos pasados para plasmar un nuevo cuestionamiento actual acerca del mundo y del obrar humano en general. En este sentido, en cuanto praxis, la indagación acerca del papel que la filosofía ha adquirido en el seno de las sociedades actuales es también un aporte de suma riqueza que ofrece este material. Prueba de ello es la sugerencia que, si bien presente en el comienzo del libro, resuena en todas y cada una de sus páginas:

una obra crítica o filosófica que no se estreche de algún modo en una relación esencial con la creación está condenada a girar en falso, así como una obra de arte o de poesía que no contenga en sí una exigencia crítica está destinada al olvido. (12)

A repensar estos lazos constitutivos del cuerpo íntimo de nuestro tiempo es a lo que Agamben en Desnudez nos invita.


MARÍA LUCIANA ESPINOSA
Universidad de Buenos Aires - Argentina
lu.espinosa@gmail.com