ESCENAS DE LA GLEBA

Fermín de Pimentel y Vargas
(seudónimo)

ISBN: No registra

Nota de la Edición: Tomado de la Edición de la Biblioteca del Banco Popular. Volumen 44. Bogotá, 1973.

Nota de la Publicación Digital: Este documento digital contiene únicamente las partes del documento que se encuentran en el dominio público de acuerdo con la legislación colombiana. Las partes que se especifican a continuación fueron retiradas en tanto se aclaran sus respectivos derechos de autoría y/o edición y se tramitan los permisos de publicación correspondientes.

Prólogo
Imágenes

Advertencia: El siguiente documento respeta la ortografía y tipografía original del texto.


TABLA DE CONTENIDO

Dedicatoria
Ir por lana
Una sesión de Cabildo
Lo que Dios dispone
Un sábado en mi parroquia
Cómo se llega a capitán
Un fusilamiento
Una demanda en la casa cural
El ha sido un santo
En la puerta de guardia
Los restos de José León
El negro Pascual
El coronel y su ordenanza


DEDICATORIA

 

Al señor don Rufino J. Cuervo.

 

París

 

   Señor: Sé bien que entre la humildad de mi ofrenda y la excelsitud de los méritos que os hacen acreedor al noble título de sabio y a que seais orgullo de vuestros compatriotas, honor de la ciencia y luz y guía en el laberinto del lenguaje, hay la misma diferencia que entre la gran Metrópoli, en donde residís, y el ignorado rincón «nido de sauces y cabañas» que me ha tocado en suerte administrar. Mas como también sé de mío que vuestra bondad corre parejas con vuestros merecimientos, no vacilo en dedicaros respetuosamente estas páginas, fruto de las horas blancas del presbiterio, para que, al amparo de vuestro nombre, alcancen la benevolencia o siquiera el piadoso silencio que han menester.

 

Fermín de Pimentel y Vargas

 

   Tenjo (Departamento de Cundinamarca), septiembre de 1899.

IR POR LANA...

    

   ¡A veranear! Esto dijo la familia Z. y salió de Bogotá en el tren del norte, transportándose del Hotel del Puente en un ómnibus al pueblo de G**, que es de los más pequeños y escondidos de la Sabana. El villorrio tiene línea telegráfica, casi siempre interrumpida; correo que llega cada mes y que raras veces lleva correspondencia; hay mercado los domingos, y en las dos horas que dura, se expenden: dos reses, cuatro cargas de papas, algunas legumbres, panelas, arroz, ollas, y unas pocas frutas de tierra caliente, residuos de los mercados de otros pueblos. Este mercado se hace alrededor de la elegante fuente de piedra, que se halla en el centro de la plaza, muy pastada ésta con sus manchas de lengua-de-vaca, cardosanto y ortiga. La fuente, que es hermosa y tiene dos metros y medio de elevación, jamás ha recibido en su parte superior más agua que la que cae de las nubes, porque los ingeniosos habitantes de G** construyeron el acueducto al nivel de la base de aquélla, por donde a duras penas brota aquel purísimo elemento; pero ellos dicen: tenemos pila en nuestra plaza, y con esto quedan ufanos.

   La familia Z. tomó en arrendamiento una casita en la plaza de G** por dos pesos al mes, y abona esta pequeña suma, no por economía, sino porque en este pueblo hay que pagar para que habiten las casas, las cuales en su mayor parte pertenecen a gentes acomodadas que viven en los campos, y tan sólo las ocupan en la Semana Santa y en las fiestas principales.

   La familia se compone de ocho personas, a saber: don Rafael y doña Primitiva —los cónyuges— seis hermosos niños, dos varoncitos y cuatro hembras; tres sirvientas, Zoila la dentrodera, Camila la cocinera y la china Pilar.

   Estas buenas gentes almorzaron en el Hotel del Puente, y en vía para la sala, dijo doña Primitiva a su esposo:

   —Ya que salimos al campo a descansar de las faenas de la ciudad, es bueno que les demos libertad a los chinos para que anden como quieran, porque así menos cuidados habrá que tener con ellos. ¿Te parece?

   —Por supuesto, mi hija. ¡Muchachos! Su mamá pide asueto para ustedes. Está concedido; cada cual como quiera; pero atención, porque pronto tenemos que marchar.

   —¡Bueno, bueno, papacito, te agradecemos mucho! Y salieron corriendo como bandada de micos que hubieran escapado de algún peligro. Lanzáronse gritando sobre las infelices criadas que almorzaban cerca de la cocina muy tranquilamente.

   —¡Yo quiero cambiar mi gorra por tu sombrero, Zoila!

   —¡Yo me pongo tu pañolón, Camila. Toma esta capa!

   —¡Sí, sí, dámelo, o te lo rompo, caramba!

   —Yo quiero ponerme los alpargates de la china, dámelos y toma mis botas.

   —Y yo, repuso otro, cambio mi cachucha por su gorra; y cojan estos botines, porque quiero aprender a caminar como campesino.

   —¡Yo también me quito estas zapatillas, y allá van; cógelas, Camila, porque me quiero volver orejona, caray!

   El hecho fue que entre todos los niños casi dejaron en cueros a las pobres criadas, quienes, sin poderse defender, daban estas voces:

   —¡Pero, mis amitos!, ¡pero niñas! ¡qué jue esto! ¿se golvieron locos? ¿pareso nos treirían? Santo Dios. Deje, deje, ¿ónde va con mis alpargates? ¡mire cuál me güelvieron mis naguas! ¡siquiera ténganle lástima al mico!

   —¡No me jalen las mechas! ¡ayayay! Mataron los canarios. ¡Mi mantellina me la rasgan! Babo caso jué éste. ¡Santo Dios! ¡quiago yo! ¡se largó el mico! ¡Lo matan los mastines! ¡lo matan!

   El cochero advirtió a don Rafael que era la hora de partir.

   —¡A marchar, muchachos! ¡nos vamos ahora mismo! gritó el señor, sin darse cuenta él ni la señora de lo que, en fuerza de la libertad, hacían los niños, quienes al oír que su padre los llamaba, armaron una verdadera zambra, semejante a las que, en días turbulentos, suelen armar las democracias en esta tierra de Dios.

   Como locos acabaron de desplumar a las pobres criadas; cayeron sobre los canastos en que iban algunas cosas que por su delicadeza no se habían puesto en el carro que conducía el equipaje; rompieron la jaula de los canarios recomendada a Zoila; uno de estos prisioneros murió en la refriega, el otro alzó el vuelo y se escapó. El mico se zafó de las manos de la china y con su cadena en rastra se metió, seguido de unos perros, en la cantina, se escurrió por entre el estante lleno de botellas, tumbando y rompiendo unas cuantas. El estante quedó bañado en brandy, champaña y vino, y hechos sopas las colaciones y los dulces, además de los daños que los perros causaron al entrar. A este estrago se unieron los gritos de la cantinera, de las señoras del hotel y de los parroquianos que allí se encontraban.

   Don Rafael y doña Primitiva eran los únicos que permanecían tranquilos, ignorando lo que, debido a la proclamación de la libertad, acontecía, y de los crecidos gastos que esa palabra, la más hermosa que después de la palabra caridad ha resonado en el mundo, pudiera ocasionarles. ¡Pobres señores!

   Al segundo grito de don Rafael los chicos salieron corriendo, dieron contra un criado que iba del comedor a la cocina con una fuente de platos que se volvieron mil pedazos.

   Las criadas, llorando de cólera, sacudían de las ropas que los niños les dejaron en el cuerpo, los comestibles que pacíficamente engullían, y convertidas en la diversión de los curiosos, recogían parte de los vestidos de los niños.

   Cuando se presentaron las criaturas ante sus padres, no acertaban éstos a explicarse lo que veían.

   —¡Qué es esto!, ¡qué es esto!, prorrumpieron a la vez los señores. ¡Miren qué trazas las que traen estos muchachos! ¿Y aquellas mujeres para qué demonios sirven?

   —¡Papá! ¡mamá! ¡miren!, venimos disfrazados de chinos bolabotín.

   —¡Y nosotras de indias! Míra, mamacita, lo bien que me quedan los alpargates de Camila; ¡yo no vuelvo a calzarme, porque es rico andar así! ¡Mira lo mona que viene Lola! y lo bien que le queda la gorra de la china a Paco.

   —¡Pero niños!, pero enemigos malos, ¿qué es lo que han hecho?, si parece increíble esto.

   Tal decían los esposos al tiempo que doña Primitiva empujaba los niños a la sala. Acto continuo se presentaron las criadas en una situación lastimosa, todas desgreñadas, con los brazos llenos de los despojos que habían recogido; la jaula despachurrada y los canastos llenos de botines, medias, chales, capas, etc., en vez de los objetos que con suma recomendación se les habían confiado; y empezaron las quejas:

   —Ay, tá, cuál me golvió miamo Aljredo; jué a quitarme mis alpargates y cayó sobre la jabla y espichó un canario y el otro se jue.. .

   —Y a yo, miamo Paco me pisotió y quebró tólo que venía en los canastros y golvió añicos la lámpara de vidrio y me empapó mis naguas en petrolio, que ya no puedo aguantar la jedentina...

   —Y a yo, decía Camila, mire sumercé cuál me puiseron mi trafe con unos güevos que me espicharon en el canto; y ai tá el mico toitico tarasquiao de los mastines, y quén sé cuántas limetas quebraría en la venta; y si no llego al pronto, esas señoras matan el alimal a palos, y echas un rescoldo de juria.

   Doña Primitiva. —¡Ay!, ¡el miquito!, ¡los canarios!, ¡la lámpara!, esto si que fue... ¡Dios mío! ¡Rafael!, ¡por Dios!

   Don Rafael. —Vamos, vamos; metan estos chinos al ómnibus de cualquier modo, mientras voy a cubrir la cuenta.

   La cuenta ascendió a ciento ochenta pesos, por los daños que causó el mico, más ocho por el almuerzo. Ciento ochenta y ocho pesos le costó a don Rafael aquella hazaña de su prole, o sean las economías para el veraneo, pacientemente cercenadas de su sueldo; porque don Rafael es empleado del gobierno, y tendrá que serlo mientras viva su señora suegra para coger el cuantioso patrimonio de su esposa, quien con su consorte pide todos los días a Dios fervorosamente que se lleve pronto a su santa madre a descansar de las penalidades de esta miserable vida.

   La señora acomodó en el carruaje a las criaturas del mejor modo posible, y deshizo en parte la mascarada de los niños y de su servidumbre.

   Don Rafael. —Mi hija, nos han arruinado: ¡ciento ochenta y ocho pesos nos cuesta esta parada! ¡La cantina está como si hubieran entrado en ella todos los diablos! No te figuras el número de botellas que rompió este maldito mico; y me presentan un montón de tiestos de platos que destrozaron los muchachos, y ¡qué sé yo qué más!...

   Doña Primitiva. —¡Quedamos curiosos!, ¿y qué hacemos?

   —Nada, mi hija; hay que sujetar estos muchachos. Toma un cigarrillo y resignémonos a dejar rodar la bola, porque con angustiarnos nada remediamos ya.

   Emprendieron la marcha haciendo los comentarios de aquel tremendo acontecimiento, que dejaba casi vacía la billetera de don Rafael, sin que en el camino les ocurriera a los veraneadores cosa digna de referirse.


 

   La llegada a G**, donde ya los esperaban, llamó mucho la atención de los pacíficos y sencillos campesinos.

   —¡Ya llegaron los cachacos de Bogotá! La cachaca parece ni qué imagen de lo maja que viene; y treyen unos niños que ni qué curubines de puros chuscos.

   Esta era la voz dominante en el poblado.

   Al tomar posesión de la casita, don Rafael tuvo que oir la primera reconvención de su señora.

   —¡Pero Rafael!... ¡qué cobachuela ésta!... ¿Y aquí me sometes a vivir?

   —Mi hija, es la mejor casa del pueblo; y como tú dijiste que éste era el lugar que te llamaba la atención...

   —¡Ah!, pero porque tú me dijiste que esto era muy bonito, y que aquí tenías personas de tu familia que podrían sernos útiles; ¿y dónde están?

   —Ya vendrán; fíjate en que acabamos de llegar

   —¿Y ésta es la sala?

   —Esta; pero para un mes...

   —Sin esteras, siquiera... Mira qué muebles... aquí se habrán sentado todos los indios... Esto da asco... esto parece imposible...

   —Mi señora, dijo Zoila, los niños se metieron en aquella venta de lesquina entre una partida dindios que pasaron tocando tiples y cantando, y no quijieron gol verse.

   —Pues a tu cargo están; a traerlos pronto. ¡Jesús!, esto sí que va a ser. ¿A qué vendría yo aquí? Y son horas de comer.

   Don Rafael (con zalamería). —Hija, no te angusties por Dios... por lo que hace a la comida de hoy, nos conformaremos con cualquier cosa, que mañana es el mercado aquí y nos proveeremos de lo necesario; ya verás. Siéntate... Ven acá, mi bien.. No estés bravita, mi reina... Descansa, descansa... Ven acá...

   Pocos minutos después llegó Zoila con los niños, quienes, animadísimos, dieron cuenta de todo cuanto habían visto y oído en la venta.

   —Mamá: yo conocí a una tía de papá; es la dueña de la venta; y nos cogió y nos metió a su casa y a mí me dio mogolla caliente, y a Chava y a Paco les dio panela y cuajadas, y a Alfredo lo hizo tomar chicha en una totuma colorada, porque dijo que la agua es que es dañosa aquí, y ahora ez que va a venir a conocerla a usted y viene con sus hijas; y conque tiene muchos cuartillos en una totumita, y conque cuando llegamos se puso unos zapatos, tan feos! y sin medias, porque estaba con alpargatas como Camila, y conque fuma tabaco; pero puros chicotes, en una cosita negra como un chorotico; y hay tantas curubas en un árbol del patio! y por no darnos dijo quesque son dañosas, ¡y oímos cantar unos versos a los indios!...

   —Zoila. —Qué curubas, mi señora, si son pepas de borrachero; y si no llego tan a tiempo ya miamo Paco y mi señora Chavita habían cogío pa comer.

   Doña Primitiva. —¡Rafael! ¡Los niños bebiendo chicha!, ¡y enrolándose con los orejones!, ¡esto es intolerable!

   —Nada, mi hija, no te afanes. .. es que tú por haber vivido siempre en Bogotá, y en los diciembres en la hacienda de tu papá, no tienes idea de lo que es la vida en los pueblos, y por eso te sorprendes. Te suplico que no te dejes impresionar desagradablemente.

   Doña Primitiva. —¡Zoila, míra, ataja esas criaturas que ya se largaron a la plaza. ¡Míra!, allá llora Chava, anda a ver qué animal la picó, porque está sacudiendo los brazos.

   —¡Ayayay! Mamacita, me picó esta mata, decía la niña al soltar una flor de cardosanto, que había apretado entre sus manecitas, y se frotaba las piernas heridas por la ortiga, calamidad que había acometido a los otros niños, ignorantes de los daños que tales plantas les pudieran causar. En medio de llantos y de quejas entraron en la salita de la casa los niños de los cachacos, como en el pueblo los llamaban, rodeados de unos cuantos muchachos curiosos que no dejaban de admirarlos como si fueran animales raros.

   —Vea, sumercé, dijo Zoila, cual treyen las piernas de picaos de lortiga.

   Doña Primitiva. —¡Oh!, sí... si parecen lazarinos. ¿Y qué se les hace?

   —Chicote mascao, es cuanto lo primero, dijo uno de los muchachos curiosos.

   Doña Primitiva. —¡Chino sucio! ¿Creerán éstos que mis hijos se han creado como animales? ¡Orejón!

   Don Rafael. —Cuidado, mi hija, míra que ese niño es hijo del alcalde.

   —Mamacita; esta china que está aquí me dijo que yo ez que parezco una pastora.

   Doña Primitiva. —¡Vean, muchachos! Salgan de aquí ahora mismo; salgan, salgan, y aquí no me vuelven a entrar. ¿Quién los ha autorizado para meterse aquí? ¡Atrevidos! ¡Salgan!

   Don Rafael. —Mira hija que entre esos muchachos hay varios parientes míos. Ten cuidado con lo que dices.

   Doña Primitiva. —¿Es decir, que ahora me sometes a que yo deje rozar mis hijos con estos chinos del pueblo?

   —Mamacita, una china de esas nos dijo quezque es nuestra parienta, que su madre ez que es Encarnación.

   Don Rafael. —Sí, Lola, esa niña es mi parienta.

   Doña Primitiva. —¡Pero Rafael! ¡Por Dios!...

   Don Rafael. —Nada, hija... vamos a comer.

   Entonces empezaron los niños a decir:

   —Yo quiero comer en escudilla.

   —Y yo con cuchara de palo.

   —Y yo quiero tomar agua en totuma, como los indios.

   Doña Primitiva. —No, vulgaridades sí no les aguanto. ¡Qué comida, Rafael! Y esto ¿qué es? Zoila.

   —Es cuchuco e cebada que les mandaron a sus mercedes dionde una doña Jacinta.

   —Come, come, mamacita, que está rico.

   Doña Primitiva. —No, esto es inicuo, si parece engrudo. Míra, Rafael, que eso se te puede indigestar; no comas.

   —No, mi hija, digo lo que los chinos: está rico.

   Doña Primitiva. —¿Y por qué pusieron estos mechos? Zoila.

   —Pues porque en la jajina de los niños esta mañana en el hotel quebraron la lámpara y gol-vieron añicos tualas espelmas y no llegaron sino los meros pabilos y hubo que mercar velas de cebo.

   —¡Ay!, mamá, así es mejor; a mí me parece rico todo.

   Don Rafael. —Sí, hija, los chinos están contentos y hay que hacer algún sacrificio; no te impacientes.

   Doña Primitiva. —Sí... y si la permanencia aquí se prolonga, los niños se convertirán en peones. Imposible que yo viva aquí un mes.

   Después de la comida, que para la esposa fue un martirio, y para el marido un tormento, salieron al corredor que da a la plaza, a tiempo que en la iglesia terminaba la vespertina función de aguinaldos. Los niños quisieron enrolarse entre los negros y pastoras que salían a la plaza, pero doña Primitiva se les impuso y los contuvo.

   —Mi hija, dijo don Rafael, sería bueno mandarle un recado al señor cura, ¿no te parece?

   —Sí, escríbele una esquelita.

   Mandaron la esquela y al punto fue contestada ofreciéndoles el señor cura sus servicios y su casa. A ese tiempo entró la china Pilar a decirles que en el portón había unas mujeres y unos endividos que querían verse con sus amos.

   —¡Qué molienda!, dijo doña Primitiva; estar cansados, en este rancho tan incómodo, y tener que aguantar visitas de estos orejones; despacha pronto esas gentes, Rafael, y entiéndete tú con ellas.

   Don Rafael. —Todo entra en la diversión, hija, y ...

   —Déjame, Rafael; estoy reventando de furia; no me eches discursos ahora, déjame por Dios.

   —Pero hija, no es corriente que...

   —¡Güenas noches les dé Dios!... qué milagro será ver a sus personas.

   Doña Primitiva. —Buenas noches, María, ¿cómo le va?

   —Opa, Rajelito, dichosos los ojos que lo ven: ya nian me conocerá, porque como dicen puay: dende que se acabó el ají nian pica.

   —No, tía, yo siempre los recuerdo a todos. Míra, Primitiva; aquí tienes a tía Jacinta y a Cleta y a Encarnación, mis primas.

   —Celebro conocerlas. Siéntense ustedes.

   Jacinta. —Pues yo aquí con las muchachas a ponernos a sus órdenes y a conocerla, ya que tenemos tan güeña parentela, y disiosas que tábamos de que nos traten como de la jamilia, y digual igual, porque asina es tan bonito, y a que nos presienten los niños, que se los ha dao Dios tan chuscos, paque conozcan a su tía, aunque vieja y jiera, y a sus primas de su papá, las dos mozas que vienen con yo.

   Doña Primitiva. —Estos dos niños se llaman Roberto y Paco; y las niñas Magola, Lola, Chavita y Maruja.

   Jacinta. —Pero miren que los nombres les vienen a la color; pus ya saben que soy su tía y anque me queran negar... Qué le parece, niña Permitiva, que mana Liboria, la mamita de Rajel, y yo, éramos tan puras que nos entibucaban. La niña Mapola tamién es muy pura a la dijunta, y la niña Chevita es ni qué su retrato; y aquí el niño Aljreno es el mismo caraite de mi tío Pacíjico, hermanue taita Chepe... ¿Y qué tal le va pareciendo el pueblo?

   —Horrible, señora.

   —Aquí tolos pueblanos tamos hechos un gusto dende que los divisamos cuando salían del ónibus. La casesta lo que sí tiene es ques húmida, y tiene que tar con alvirtencia paque no vayan los niños a querse en ese joyo quisieron pa los patos, porque es jondo... Y diollas ¿qué tal topó la cocina?

   —No sé; esa es cosa de las criadas.

   —Es que si algo se ojrece, mande a casa por lo que menesta.

   —Gracias, misiá Jacinta.

   —Nues porque me las dé, y si en vez de misiá me dijera mi tía, como Rajelito, y a mis hijas, mis primas, ya teníamos pun die jiestas.

   —Nada, señora; hoy ya no se usan esos tratamientos.

   —En antecedente siera asina el usao.

   —Le repito a usted que ya no se usa.

   —Pus quensabe si bustedes no van a amañarse aquí.

   —Dios quiera que no.

   —Míre, niña Permitiva, que no dejen de alvertir que mañana es el mercao.

   —¿Y si sale algo de fundamento?

   —Sí, señora; aquí se mercan güeñas ollas, y turmas, y juncos, y artesas, y alpargates, y güena zaraza, y en veces no dejan de salir plátanos y jabón, que blanquea mucho la ropa, y cuasi siempre treyen los güenos chuchos y se mercan peines baratos y zarcillos, y orejeras, y medias pa los dijuntos; lo que sí es descaso en ocasiones es el comercio, y en dejetive la carne que a muicir, siuno no abrevea, cuando salen de misa ya la han esparecío; lo que sí no jalta es la sal y las velas y el pan; en ocasiones hasta los lunes se topa; y ya que dije pan, niña Permitiva, ha de mandar por él a casa ques de parte limpia, y allá no le echamos harina medicana que nian de trigo es ques; pero haga que abrevién con el guchuvo cuando témos esornando, pa espachárselo caliente.

   Doña Primitiva (a don Rafael en voz baja).

   —Díles que se vayan, que me duele la cabeza de oir disparates. Despídelas.

   Don Rafael. —Conque tía: como hace poco que llegamos, estamos cansados, y hay que arreglar las camas, porque los mucharejos están dormidos. Ya nos estaremos viendo con mucha frecuencia.

   Jacinta. —Güeno, esués lo que yo quero, porque jamás ni nunca habíamos tao tan honraos como ora con sus compañías; y será hasta mañana y quiojalá y se amañen y ten contentos... Los niños sí tan queniqué piedra en pozo. Entonces hasta mañana, niña Permitiva.

   Doña Primitiva. —Que le vaya bien.

   Cleta y Encarnación. —Será hasta cada rato, mi señora; aquí a sus órdenes con mamá.

   —Adiós; gusto en conocerlas.

   —Y a nosotras en tratarla y en conocerla.

   —Bueno; que lo pasen ustedes bien.

   Jacinta (al salir). —Güeno, niña Permitiva; dicen que quen mucho se espide pocas ganas tiene dirse; que escansen y tengan güena noche y no los bayan a picar mucho las pulgas.

   Doña Primitiva. —Buenas noches, que les vaya bien.

   Jacinta. —Pesque nian me espedí de mi sobrino; dispense, que por atender a la conversa con la niña Permitiva... y que ya los años me tienen tan injerior.

   Don Rafael. —No tenga cuidado, tía; que pase buena noche. Buena noche, primas; gracias por la visita.

   Los veraneantes, sin hacer ningún comentario, se prepararon a dormir.


 

   Al día siguiente enviaron a Zoila a hacer el primer mercado. Los señores fueron a misa y salieron a almozar, rabiando por la misa tan larga y tan tarde.

   Zoila llamó a la señora para darle cuenta del mercado, después del almuerzo.

   —Vea, sumercé, lo que topé; de los diez pesos que me dio, no hubo en qué impliar más sino cinco que se gastaron, y mercando el pan pa tres días.

   —¿Y dónde lo compraste?

   —En la esquina, onde una señora que dice ques que es pariente de sus mercedes.

   —Era lo que faltaba, que yo resultara ahora emparentada con los orejones del muladar este. La de esas debe ser la vieja esa tan vulgar que vino anoche. Cuida mucho de que los niños no vayan a meterse donde esas mujeres; y que no vayan a recibirles nada. ¡Qué parentela esa! Y venir una a descubrir esto cuando ya no hay remedio ... Si yo hubiera conocido esta gente antes, no me caso con Rafael... Me meto más bien a un convento.

   Zoila. —Lo que sí habrá que pedirles emprestada es una artesa que tienen de amasar; pero como ya los niños la cogieron y tan aprendiendo a nadar en ella con unos chinos; pero allá tá mi amo viéndolos, no vay sihogue alguno.

   —Y esos muchachos que dices ¿se habrán metido en la artesa?

   —Por supuesto, si ellos son los que tán enseñando a los niños de acá a nadar.

   —Cuidado como vas a prestar ese cochambre. ¿Y en eso harán el pan?

   —En eso, porque no tienen más.

   —No, no, ¿quién vuelve a comer tal porquería?

   Don Rafael entró con los niños todos mojados para ir con ellos y la señora a visitar al señor Cura, que es un buen eclesiástico, campechano y muy cumplidor de su deber. Por una distinción a los personajes que lo honraron con su visita los recibió en su muy aseado cuarto de estudio, donde tenía una regular librería y muebles hasta para veinte personas. El pavimento del cuarto estaba cubierto con una buena alfombra, y en todo lucían el mayor orden y aseo.

   El tema de la conversación de la visita se redujo a afearle al señor cura la soledad y la pobreza del lugar en que vivía; soledad y pobreza que él defendió por lo muy encariñado que estaba en su retiro.

   Los niños dejaron la alfombra llena de cáscaras de naranja y plátano, y por añadidura, uno de ellos hizo en el canapé, lo que otro no pudiera hacer por él, según la frase de Sancho.

   ¿Qué idea se formaron los visitantes del señor cura, y cuál fue la que éste se formó de ellos? Se conjetura por lo que decían los primeros en vía para su casa, y el segundo, viéndose ya solo, ordenando el aseo de su cuarto.

   Ellos. —Pobre sacerdote... Tener que vivir en un pueblo como éste... Tiene que idiotizarse... Pero tiene buenos libros... Sabe Dios si los abrirá.

   —Pero en el sermón de hoy no lo hizo tan mal.

   —Pobre; quizás porque sabía que nosotros lo oiríamos se esmeró. Es un infeliz, sin aspiraciones.

   —¡Qué horror!, vivir solo, como vive este pobre señor, y sin sociedad; ya ves que ni tresillo juega. ¡El, qué va a entenderlo!, ¡tan complicado como es el tresillo!, y este señor me parece de cortos alcances.

   El Cura. —(haciendo limpiar su cuarto a una criada vieja):

   —¡Pero qué gente ésta! ¡Santo Dios!... No han hecho diferencia ninguna entre mi cuarto y la plaza... Lo convirtieron en muladar.

   La criada. —Si sian portao lo mesmo que si los aposentos de sumercé fueran caballerizas. ¡Míre, sumercé, cuál golvieron el camapé nuevo!... si hasta se zurraron en él... Piuphs... Tá que apesta.

   El cura. —¡Oh!, ¡no me digas!

   —Sí, miamo; como se lo digo es cierto; encienda su tabaco y jume.

   El Cura. —Llama al muchacho que te ayude, y saquen ese mueble de aquí.

   La criada. —¡Felipe!, ¡vení untual!, ¡que te menesto!... Hay que esprender las aljombritas pa limpiarlas... Si lo que dan ganas es dir onde ellos y hacer lo mesmo a ver si les parece jeo...

   El cura. —Vendrían a pagarla los mueblecitos de don Eleuterio, que les dio la casita tal como estaba.

   La criada. —Ya va a tener con qué ponerse las botas el patrón Luterio, cuando esacupen la casa los cachachos, y topen sus camapés y sus tabretes que ni qué... Al decir esto se ataba la cabeza con un pañuelo, y prosiguió: Sumercé no porjié más en tarse aquí, porque al jin coje su güena peste. Esos niños tarían ajitos... Sálgase, sumercé.

   Por la tarde llegó a casa de los veraneantes un muchacho, hijo del alcalde, con un burro que don Rafael, a instancias de su consorte, había solicitado para que los niños tuvieran en qué distraerse aprendiendo a montar. La bulla fue muy animada: las niñas querían ser las primeras en montar el paciente burro; pero los esposos resolvieron que montaran primero los dos varoncitos. Sacaron el burro a la plaza; doña Primitiva se sentó en una tarima del corredor, encendió un cigarrillo y se puso a observar aquella hazaña de los niños...

   —¿Y será bien manso ese animal? Rafael.

   —Es mansirritico, dijo el hijo del alcalde.

   —Con decir que es burro, está dicho todo, repuso don Rafael, al montar los dos niños.

   El animal permanecía impasible, sin hacer caso de los tirones que el muchacho le daba del cabestro, a uno y otro lado, mientras que don Rafael le daba palmaditas en las ancas, y los chicuelos gritaban:

   —¡Míra, mamá!, ¡míra papá!, ¡ya sabemos montar!, ¡ya sabemos montar! Es rico andar a caballo en burro.

   —¡Ahora nosotras!, gritaban las niñas; móntanos, papá.

   —¡No!, ¡pero si el pollino núa caminao, jálenle los pelos en el espinazo y en el rabo!, gritó el arrapiezo del alcalde.

   Así lo hicieron, pero a los primeros pellizcos que le dieron los niños, el burro no hacía más que estirar el pescuezo, echando las orejas hacia atrás y tiraba coces con una sola pata. Doña Primitiva, que se reía, gritó a don Rafael:

   —¡Los chinos no saben!, ¡ayúdales a hacer eso que dice el muchacho!, ¡hálale el pelo para que ande!

   Don Rafael le tiró los pelos al burro sobre el rabo, y el animal entró en cólera; se echó a brincar y botó lejos el par de angelitos; al uno le dislocó un brazo, y al otro le despellejó media cara; dio contra un montón de ollas y las hizo pedazos. Doña Primitiva corrió gritando y con don Rafael alzaron los niños. La pobre señora maldecía la hora en que había ido a G** y apostrofaba al hijo del alcalde, por haberle sugerido a los niños la idea de que le halaran los pelos al burro, al cual equiparaba al pobre muchacho, sin acordarse que ella se lo había indicado también a su marido.

   La criada de la casa cural que presenció la caída de los niños, decía:

   —Bien hecho; me lo alegro por la lucía que ha dao el burro del señor alcalde; asina siace justicia; si de güena gana le diera yo su mediue yerba al burro, puel golpe que les calentó, pa que paguen esos muñecos las gracias quicieron en la sala de miamo.

   Todo dio por resultado que don Rafael se vio demandado, le hicieron pagar las ollas que rompió el burro, y como en G** no había médico, al día siguiente, muy temprano, la familia Z... se marchó para Bogotá, sin deseo de volver a veranear.

 

 

UNA SESION DE CABILDO

 

   Era un domingo, a la hora en que los habitantes de C*** salían de misa; y era de ver el diligente afán con que recorría el atrio y se metía en todos los corros el comisario mayor del Distrito, apodado Saca-candela, a causa de tener las rodillas en constante frote al caminar. Iba el tal muy orondo y estirado, huroneando entre la multitud y notificando a sus amos los cabildantes para que al punto de las doce, bajo apremio de multa, concurrieran a cabildo, puesto que se trataba de asuntos de la mayor importancia para el Distrito: la construcción de un puente y de un local para la escuela.

   Al primer campanazo de las doce cesó como por ensalmo todo ruido y movimiento: cuantos en la plaza estaban, interrumpieron sus pláticas y negocios, descubriéndose con religioso respeto y rezando el Angelus. Un momento después, el carcelero, apellidado el Castellano, no sé por qué, convocó nuevamente a los cabildantes con el redoble de un tambor destemplado que, con un pito en forma de clarinete, compone la chirimía de ñor Lucio Muete, quien, mediante la paga de doce reales y medio, más seis para el tamborilero, y la manutención, anuncia en éste y en los pueblos comarcanos, a donde se le llama, que se acerca el día del santo patrono del lugar.

   A tambor batiente y a duras penas van reuniéndose los cabildantes en el corredor de la alcaldía, cuya sala sirve también para el concejo. Pero como no todos llegan a tiempo, mientras los más cumplidos esperan a los morosos, arreglan los cambalaches que traen entre manos; hablan de sus sementeras, del tiempo y de las cabañuelas, del reclutamiento, y previenen los asuntos que habrán de discutir. El alcalde y el maestro de escuela forman grupo aparte, tratando, el uno, de un libro que habrá de publicarse con subvención del cabildo, y el otro, de cogerse el negocio de la construcción del puente.

   —Si logramos armarnos en ese contrato, nos marchamos en diciembre a tierra caliente—, son las últimas palabras del alcalde.

   Ofrecen apoyarse en los debates, y entran.

 

Personal:

   Presidente. —Gabino (chuchero de profesión y rematador del bolo).

   Vocal. —Agapito o Agapo (tratante a La Mesa).

   Vocal. —Juan o Juancho (padre del maestro de escuela, y agricultor).

   Vocal. —Camilo, Mestro Camiclo (sacristán y recaudador del impuesto).

   Vocal. —Eurípides (Jurípites u Oripes, maestro de escuela graduado, secretario del cabildo y del juzgado).

   Arcadio, alcalde, conocido más generalmente con el nombre de Alcario.

   Ya en el interior de la pieza, toman asiento en un poyo de adobe pegado a la pared, colocándose en el centro, junto a una mesa forrada en vaqueta y arrimada el mismo poyo, el presidente, el alcalde y el secretario.

   Al decir el primero de dichos dignatarios:

   —«Tá declaráa abierta la sesión», todos apagan sus cigarros contra el poyo y los colocan encima de la mesa presidencial. Juancho da con afán los últimos chupones a su churumbela de piedra, la apaga luego oprimiendo la picadura con el dedo, y la guarda dentro del sombrero. El secretario se acomoda el cigarrillo, que no había alcanzado a encender, detrás de la oreja derecha, toma la pluma, ensáyala en la uña del pulgar, y empieza a escribir cualquier cosa.

   Agapo, que lleva la cabeza envuelta en un pañuelo de rabo de gallo, y todo el cuerpo en un bayetón de color azul y forro colorado, con alpargatas y medias grises de lana, pide primero la palabra.

   Presidente. —Tiene la palabra el ciudadano Agapo.

   Agapo. —Es pa discutir quel señor secretario se dine de ler lauta diora un mes que tamién nos riaunimos.

   Secretario. —El acta, querrá usted decir.

   Agapo. —Auta o auto, lo mesmo viene atrás quen las espaldas. A ver, leiga y no empate, ni encomience a golver esto merienda de negros.

   Presidente. —Leiga, leiga a ver qué reza.

   El secretario, quitándose de la oreja el cigarrillo y poniendo en su lugar la pluma, empieza a voltear las hojas de un cuaderno forrado en una gaceta y cosido con hebra azul, y buscando del fin hacia atrás, dice:

   —¿En qué mes estamos, que ya ni me acuerdo?

   Agapo. —¡En febrero, tiempue siembras, cuartue creciente, hombre!

   Secretario. —¡Evidentemente! Pues... en el mes pasado... no se elaboró nada, por la cuestión aquella de las elecciones. En el otro... tampoco, por la indisposición cefalálgica de que fui víctima; y en los otros... (es tan trabajoso leer así de para atrás)... tampoco, por la camorra de las adhesiones.

   Camilo. —Ah, sí, por las elecciones que les ganamos.

   Juancho. —Yo tamién pido mi palabra, señor presidente, paque llamen al mestro sacristán al orden, porque ya quere cuspirarse contra yo, y no se la saca. Aquí nues la ilesia, paque la coja cualquier alvenedizo y se ponga popocho como tá el mestro éste: le muerde a la ilesia y le tarasquea duro y parejo al jisco. Pero el consuelo que tengo es que dice un dicho que pesetas de sacristán repicando se vienen y repicando se van. Con el señor cura se hace el que no quebra un plato, y nues sino pa cogerle dinero; pero dice tamién otro dicho que plata de cura poco dura.

   Secretario. —Deje, papá, que la lógica al fin triunfa; la civilización avanza, a medida que el oscurantismo retrocede; deje, deje.

   Camilo. —¿Deje qué? Entendámonos, amiguito, y dejémonos de roncas. Señor alcalde, estos señores me insultan porque no han querido pagar el impuesto, y cuando se lo cobro, se vuelven gatos bravos; y es quellos no saben quién soy yo y cómo me llamo.

   Secretario. —Yo sí sé que el vulgo lo llama a usted El mestro traga-mechos.

   Camilo. —El vulgo también los llama a ustedes Los Macacos.

   Juancho. —Miren este alvenedizo cómo me enrespeta; eso de macacos, se conversa; y todo es por las eleiciones.

   Camilo. —Pues, amigo, el que da, recibir quiere. Señor presidente, llame a estos señores al orden.

   Presidente. —¡Al orden! La Custitución próhibe que se miente aquí la política.

   Camilo. —Pido la palabra, señor presidente.

   Presidente. —La tiene.

   Camilo. —Que conste que he sido insultado por ñor Juancho, y que él no paga el impuesto; y el hijo quiere darlas de mucho café con leche, y no sabe más que charlar y sacarle el boletaje en el juzgado a todo el mundo, y no enseña ni el cristos a los niños, y no escribe las actas del concejo, y pasa el tiempo leyendo gacetas.

   Secretario. —Señor presidente y señores: las contingencias de la vida que nos rodean en la carrera pública no transigen con la regla del deber, cual era escribir las actas, que pronto estarán al orden de los debates que impone el magisterio de la ley; y si es que a mí se me considera inepto, cedo mi péñola en aras de la igualdad y de la fraternidad, y pido que se me haga justicia y se respeten mis garantías individuales.

   Camilo. —Pido la palabra.

   Secretario. —Opino que no se le debe conceder, porque no hay nada en discusión.

   Juancho. —Dejalo que pelore hasta que San Juan agache el deo, que perro que mucho ladra no muerde.

   Presidente. —Y mando que luagan diuno en uno, porque se güelve esto que ni qué algarabía de los títeres de la nochegüena. Esto ya parece congreso.

   Secretario. —Evidentemente, es la idea más luminosa que se puede germinar, pues se advierte aquí un símil muy idéntico al congreso, por lo animado de la sesión, que es como a mí me gusta que se debatan los asuntos. Me encanta la animación que reina en este augusto cuerpo, y me felicito por estar aquí, porque esto tiene la ineludible ventaja de que el día que por la voluntad del pueblo soberano tengamos que ocupar una curul en la asamblea, ya estamos suficientemente preparados.

   Alcalde. —Pa ese caso yo te doy mi voto a ojo cerrao, y desde hora parentonces acordate de mí.

   Secretario. —Gracias, honorable patricio, que siempre ha timoneado con clara visión los destinos de este pueblo, que en aras de la patria va siempre a la vanguardia del progreso y de la civilización.

   Presidente. —Lo dicho, dicho; se próhibe aquí la política.

   Camilo. —Vamos al grano: aquí traigo una nota del señor cura.

   Secretario. —Hoy nada tenemos que hacer con el señor cura; hay mucho de qué tratar. ¡El puente! ¡el puente!

   Camilo. —Sí, cada loco con su tema; usted anda tras del negocito del tal libro que nos quiere enjaretar, y para eso quiere que tratemos primero lo del puente, para que lo apoye el señor alcalde; y le apuesto a que se lo barajo, como saber que tres y dos son cinco. Le repito que la nota es del señor cura.

   Secretario. —Aunque sea del rey; a los cuerpos parlamentarios se les deja libre deliberación.

   Juancho. —Dejá, Uripes, dejá, que viniendo de manos de mi señor cura y compadre, hay quespacharla, porque onde manda capitán no manda marinero.

   Secretario. —No deben ponerse trabas al progreso y a la propagación de las luces, para que los ignorantes no ultrajen con sus chabacanadas el grado que en lid abierta y a toda vela hemos alcanzado en el campo del saber. Los ignorantes no deben hablar.

   Agapo. —Pido la palabra, porque esa sí no me la mamo yo. Lo digo una y mil veces que yo, anque inorante, sí percato lo que el mocoso este quere dicir; yo y los otros cabildantes no semos chinos de lescuela pa que nos ensulten de buenas a primeras.

   Presidente. —Tá pa discutirse... va a aprobarse...

   Camilo. —Estos señores están hoy como envenenados; yo no sé cuál será peor, si el padre o el hijo. Pero es cierto lo que dice el refrán, que de tal palo tal astilla. Como don Juancho gastó cuanto pudo en las elecciones, y nada logró, quiere sacarse el clavo.

   Secretario. —También hay en el vulgo otro refrán que dice que un clavo saca otro clavo, o ambos se quedan adentro.

   Camilo. —A palabras necias, oídos sordos. Voy con el permiso del señor presidente a traer la nota del señor cura que se me quedó allá en el despacho.

   Alcalde. —Pido que se altere el orden del día para considerar el proyecto del libro que ha de publicarse por cuenta de la municipalidad.

   Presidente. —Va a aprobarse... queda aprobao.

   Secretario. —Alterado el orden del día, aquí tenéis, señores, estampadas en este papel las ideas luminosas que quiero exponer ante vosotros, como admiradores de la literatura, y porque tengo derecho a enseñar y poner en juego el magisterio que dignamente represento. Mi grado os lo atestigua elocuentemente, y no dudo ni por un momento, ilustrados miembros y señor presidente de esta corporación, que atenderéis a mi solicitud.

   La educación y el vuelo de la literatura entre nosotros están en su cuna durmiendo el sueño de la adolescencia; ese sueño que cubre las naciones con su manto diáfano para comunicarse al entendimiento de los que en el templo del saber recibimos la misión de inocular el virus de la ciencia en la mente de la juventud, sepultada en el ocaso de la ignorancia; y yo, señores, para contribuir al engrandecimiento de esta República, por quien ofrendaron en el altar de la patria su sangre un Bolívar, un Páez, un Sucre y un Santander, y una pléyade infinita de bravos y trágicos héroes, que nos dieron libertad y nombre ilustre, rompiendo el yugo y sacudiendo las cadenas de la vetusta y oscurantista España; yo, señores para secundar a esos ínclitos padres de la patria, quiero agregar hoy un átomo a la obra de esos manes de la libertad, aunque venga para mí, si es necesario, el cadalso, que si por mi patria dulcemente muero, quiero morir como un Ricaurte, o si se quiere, como un Caldas! Os hablo de un trabajo que tengo bien adelantado, porque yo hago así como la araña, que elabora en el silencio de su gabinete las sutiles redes en que ha de cautivar su presa; y os digo esto, porque el libro que me propongo dar a la luz pública, contiene de todo, y él será un timbre de gloria para vosotros y para los cultos habitantes de este pueblo.

   Alcalde. —¡Muy bien, muy bien! Así se habla, mi amigo. ¡Viva el orador, ilustre hijo desde pueblo!

   Agapo. —Pido la palabra pa dicir que le merquemos el libro a Uripes, y que seche un discurso en un periódico de Bogotá, que yo hago el costo, que por lo visto, éste tiene más cencia en la mollera que too los libros y too los mestros juntos.

   Presidente. —¿Y de qué calidá será el grandor del libro? ¿Como este código siquiera? Porque ya que se hace el gasto, que contenga hartas fojas.

   Secretario. —Algo así, pero de mucho mejor carátula.

   Presidente. —Hacelo asina, como el código, que queda de güen grandor... Va a aprobarse.

   Juancho. —Aquí sí tiene que dejarme un poco la palabra, mano Gabino, porque dice un dicho: cuando te golpién en tu puerta, respondé. Mirá, Jurípites: como el susodicho código no hagás el libro, porque yo me opongo. Es que la palabresa no la puedo yo ver ni pintaa; porque tuavía me sabe y jiede a puro código lo que me como y lo que me bebo. Dendiora veinti años que tuve encajao ese pleito de too los diablos, que pa ver de favorecer el chirajo diorille tierra, pun tris me quedo sin carenque persinarme, y la friolere casi dos años en manos diabogaos, que miban haciendo perder la chabeta, pidiéndome plata como quen le pidía a Dios, y rezándome código puaquí y código puacullí, y muy divertíos los endinos esos con yo, haciendomir tua las semanas al cantón, porque asina es que lo rezabel código; y cruce los deos, don Juancho, porque asina lo mandel código; y dele con el maldito código, al derecho y al revés. Tuviera yo comiendo u durmiendo, y ai te va el código. Les asiguro que sial santo Jo en suenjermedá que tuvo le recetan código, con abogaos a la pata, no tabel probe santo contando la gracia diaber tenio pacencia. Paque lo jubilen a uno, que lechen abogaos con aditamentue código, yen dos pataas tuno loco. Las canas que tengo me vienen de resultas del código; semperraban esos hombres en lerme y lerme código y más código, ¿y yo quiba a entender de eso? La rema, que mechará presto al joyo, pregunten quén me lencajó: pus el código, mojándome y pasando hambres y sedes en viajes, y too porque el rezo del código asina les emponía. El individuese luharían los esacupaos pa matar la gente. El que escrebió eso, quen sabe si toparía perdón de Dios, porque lo que es de yo, sí siha llevao sus güenas maldiciones a cuestas. Mirá, Jurípites, siempre que siojezca hacé el libro como el catacismo Caspete, quese siquera contiene la ley de Dios.

   Secretario. —Catecismos del Padre Astete, papá.

   Juancho. —Güeno, güeno. Estete u Castete, como dijites; pero hacélo de ese volume, y dicí cuánto es el importe.

   Gabino. —Y escupí ajuera el nombre del libro.

   Secretario. —Pues ya que ha sido tan bien acogido este primer fruto de mi ingenio, el nombre ha de ser vertido por la bien tajada pluma de mi ilustrado y galante amigo Arcadio, puesto que él conoce el contenido.

   Arcadio. —Yo opino que podría llamarse, por ejemplo, Lecturas Selectas, de José Joaquín Ortiz, o Diccionario Etimológico de Marroquín.

   Juancho. —Esos hombres pesque tarán vivos tuavía, ¿y si cargan ellos con el santo y la limosna? Miren que eso es arriesgado.

   Secretario. —Yo creo, Arcadio, que bien pudiera llamarse el libro, por ejemplo... Panacea del Estudiante, o Mina de Preciosos Documentos, o también Manojito de Galanas Flores, porque en él hay que poner como prólogo algunas piezas de amena literatura. Pero antes que todo, vamos a ver con cuánto me ayudan los presentes para la publicación del libro, porque no creo que alcance con la partida señalada para gastos extraordinarios en el presupuesto.

   Juancho. —Documentos no, porque aquel del toro se perdió; lo que sí habís de poner es tu descurso diora.

   Secretario. —Sí, y los discursos que yo compuse para los certámenes, y las actas del concejo que yo redacté, y tantas cosas más que irán viniendo por carambola a la imaginación.

   Juancho. —Mirá, ponele tolos nombres que relatates ora que son bonitos y echá tolos descursos del cabildo si querés; pero lo que es a yo no me vas a sacar en la colaa, porque ora hay más abogaos que gritos el die San Juan, y si llega a su noticia tolo que dije, y les eché endenantes, por la jeringuel código ese, no les alcanzo nian dia pelizco. Lo que sí habís de poner son los descursos del 20 de julio contra los chapetones, ¿oís? Miren bustedes quel de la mocita quiso de misiá Polocarpia Solobayeta es güeno con gana, hombre, ¡qué memorista!, y el talento que va soltando no tiene precio; qué güena vendrá a salir si viene a ser mestra esa niña, porque relata que es un primor.

   Secretario. —Antes que todo vamos a ver si cuento con la sumita, y con cuánto me ayudan los presentes a la publicación del libro.

   Gabino. —Hacé lista y poné por mi cuenta... un ternero, ¡qué caramba el estetao aquel josco maneto! ¿oís?

   Secretario. —Cámbieme ese o eche dos, don Gabino.

   Juancho. —Escrebí el becerro, hombre, quel que mucho abarca poco aprieta, y dice el dicho que más vale pájaro en mano que cien volando.

   Secretario. —Ha merecido bien de la patria, don Gabino; y a papá, ¿en cuánto lo ponemos?

   Juancho. —Conformate con lenducación que te dí, hombre, que si no teluviera dao tabas hecho un inorante, hombre.

   Secretario. —Don Agapo, ¿en cuánto?

   Agapo. —Poné ai cuatro reales y un terciue turma por hora que endespués veremos.

   Juancho. —Ya ves, si bien dice el dicho que de grano en grano llena la gallina el buche.

   Secretario. —Te ha llegado tu turno, mi querido Arcadio, ¡vamos!, ¿con cuánto te rascas?

   En esto entra el saca-candela y les dice:

   —El señor cura, el señor cura, áhi viene.


 

   Juancho. —Escondé la lista, no jué nada.

   Presidente. —¡Silencio!, ¡al orden!, va a aprobarse... quedó aprobao... ¡Pidan la palabra, hombres!

   Señor cura. ¡Avemaría purísima! Buenas tardes les dé Dios a mis vecinos; don Gabino, compadre Juan, ¿qué tal?

   —Ya lo puede ver mi compadre; ¿y este milagro ónde lo pintamos?

   Señor cura. —Ola; taita Agapito, ¿cómo vamos?

   Agapo. —Aquí cuando no pior en un ser, señor cura.

   Señor cura. —Dios lo haga bueno, ahijado; Arcadio, Roberto, ¿cómo están?

   Ambos. —A su disposición, señor cura.

   Juancho. —Tome mi siento, mi compadre.

   Gabino. —Aquí tiene mi siento, señor cura.

   Señor cura. —Es bueno que usted conserve su asiento, don Gabino; me parece que usted está presidiendo.

   Gabino. —Tengo mucha satisjación en decederle a mi señor cura mi siento de presidente y mi voz y mi voto, y la persona anque no vale nada.

   Agapo. —Pido la palabra pa dicirle al señor cura que nosotros tamién le decedemos al amo cura nostros votos y nostras voces y nostras personas anque ya no valen nada.

   Señor cura. —Dios les pague todo. Ustedes siempre respetuosos y buenos con su pobre cura. He venido porque entiendo que hay algunos desagrados aquí. ¿Qué es lo que pasa?

   Secretario. —Nada, padrinito. Es que como mi padrino sabe, en estos cuerpos legislativos se acaloran un tanto las discusiones que están al orden del día; pero no ha habido ninguna trasgresión de la ley; al formar parte de un cuerpo colegiado como éste, los ciudadanos estamos penetrados de que este es el templo de la filantropía y el sagrado santuario de la ley.

   Señor cura. —Ojalá que así sea, que no haya nada; pero Camilo fue a traer una nota y lo oí refiriéndole a mi hermano que mi compadre y mi ahijado lo han tratado mal; y mientras él pasa al libro copiador la nota que debe presentar aquí, me vine a manifestarles que no conviene que entre mis vecinos haya tales disgustos, porque esto redunda en perjuicio de todos. Por lo que hace a Camilo, si él ha faltado, yo lo reconvendré; pero es necesario que no lo ofendan; él es un hombre bueno, no es escandaloso, ni da mal ejemplo; no es como otros forasteros que vienen a hacer males al pueblo; él ayuda en cuanto puede y no es justo que lo hostilicen nada más que por ser forastero. Si el pueblo tuviera el personal suficiente para todo, yo no permitiría que Camilo desempeñara ningún destino... En tantos años que llevo aquí trabajando en el ministerio parroquial, nunca habían resultado estas camorras, y de poco tiempo acá, noto que hay quienes se interesan por destruír mi obra de reconciliación de mis buenos feligreses; y es muy triste que quienes están obligados a secundar mis esfuerzos, sean los primeros en fomentar rencillas y malas voluntades, amargando tanto la vida de un pobre viejo que ha procurado siempre que la paz del Señor reine en este pueblo.

   Juancho. —Pido la palabra para manijestar que por lo que hace a yo, que primero consentiré en que pisotién la boca de mi caláver, antes que consentir en que a mi señor cura y compadre se le ojenda. Yo no quero ser malo, y él es testigo de tua mi vida, porque él jue quen me casó y me bautizó toos mis hijos, y me emprestó su proteición pa trabajar y pa enducar este mozo; y él nos respriende y nos endilga puel güen camino, y él conjianza en Dios ha de ser el que mia de cerrar estos ojos, y mia de echar tierra en ellos. (Al decir esto, el buen viejo empezó a llorar como un niño; lo mismo hicieron Gabino y Agapo, aunque muy disimuladamente).

   El señor cura abrazó a Juancho y le dijo:

   —No llore, mi buen vecino y compadre; los dos ya estamos apostando la carrera de la vida. Usted siempre ha sido bueno, y yo muy malo; la hora de la cuenta ya llega, compadre... Nuestro Señor es muy bueno con nosotros, y por eso nos tolera tanto, y no nos castiga conforme a las severísimas leyes de su juicio, a pesar de que nosotros le ofendemos mucho, cuando faltamos a la santa caridad de que El nos dio ejemplo, y nos recomienda siempre la práctica de las virtudes.

   Juancho (enjugándose los ojos). —Asina es verdá, y yo me arrepiento de todo; y a este mozo es güeno enseñarle de nuevo la ley porque deso ya no se acuerda.

   Señor cura. —Mi ahijado tiene que ser muy formal porque Dios así lo quiere; porque ha tenido padres muy buenos, y además, porque debe tener los conocimientos necesarios para serlo.

   Secretario. —Gracias, padrinito.

   Juancho. —Esúes; dende que vino a la perroquia ese maldito muchas gracias, se acabó el Dios se lo pague.

   Señor cura. —Tiene razón, compadre; hoy da vergüenza el ver que las buenas prácticas y las viejas tradiciones se acaban. Ya no desea uno sino que Nuestro Señor lo llame en su Santa gracia a rendir la cuenta, que por cierto, es larga... ¡Terrible cosa!, pero para allá vamos. Ojalá recordemos siempre que el mismo Señor que nos manda hacer bien a los que nos persiguen y calumnian, es también quien nos manda dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César; digo esto porque sé que hay entre vosotros quienes se disgustan cuando les cobran esas contribuciones que impone el gobierno, y que con disgusto o sin él, siempre las hacen efectivas; además, eso no vale la pena de perder uno su tranquilidad; bastantes penalidades tenemos en este mundo.

   Agapo. —Es que ese empuesto es un robo, y ese cobrante diora es un...

   Señor cura. —No diga que es un robo; el gobierno tiene derecho a imponer esas contribuciones, y nosotros estamos en el deber de pagarlas, y no tenemos derecho a injuriar a quienes son sus agentes al cobrarlas. Si los que nos gobiernan cometen injusticias con nosotros, con Dios lo verán. Nosotros estamos en la obligación de respetar a las autoridades legítimamente constituídas, en todo lo que no se opone a la ley Santa de Dios. Esos intereses de la tierra los hemos recibido de Dios y el día en que comparezcamos en su divina presencia, vamos solos, sin dinero, sin bienes terrenales, sin más compañía que nuestras obras; y si en vez de la santa caridad hemos cultivado y hecho cultivar a los demás, con nuestro mal ejemplo, el rencor y mala voluntad, ¡pobrecitos de nosotros!, perdemos a Dios, y con El todo, todo.

   Juancho. —Ya ves, Jurípites, vos sos el que me habís uchao siempre a ser jaltoso con el mestro Camilo. Este núes como mis otros hijos que sin haber estudiao más que su mera escuela, percatan bien las cosas y saben su dotrina ¡que es un gusto! pero éste, que ha estudiao más la ley, y hay tán los alcances que tiene. Ojalá y mi compadre me le deje una güena leición pa que alvierta y no sea jaltoso.

   Señor cura. —Creo que con la que ha oído le basta por ahora. ¿No es verdad, ahijado?

   Secretario. —Cómo no, padrinito. Yo acato y respeto mucho sus observaciones.

   Señor cura (poniéndose en pie para salir).

   —Que la paz del Señor los acompañe, y que el Espíritu Santo los ilumine para que puedan deliberar acertadamente en bien de la parroquia, son mis deseos, y me voy porque mis pobres me esperan.

   Secretario. —Es muy pesado esto de ser uno hombre público, como mi padrino, y los que tenemos destino.

   Señor cura. —Lo que hay de cierto en esto es que el cura no es hombre público, sino hombre del público.

   Juancho. —Pido la palabra pa dicir que yo opino que mi señor cura y compadre demore en nostra compaña pa que nos enlumine las leyes que hamos de ditar, y nos alumbre güenos consejos.

   Señor cura. —Niéguese la proposición por inconstitucional; a los curas nos tienen hoy asimilados a cosas, compadre, del alma.

   Alcalde. —Esa es muy güena. ¡Con que asimilados a cosas! ¿ah?

   Presidente. —Va a aprobarse la propuesta del señor cura... quedó aprobada.

   Secretario. —Pido la palabra, señor presidente.

   Presidente. —Güeno, cogé la palabra.

   Secretario. —Señores: Tratándose de un acto de vital preponderancia como la educación científica y literaria, que cada día empuja a las naciones como el imán irresistible a la civilización y al progreso de los pueblos sin retrospecto del contagio que por tantos lustros cubre pavorosamente el horizonte literario; que cual águila que sube engalanada por el espacio y se remonta tranquila por esas regiones etéreas hasta perderse de vista en las constelaciones de los mundos habitados, hasta las cumbres de los Andes! Como el cóndor que envuelve en la gasa de sus protectoras alas y vivifica la cumbre del Chimborazo, disputando con Saturno en su sangriento curso del porvenir y del progreso, en alas de los dulces céfiros, animados por los genios tutelares de la naturaleza en la continuación de su exuberante creación, así también la literatura por medio de la crujiente prensa en el siglo de las luces y del progreso, un libro es como el alma mater del universo impreso en el corazón de la madre naturaleza; por eso yo ansío, señores, a que mi padrino, en este corto lapso de tiempo, tenga conocimiento del proyecto que cual tempestuoso rayo cruza en esta corporación. Os hablaba de mi libro, de esa criatura de mi mente predilecta. He dicho.

   Presidente. —Va a aprobarse... quedó aprobao.

   Señor cura. —¿Y de qué libro trata, mi ahijado?

   Juancho. —Pus nada menos que diuno, y maníjico por lo visto, que este mozo tiene en el tuste; lo que son nombres ralos sí tiene a las dos mil maravillas el libro.

   Señor cura. —Vayan, pues, mis felicitaciones para el autor del libro y también para mi compadre, puesto que los buenos hijos son para sus padres, además de un honor, su corona y su alegría. ¿Conque va mi ahijado a publicar un libro?

   Secretario. —Pues tengo algunos croquis; pero aún in péctore, como dice algún retórico, o mejor dicho, valiéndome de la conocida frase poética de algún astrónomo, cuyo nombre se ha fugado de mi frágil mente, ya van estando en embrión. Y por supuesto que el que suscribe tiene a bien hacerle a mi padrino el alto honor de dedicarle ese corto trabajo, que por ahora no es más que un ensayo.

   Señor cura. —Gracias.

   Juancho. —Y también sería güeno que él te endilgara el modo de que echaras el libro por limprenta, porque si ha de ser pir a costiar...

   Señor cura. —Eso es precisamente lo que ahora me ocurre; van ustedes a gastar quién sabe cuánto en la impresión del libro y se quedan con todos los ejemplares.

   Juancho. —Siguro que nos quedamos con el pecao y sin el género; pero quén quita que a los gobiernistas no les haga jalta pa las escuelas y lo merquen, y viene a armarse éste de chiripa.

   Señor cura. —En esta tierra todo marcha manga por hombro; el gobierno por atender a defenderse, me figuro yo, de una multitud de logreros que lo asedian por medrar a su sombra, no atiende a literaturas, ¡qué va a atender! Ha habido tantos literatos que han gastado su tiempo y sus pocos recursos por publicar un libro útil, y se han quedado pobres, con el libro y con deudas. Hoy por atender a la política, que es la fiebre de la sociedad, no se preocupan de nada útil, menos de estimular a los que se dedican a la literatura. Hay una multitud de hombres afanados por conseguir un destino para desempeñarlo mal, y pasar una vida cómoda y haciendo más males que bienes, muchas veces. Los hombres animados de verdadero espíritu público, y sobre todo de buena voluntad, son poquísimos y no se les da parte en los negocios públicos. Se trata de especular y nada más.

   Agapo. —Y se la pasan clavando luña en cuanto topan y sin más trabajo que rasguñar papel.

   Señor cura. —Pues eso no nos consta; y quiera Dios que no sea así, porque ese sería el más criminal abuso que podrían cometer; pero hay un hecho que es muy claro: los destinos no son tantos que puedan satisfacer las ambiciones o aspiraciones de todos los peticionarios, y los vagos, que siempre son muchos, y que vienen a formar una oposición formidable, se dan a la tarea de fraguar revoluciones para arruinar esta pobre tierra. Y no quiero adelantar esto, porque ya voy metiéndome en un laberinto difícil, y quizás venga yo a faltar a la caridad con manifestar las debilidades de mis prójimos, que de buena gana quisiera ver remediadas.

   Secretario. —¡Cáspita! Hoy sí que hace falta un Bolívar, un Sucre, un Páez, un Santander. ¡Manes de la libertad!, levantaos de vuestras sagradas tumbas y venid a este sagrado recinto.

   Gabino. —¡Esos hombres que mentates hora sí eran los de lalma atravesaa, caramba!

   Agapo. —¡Y eran diuna valentía de piapa los fefes esos!, ¡esos sí eran dotores y melitares deveras, hombre!

   Secretario. —Pero los periódicos del día sí van a la vanguardia del progreso y de la civilización del pueblo.

   Señor cura. —Pues los periódicos del día, si exceptuamos algunos, hace tiempo que no publican nada que pueda ilustrar al pueblo, ni que estimule a la juventud, ni le comunique verdadero patriotismo. Los periódicos del día no se pueden leer sino con cierta cautela, porque publican muchas mentiras y hasta blasfemias para corromper la sociedad, y acabar con los pocos sentimientos que quedan si Dios así lo permite, eso sí. En la mayor parte de los periódicos que circulan no encuentra uno sino odios, insultos y calumnias que es un deshonor para el país; nos exhiben tristemente.

   Agapo. —Pido la palabra.

   Presidente. —Tiene la palabra.

   Agapo. —¡Como dice el dicho, que cada cual habla de la jeria como le va en ella; me acordé por la custión periódicos, que ir uno a Bogotá! ¡Ave María, gracia plena! Es que lo zurumbatizan y lo aburren a uno por tualas calles aquellas sabandijas de chinos que parece que ya se les arranca el gañote, gritando como unos locos, y metiéndole a uno por las narices la zurrie gacetas, ¡y con aquellos chillíos!, gritando y corriendo que ni qué locos que parecen ni qué perros de cacería. Y si uno se escuida tantico, ¡adiós mi dinero! Tiene uno que andar en Bogotá con la bolsa a dos manos. ¡Andá, ralea de chinos pa mala! El otro día horiverán lo que me pasó: un capataz de esos chinos se me puso a la pata, bien engüelto en un chaquetón que le tapaba hasta los tubillos, y me porjió, y me porjió, que le mercara una limetegrande Venezuela, y al jin paque no jregara más el condenillo zángano, se la merqué pun peso chiquito, y cátelo ahí; no les cuento señor presidente y compaña, y señor cura, de qué taba llena la limeta, porque me pasa lo que ese día, que al primer trago que me juí a meter en la posada, si más echo ajuera tua las tripas, y me agarran aquellos...

   Presidente. —Al orden: la Custitución próhibe hablar aquí de enjermedades.

   Señor cura. —¡Ya ven ustedes el gravísimo mal que les hacen a esos pobres muchachos con enseñarles a mentir! Porque se venda el papel les hacen vocear lo que él no contiene, y después esas pobres criaturas se creen autorizadas para seguir mintiendo y engañando a todo el mundo. Culpa de los directores de esos periódicos, que olvidándose de su propia dignidad de hombres racionales y del respeto que deben a la sociedad, no se contentan con estampar en el papel todo cuanto hay de más ofensivo, ridículo y repugnante, sino que incitan a esos muchachos al mal. Y lo peor de todo es que las gentes se van acostumbrando a ese lenguaje de pasquín del periodismo, de tal suerte, que si el periódico no contiene bastantes injurias, diatribas y blasfemias, no sirve para nada. La falta de amor de Dios y del prójimo ¡cómo cunde!

   Secretario. —Pero sí enseña mucho la cátedra del periodismo moderno, en su lucha por la filantropía.

   Señor cura. —Dejando a un lado lo de la lucha por la filantropía, que no sé a qué se refiera, el periodismo sano y bien intencionado, por supuesto que enseña mucho; pero el periodismo tal como existe entre nosotros, repito: con alguna o algunas excepciones, lo mismo que la novela impía y corruptora, no pasa de ser una serie de mentiras bien urdidas, y a cuya lectura dedica hoy mucho tiempo la juventud. Lástima que el periodismo no desempeñe la misión que tiene de enseñar y corregir, pero sin ofender y sin vilipendiar, sino que se ha convertido en una perpetua orgía que humilla la inteligencia, el lenguaje, la moral, la religión, la sociedad y el buen sentido. Todo es indigno. Lo que es elevación y fimeza de carácter, ya ha pasado a la historia; la dignidad y esos bellos sentimientos de respeto por la sociedad y por la moral cristiana, todo se va acabando. Hoy medran la mentira, la calumnia, el odio, los rencores, la envidia y cuanto en el mundo hay de más indigno y repugnante. El honor y la reputación de los hombres de bien, están en manos del audaz que logra encaramarse en la tribuna de un periódico. Los tiempos son malos, y los hombres... En fin: nosotros hemos de darle gracias a Dios porque vivimos lejos de esas atrocidades. Pero sí da indignación el ver cómo han logrado corromper tanto el carácter, y que la sangre generosa se empobrece tanto en nuestras venas. Dios tenga misericordia de todos y su paz sea siempre con nosotros.

   Agapo. —Dios nos esjienda de esas malas compañías, de veras, porque eso sí es más pior que todo.

   Secretario. —Señor presidente y señores: Es indudable y fuera de toda duda que mi libro, cual otro imantado campeón, contribuiría adiestradamente a cicatrizar las hondas laceraciones de la sociedad, como el destilado bálsamo que neutraliza los fisiológicos adormecimientos sociales y políticos del patriotismo, y eleva el espíritu en ráfagas de luz que tremola en la titánica y rutilante lucha del progreso y la civilización, cual flamígero pendón en su curso luminoso con esa libertad de Bolívar, de Sucre y del inmortal vencedor en San Mateo, que trazó en indelebles caracteres a los hijos de la patria su aspiración por el progreso indefinido, palpitante en el corazón de las generaciones venideras, rompiendo esas fibras flamantes de la poesía sintética y embriagadora de la fantasía de mi adorada patria, que es el mundo de Colón y de sus aspiraciones engalanadas de perfumes delirantes. He dicho.

   Alcalde. —¡Viva el orador!

   Señor cura. —¡Qué jerga es ésta! Atienda, ahijado: yo con mis sesenta años de vida y de estos treinta y seis de ministerio pastoral, he alcanzado muchísima experiencia y puedo decir que conozco bastante el corazón humano. Usted con sus veintiocho años a las costillas, y de éstos más de diez de enseñanza en las escuelas, no tiene todavía la reflexión necesaria. Eso del progreso indefinido, no pasa de ser un disparate que a algunos les suena bien, que no dice nada, y que usted no entiende, sin que yo venga a disputarle a usted sus conocimientos, puesto que para eso recibió su grado en la Normal; pero hay cosas que no se pueden dejar pasar, y además, me atrevo a darle a usted un consejo: no publique ese libro de que habla, porque se expone usted a convertirse en el hazmerreír de todo el mundo. Ya que tiene gusto por la literatura, dedíquese a leer algunas obras serias, de religión, en primer lugar, y de literatura, para que adquiera un estilo llano, juicioso y... correcto, que jamás adquirirá en las novelas, porque sabrá usted una cosa, le hablo con toda franqueza: en usted ha calado el estilo un poco rimbombante y como... ahuecado, que dice... muchas palabras, pero en el fondo... nada. Esto se lo digo porque tengo el deber de hablar la verdad, y todos tienen derecho de exigírmela. No piense en publicar tal libro.

   Agapo. —Mi señor cura dio en el clavo; esues lo que yo he percatao, porque éste ensarta de chorrera como chorizos una palabrería que emborracha; y como que de puro talento que le desenrollaron en lescuela Dormal, se jué todo en vicio, como la turma cuando carga el invierno. Es decir, perdonándome la despresión: hay en este mozo mucho tuste y poco seso; mucha vaina y poco jríjol.

   Secretario. —Siempre con sus rancieras y sus chabacanadas. ¡Cáspita!

   Señor cura. —Vea, ahijado, que el que no recibe consejo no llega a viejo. Espere usted un poco, porque la situación es mala; el país va mal.

   Juancho. —¿Y de ribete nos meterán revulicia presto?

   Señor cura. —Pues quién sabe, pero se ve poca esperanza de paz; hace días que hay una inquietud indescifrable, y parece que caminamos al borde de un volcán que está para estallar. Conque nuevamente le digo, ahijado, que espere, tenga usted paciencia, no se precipite; desista de publicar su libro, y en este año interésese más por la enseñanza de la doctrina cristiana a los niños, que con esto hace usted mucho bien, y Dios lo premia. Me voy, y quédense ustedes con Dios. Hasta luego.

   Todos. —Hasta lueguecito, señor cura.

   Juancho. —Que ojalá y no se le olvide el camino a mi señor cura y compadre.

   Secretario. —Mi padrino siempre con sus chocheras y sus ideas oscurantistas. ¡Cáspita! Cuándo será que el ultramontanismo deje respirar esta tierra. Detesto el retrogradismo. ¡Si el héroe de Ayacucho viviera!

   Juancho. —Dejáte de tus traganismos y de tus caracuchos, hombre, que ahí la vas pasando bien dirigiendo tu escuela, y no te metás con más libros ni con más ciencias, hombre, que con lo que sabes te basta y te sobra.

   Camilo. —Sí, señores, aquí a sus órdenes; señor presidente, aquí tiene la nota del señor cura.

   Presidente. —Léla, Orípes; pero abreviá, ¿oís?

   Secretario.«Ministerio parroquial», etc.

   La nota trataba de una solicitud del señor cura al concejo, para que éste, de la partida para gastos imprevistos que figura en el presupuesto, votara la correspondiente para levantar las paredes del cementerio, y para la puerta del mismo lugar que una guerrilla, en la última revolución, convirtió en leña.

   Camilo. —Pido la palabra, señor presidente.

   Presidente. —Tiene la palabra, Camilito.

   Camilo. —En atención a la justa solicitud del señor cura, propongo: «Vótese la partida de ochenta pesos de ley, más cincuenta jornales del trabajo personal subsidiario, para la reconstrucción del cementerio y de su puerta».

   Presidente. —Tá pa descutirse la propuesta... Va aprobarse... a láuna... a las...

   Alcalde. —Pido la palabra, señor presidente.

   Presidente. —Tiene la palabra.

   Alcalde. —Si no se hace primero el puente no hay necesidad de ciminterio, porque ¿pónde pasan los muertos del otro lao?

   Agapo. —¿Y los del lao diacá no nos murimos? pedasue toronjo. El ciminterio, el ciminterio.

   Presidente (bostezando). —Aver, aver, apuremos todos ligero porque esto se va empatando... Vos, Luberto, dicí breve, que ya parece que te dormís, como ni que trasnochao en jandangos.

   Roberto. —Yo digo que viva la gallina y anque sea con su pepita; bustedes van a coger pique con yo, pero con eso y todo, yo no la voy con bustedes, porque en el negocio del puente hay gato en muchila; yo soy del parecer del señor cura, primeramente tá el ciminterio. En lo demás, yo no meto a dicir ni que sí ni que no, que güenos guamazos me mamé ya de los haciendaos del otro lao por haber dao mi voto pa la jarana del camino ese. Yo ningún caudal me toy echando al bolsico con su destino éste que nues sino pa dicires y molestas; por eso pido la palabra pa dicir que su mugre e destino este de cabildante, hay ta pa que lo coja otro y con su pan se lo coman; y déjenmir que se me hace noche pir a salar un pocue carne que tengo ya vendía. Hay queda mi voz y mi voto, y las señoras autoridaes cuenten con que yo las sustengo, pero siempre y cuando que no me sorrostriquen; y güelvo a dicir que viva la gallina y anque sea con su pepita.

   Juancho. —Pero ver el pollo y lo que chilla; y lo dichero que se ha güelto éste.

   Roberto. —Es quel que entre lobos anda, a ullar se enseña.

   Juancho. —Acéitenle, acéitenle la renuncia, que desos pájaros ni las plumas; y que se vaya, que ojos que no ven, corazón que no siente; güeno, güeno, que güena jalta le hará allá al patrón pa arreglar sus trampas; porque Dios los crió y el diablo los ajuntó.

   Roberto. —Si bien dicen que cada ladrón juzga por su condición; sí me voy, sí me voy, hasta luego.

   Presidente. —Dejá, dejá áhi tuavía tu sombrero, que untual nos vamos a casa que tengo allá paroy con bustedes un entreverao, diallá dionde vos que mandé apartar de la novilla que matates hoy que tá tiernita; qué aján, aguardate tantico, hombre.

   Secretario. —Pido la palabra, señor presidente.

   Presidente. —Tiene la palabra pa tua las veces que quera.

   Secretario. —Reasumiendo en su modificación sustancial y copulativa la proposición, digo: la proposición sustitutiva no puede ser aceptada por la corporación, porque lo que el ciudadano Camilo ha dicho es controvertible de las atribuciones ingénitas del concejo, según la letra del código...

   Juancho. —Malditos sean y caigan de cabeza a los projundos injiernos tolos códigos nacidos y por nacer. Que gana la de éste de sancocharme la sangre, como si nubiera más palabras pa mentar las cosas; sabés que me choca el endivido ese y déle a rejregarme el dijunto en las narices. Dicí to lo que querás, pero sin mentar código, arrenuncio con tu palabra esa.

   Secretario. —Decía yo que conforme a la letra muerta de la recopilación.

   Juancho. —Cátelo hay; recupilación, eso sí.

   Secretario. —Conforme, pues, a esa letra que ciñe en sus investigaciones los destinos en discusión, no es adaptable a esta población el cementerio, que es de carácter imprescindible y netamente eclesiástico, y un libro, señores...

   Presidente. —Ya sé pónde va lagua al molino; no empardogués esto con tu libro, que se dijo que nuay más que tratar que del ciminterio, y lo que te ojrecí pal libro ya no te lo doy.

   Agapo. —Me arrebiato a esa propuesta; que yo lo que quero es ver onde dejo mi carapacho, porque en este pueblo ya habemos muchos que tamos viviendo de gorra y ya nos pide la tierra.

   Juancho. —Yo digo lo mesmo que Agapo; por ora que pase el río caduno como pueda; ¡el ciminterio, el ciminterio!, porque el día que legue la pelada y nos achunchulle la vida si nuay ciminterio quedan nostros mortangos puai que niqué güesos de herejes, paque los escarben los chulos.

   Presidente. —Pero a ver en qué quedamos en jin de jines, que ya tamos ni qué congresistos, que son los más los gritos que las mazorcas.

   Juancho. —Ni más ni menos, porque palo que nos riaunimos que jué pa dar las leyes de la puente y de lescuela nuamos ditaminao nada; todo lo golvimos alegatos y de jundamento naita a derechas.

   Secretario. —Siguiendo la costumbre de los parlamentos legislativos, podemos convocarnos a sesiones extraordinarias, y gozamos algo más.

   Agapo. —Mejor es que no, porque pa gozarla como ellos es menester que haiga tela dionde cortar, y aquí sí, machuque y chupe; los congresistos bien pueden tarse años y años encerraos pelorando y sin ojicio ni benejicio que pareso ai tá el jisco, y aquí el que no llora no mama.

   Juancho. —Paque hagamos algo a derechas, yo quero, Alcario, que me pongás unos piones con un comisario a tapar unos portillos que me han hecho en las tapias de casa los marranos; y que compongan esa calle de casa porque ya nian a la ilesia se pue pasar, porque techo el corral y la calle una pestilencia con ese jedentina que expide que güele a diablos podríos.

   Gabino. —Ya que dijites marranos, yo quería proponer que me jranquién una viga de lescuela pal matacho del bolo, que me tienen que rebajar de los veinte pesos del remate, porque con la pédrica del señor cura ya naiden arrima y la pérdida es sigura; todos juyen del bolo como diun burro muerto.

   Camilo. —Creo que todo eso lo tendremos que tratar en otra sesión, porque es muy tarde.

   Presidente (dando el segundo bostezo, y como si estuviera mascando algo caliente). —A ver dicí, Agapo, vos que habís sido presidente, ¿cómo dejamos la custión ciminterio? (Bostezos en todos).

   Agapo (sobándose las rodillas). —Yo lo que opino es que si más dura esto me tullo: ¡valiente helaje!, jueron y echaron adobe verde en esta tarima, y con la seisión esta tan consecutiva, tengo los güesos penetraos que niun dijunto; ya nian estos cueros de jara que miacían coger la calor en anteriormente no me sirven más que pa hacer ay bulto en las rodillas, y se me van poniendo estos pieses como unos tarros dinchaos; y pido la palabra pa alvertirles que me les paro y me les salgo, porque cuan el pie sincha la sepoltura relincha; y tengo quir espachar la harina y la turma pa La Mesa pa ver si se coge el nícle, porque perro que no camina no topa güeso que róir (y continuó paseándose, apoyado en un palo). En la semana pasaa simás nuesque topan miel los piones en La Mese Juan Díaz; esque se la raparon los sesquileños y los guatavas, y hora es cuando se las ponen los calentanos, porque la carestía va a ser de las jinas; y puacá el guielo acabó con los máices y hora el muque va dando mate con los turmales que taban jloriando.

   Juancho. —Eso de que la miel ta cara es pa vos achicar la medida a la guasparria, ardiloso.

   Presidente (tercer bostezo correspondido por todos). —Güeno es culantro pero no tanto; ya tará güeno esto, y lo que se ha de empeñar que se venda; jorminemos la contesta pal señor cura; dítenla, dítenla entre todos pa que quede güena.

   Camilo. —Pido la palabra, señor presidente.

   Presidente. —Tiene la palabra, pero corta.

   Camilo. —No se ha discutido la proposición que hice.

   Juancho. —¿Y qué dijites en ella?, hombre.

   Camilo. —Sírvase leerla, señor secretario.

   Secretario. —«Vótese la partida de ochenta pesos, etc.»

   Presidente. —Descutan, descutan... ¿No hay quien diga más? Va a quedar aprobao.

   Agapo. —Ni hay quen puje ni diga más.

   Juancho. —Vos siempre con chuscadas, hombre, ¿ya querés que se güelva esto pujanze remates?

   Presidente. —Callen, hombres, que va aprobarse... Quedó aprobao y siacabó la jiesta. Poné el ojicio, Orípides, y echá pacá pa jirmarlo aunque sea a ruego, si don Camilito me empriesta su mano.

   Camilo. —Con mucho gusto, don Gabino, tiene usted la mano y todo el brazo.

   Gabino. —Estimando como agradeciendo sus jinezas, y vengan pacá esos cinco gajos pa darles un güen apretón, que entre amigos no haigan disputas; y hora mesmo nos vamos pa casa al piquete del entreverao con unas turmas criollas chorriadas que tan pa chuparse uno los deos, y endespués vengan trabajos, que barriga llena aguanta azote.

   Agapo. —Güeno, ¡quién vé venao que no grita! Esa propuesta sí quedó aprobaa por unanimidá; que viva nuestro presidente Gabino, que nos echó cacho a toditos.

   Juancho. —Porsupuestamente que viva con tolos que tamos en la compaña; y pido la palabra pa dicir que nos perdonemos las ojensas y que nos vamos toiticos onde Gabino porque ya tengo las tripas apegaas al espinazo, preguntando que si las muelas son dijuntas.

   Secretario. —Señor presidente y señores: Pido a nombre de la libertad y de la filantropía, que dediquéis un momentáneo lapso de tiempo para que oigáis la parte que mi péñola ha elaborado de la nota, y que a la letra dice así, salvo error u omisión.

   «Estados Unidos de Colombia. — E. S. de...
Concejo Municipal de C...

Ilustre señor cura. — Presente.

   «El muy digno y H. Concejo que tan dignamente y con sin igual pericia presido, y que tan infatigablemente trabaja por la cultura y desarrollo literario y adelanto de su ilustración progresista y civilizadora en las sendas radiantes del saber social y republicano que augura el progreso indefinido en este municipio ilustrado de C...»

   Gabino. —Güeno, güeno; ese descrito sí que te quedó de piapa, y basta por hora. Al señor cura dicile vos, don Camilito, que endespués allá le cairá el ojicio entero; y nuescrebas más, ¡qué caramba!, que primero ta comer y beber que ditar leyes. Vámonos, porque nos puede dar hoy alguna desolación de puro aguantar la sede. ¡A casa!, ¡a casa, muchachos!, que pa comer y pa rezar no hay que rogar; y propongo que nos encajemos aquí un güen abrazo pa perdonarnos bien.

   —¡Corriente!, gritaron todos, y cogiendo sus sombreros y sus chicotes, se lanzaron unos sobre otros, estrechándose y confundiéndose entre los brazos.

   —¡Viva la Colombia de la Nueva Granada!, gritaba Agapo, encaramado en el poyo para que no le atropellaran las rodillas, y sacando candela con su eslabón.

   —¡Vivan tolos jorasteros!, decía Juancho, casi ahogado entre los brazos de Camilo.

   Los otros repetían:

   —¡Viva Venenzula tamién, y Bolívar que era caraqueño!, ¡y los españoles!, ¡y el señor cura! ¡y este pueblo!, ¡y nosotros!, ¡y tuel mundo, caramba! Y ¡váyanse al injierno tolos diablos, que nos querían hacer peliar!

 

 

LO QUE DIOS DISPONE

 

   La carencia de sacerdotes hizo que en una ocasión se me encomendara la administración de dos parroquias, distantes de la mía una hora de camino la más cercana, y tres la otra, pero a buen andar. Me fui un domingo a medio día a la más distante para decir misa el lunes en aquel pueblo, situado muy cerca del río Bogotá, abajo del Salto de Tequendama.

   Cuando llegué, era esperado para que fuera a confesar un enfermo en el campo. Dejé la mula en que iba, monté en un caballo que me dieron y seguí con un hombre que iba a pie, pero le rendía caminar tanto, que a pocas cuadras lo perdí de vista. Yo confié en que el caballo, conocedor del camino, me llevaría a la casa del enfermo, y cuando tal pensaba, escapé de dar el salto a la otra vida.

   Llovía, el camino estaba malísimo, y al ir subiendo penosamente una pendiente el animal, le Saquearon las fuerzas, no pudo sostenerse y se fue a botes comingo. Al terminar el rodadero, que por fortuna no era muy largo, vine a quedar boca arriba, pero de para abajo, con la cabeza entre un barrizal, y el caballo quedó atravesado encima de mi pobre humanidad. La posición en que me hallé fue tan violenta, que no podía hacer ningún movimiento; así tuve que permanecer algunos minutos encomendando mi alma a Dios, sin que hubiera por allí ser viviente a quién llamar. Mi angustia crecía con la idea de que el caballo hiciera algún movimiento y me matase; pero a pesar de tener tan oprimido el pecho, hice un esfuerzo y empecé a gritar. Al punto apareció una mujer sobre un altico y contestó:

   —¡Aquí no hay quen lo saque, patrón!

   —¡Soy el cura, llame, que me muero!, ¡vea cómo estoy!, ¡téngame lástima!, ¡llame por Dios!

   La mujer empezó a gritar, y a poco llegaron corriendo algunos hombres y mujeres, y el primer ademán que hicieron fue el de dar palo al caballo.

   —No, no, les dije; no le peguen, porque al moverse me rompe los huesos; levántenlo con cuidado.

   Tan oprimido tenía ya el pecho, que se me iba dificultando más y más la respiración. El caballo era muy manso, y fácilmente lo fueron levantando unos, mientras los otros me halaban de las piernas al lado opuesto. Al fin me sacaron del peligro aquellas buenas gentes, a quienes yo manifesté mi gratitud, dejándoles como recuerdo algunas medallitas, y todos bendecíamos a Dios. Dejó de llover y seguí mi camino acompañado de uno de mis salvadores. A poco andar llegamos a la casucha del enfermo, construída a orillas del río, que parece allí un loco enfurecido al precipitarse entre las enormes piedras de su cauce. Contemplé un rato aquella multitud de juguetones saltos que se persiguen y confunden, pero con una rapidez vertiginosa, como si fueran huyendo del mugidor estruendo que produce allá a lo lejos en su airosa sierra el imponente y maravilloso Tequendama, cuyo ronco y prolongado grito ahoga la multitud de simultáneas voces que abajo dan al despedirse esos innumerables hijos suyos en su angustioso curso. ¡Ay, Dios mío!, quién pudiera decir algo de tantas maravillas de tu diestra, pensaba yo allí. Recé el Te Deum y entré a confesar al enfermo. Luego volví a la orilla del río, me senté sobre una gran piedra, bañada en su mayor parte por la corriente, y empecé a rezar el oficio divino. Al llegar a aquel salmo en que David dice: Los ríos aplaudirán con palmadas la presencia de su Rey que es el Señor, ¡oh!, al llegar ahí me estremecí, las lágrimas saltaron a mis ojos, cerré el breviario, y sin que yo recuerde en qué pensaba, pasé largo rato en silencio. Luego acabé de rezar y seguí para el pueblo, separándome muy a mi pesar de aquellas encantadoras márgenes del río. Allá a lo lejos, en la última colina, desde donde iba a perder de vista el río, me detuve para oír aquellos como lamentos producidos por las ondas al despeñarse estrellándose contra la cavidad de las enormes piedras, que muda, pero tan elocuentemente publican la infinita grandeza y sabiduría de Dios.

   Desde ese día lucho con la idea de vivir en esos lugares, cuando ya no pueda servir más a la iglesia y si es que Dios me da con qué comprar un pedacito de tierra donde pueda construirme mi cuartel de inválido, en forma de una humilde casuca, llevarme allá mis libros, vivir con ellos, y no acordarme de los reveses de este mundo miserable y esperar allí la muerte.

   Al llegar al pueblo encontré en él a un excelente amigo muy buen cristiano, quien me invitó a pasar la noche en la casa de su hacienda, que dista poco de la población, y como yo nada tenía que hacer esa tarde en el poblado, acepté la invitación y nos fuimos inmediatamente.

   ¡Otra vez al río!, porque la hacienda está a la margen opuesta. Tuvimos que atravesarlo a pie por un puente colgante, formado de guaduas y bejucos. En la mitad de este puente, que es como estar uno en una hamaca, me detuve a contemplar el río, maravilla cada vez más encantadora, a pesar de que le baña a uno la cara y le humedece la ropa con una especie de mollizna que no cae siempre, sino que, en espumosos torbellinos, se levanta un momento y cae para volver a levantarse impulsada por la impetuosidad de la corriente al estrellarse contra aquellas gigantescas piedras que semejan, en todo el cauce del río, una ciudad abandonada por sus defensores, pero que lucha sola y siempre por sostenerse en pie, desafiando aquel continuo socavar de sus fundamentos en todas partes, y el incesante azotar de sus murallas la corriente embravecida.

   ¡Oh!, parece que el heroísmo y la tenacidad están luchando allí. ¿Y esta lucha hasta cuándo durará? ¿Y cuál de los lidiadores vencerá? Dios lo sabe.

   Al pasar al otro lado del río fui recitando algunos versos de los que nuestros mejores poetas han cantado al Tequendama, y fuimos a la casa de mi amigo; nos sirvieron la comida, la cual terminada dimos gracias a Dios, como buenos cristianos, y siendo ya de noche, pasamos a un espacioso corredor iluminado por la luna, en una de esas noches de verano que en las tierras calientes son tan deliciosas. Al corredor, que es capaz para dar alojamiento a un batallón cómodamente, sigue un extenso patio lleno de flores y embalsamado por el suave perfume del jazmín de Arabia y por el de la multitud de árboles frutales de la huerta, que compiten en frondosidad y en hermosura con las plantas del jardín. Todo este panorama está bañado por un hermosísimo arroyo que baja presuroso de la montaña y va a mover el trapiche más abajo de la casa.

   Nuestra conversación allí fue muy animada: tratamos de religión, de literatura, de política, de agricultura, etc. A las once nos fuimos a dormir.

   Al día siguiente, muy temprano, nos pusimos en camino para el pueblo por el mismo paso del río. Cuando llegamos al lugar, el sacristán daba el primer repique para la misa, y por todos los caminitos que conducen al poblado venían como en procesiones las gentes para asistir al Santo Sacrificio. Dirigíme al cementerio, porque en ese tiempo se había caído la iglesia y se decía misa en una capillita pajiza de aquel santo lugar. La capilla alcanzaría a contener en su recinto unas cien personas y los demás oían misa sobre los muertos a campo raso. Me puse a confesar a unas cuantas personas que deseaban comulgar en la misa; cuando creí que había terminado, se me acercó un hombre a que lo confesara, yo me excusé por ser muy tarde, pero el hombre insistió:

   —No estoy enfermo, dijo, pero quiero confesarme ahora; hace mucho que no me confieso, estoy en ayunas y deseo comulgar; confiéseme, mi doctor.

   La cosa no era para dejarla así, y lo confesé. El hombre tenía unos cincuenta años de edad; oyó como los demás, la misa y la plática doctrinal, y comulgó con los otros que se habían confesado.

   No había salido yo de la capilla cuando oí que dieron tres dobles las campanas, y entró una mujer llorando y me dijo:

   —¡Ay!, señor cura, mi esposo que confesó ahora sumercé, llegó al ranchito bendiciendo a Dios, me pidió su desayuno, se sentó en un banquito y se quedó muerto.

   —Quizá no esté muerto; vamos a ver.

   —¡Ay!, ¡señor, está muerto, está muerto!

   Inmediatamente hice llamar a un médico, que por casualidad se hallaba en el poblado, quien reconoció al hombre que realmente era cadáver.

   ¡Dichosa muerte! Se le acababan de perdonar sus pecados; asistió al Augusto Sacrificio de nuestra redención, cumplió su penitencia, y con la paz de Nuestro Señor, a quien recibió en su corazón, se fue de este mundo. Allá delante de Dios se acordará de mí, mientras llega el día en que nos juntemos para no separarnos jamás.

   Después reuní una junta para allegar recursos con qué atender al nuevo templo que se estaba haciendo; bauticé tres niños, dí sepultura al cadáver de Antonio, que así se llamaba el difunto, y me fui para mi parroquia pensando en las cosas que dispone Dios con sus criaturas.

 

 

UN SABADO EN MI PARROQUIA

 

   Un sábado, dicha la santa misa a las seis y media, como de costumbre, dí gracias a Dios y pasé de la iglesia a la casa; oí las quejas de una pobre mujer a quien su marido había dado una paliza; pagué a la abuelita que me lava la ropa; pasé al comedor, y sentado en mi silla de vaqueta, a la antigua, toqué la campanilla para que mi muchacho me llevara el desayuno. Pronto entró con la tacita del changua en una mano, y la del chocolate en la otra. Acompañado yo de mi fiel perro y un gato, antiquísimo mueble de la casa cural, acomodados ambos en un taburete viejo, tomé mi desayuno, dándoles algo a mis compañeros, y bajé a inspeccionar los trabajos en el templo que se está construyendo.

   Encontré en la obra dos hombres que tenían amarrado a un palo uno de los bueyes del carro, golpeándole agua en la cara.

   —¿Qué fue del buey?, les pregunté, y uno me contestó:

   —Que anoche se coló al yucal de mi vecino, lo cogió y ha tenío concencia de espicharle ají en los ojos, porque áhi tiene tuavía las pepas.

   —¡Oh!, ¡qué crueldad! Llámenme a ese hombre, y no hagan trabajar ese pobre animal.

   Di otras órdenes y fui a mi cuarto a llevar el diurno para rezar las horas. Al salir del cuarto, ¡tun!, ¡tun!, ¡tun!.

   —¡Adelante!, dije. ¡A ver! ¡Pase adelante! ¿Quién es? Conteste, ¿quién es?

   —Yo soy, mi amo; ¿dentro?

   —¡Siga!

   —Sacramento del altar, mi amo; muy güenos y santos días le dé Dios a mi señor dotor.

   —Dios te bendiga, Polo; ¿qué se te ofrece?

   Con un brazo metido en la chipa de un rejo y en la manija de su bordón, con el sombrero en una mano y metiéndole la uña a una ventana que se había barnizado el día anterior, dijo:

   —Es que vengo...

   —¡Pero no me dañes la ventanita, hombre! estate quieto y sigue diciendo qué quieres.

   —Güeno, mi amo.

   Cogió el sombrero con las dos manos, y fijos en él los ojos, empezó a levantarle con una mano el ala, y con la otra a darle golpecitos en la copa; tosió, escupió, se limpió la boca, refregó con el pie el salibazo, y dijo:

   —Es que vengo yo aquí onde mi señor cura a ver si va con yo, que se ojrece una menistración pún enjermo, pal lao de Campo Santo (una hacienda), que es que mi compadre Telmo que me alzó mi sangre de yo, se halla padeciendo en un vivo ay, con unas dolencias de costao, de un golpe muy juerte que le dio un endino macho, que lo tiene ya jundío, y como se halla muy jatal, me rogó que le acudiera presto con los auxilios del señor cura; pero untual, porque se quedó piando por mi amo y sin esperanzas de la vida, y que a ver si mi señor dotor lleva los santos Olios pa ver si siente algún alivio en echándoselos, porque tá puentero rematao y quén sabe si jallece.

   —Está bien, pero no tengo bestia. ¿Tú trajiste?

   —Sí, mi amo, una mula que es una carretilla, mansita y de pasuda como un güen caballo, que les ha acomodao mucho a todos nosotros señores dotores que hámos tenío en anteriormente en este nostro pueblo.

   Dicho esto, pasó al patio con la mula, que no quería entrar, y cuya facha no manifestaba tener las cualidades apuntadas. Pero como siempre he sido muy tímido, sobre todo con las mulas, que por mansas que sean, no dejan de tener algún resabio, y soy muy prudente para esto de no montar en bestias bravas, me entró temor, aunque me tranquilizó la idea de que tuviera la decantada mansedumbre y de que en ella hubieran viajado mis antecesores.

   —¿Tú sabes ensillar, Polo?

   —No mi señor dotor, contestó, porque paqué es decir, pero sí le digo a mi amo que pa lo que es enjalmar bien una montura, si no ha habió quén me la gane.

   —Ya lo creo. Pasa la mula a la pesebrera, y como es muy lejos a donde me llevas, almorzaré y nos iremos, Dios mediante.

   —Sí es güeno, mi señor dotor, dijo Polo.

   —¡Antonio!, dije.

   —¿Mi amo?, contestó el muchacho.

   —Díle a Juliana, que el almuerzo pronto.

   —¡Ñá Juliana, que el almuerzo breve!

   —Vos prepará tu mesa, es lo que habís de hacer, y andá a consiguir la leche y meté un viaje de agua; pero abreviá, ¿oís? dijo Juliana.

   —Sí, señora, dijo el muchacho, y salió corriendo y silbando.

   Yo empecé a rezar el oficio, paseándome en un corredor, y apenas había dicho: Aperi, Domine, cuando ¡pulún!, abrieron el portón a golpes y entró corriendo una mujer con un canasto y unas alpargatas en la mano, y dijo:

   —¡Yo soy!, ¡güenos días!, ¡güeenos días!, que si toparé aquí en el convento a mi paternidá que se ojrece un olio, y venimos de lejos, y el niño se tá muriendo!

   ¡Güeeenos días! ¡Qué hago yooo! ¡El niño se muere! ¡Güeeenos días!

   Miró para todos lados, me vio y empezó a hacer que lloraba, diciendo:

   —Mi señor dotor, el niño tá en las últimas.

   Como siempre salen con lo mismo, y las mujeres son tan propensas a hacerse las lloronas para conseguir pronto lo que piden, le repuse:

   —¡Cálmate, y no digas mentiras.

   Pasé al despacho, contesté el saludo de todos los que estaban en el zaguán, y empecé el interrogatorio para asentar la partida.

   —¿Cuándo nació el niño?, pregunté, y contestó la llorona:

   —No se sabe, mi señor dotor.

   —¿Es hijo legítimo?

   —Lifítimo, sumercé, es de casaos en los defercicios.

   —¿Qué nombre quiere que se le ponga?

   —Como es hijo de bendición, quijiéramos que jueera... Jermincito; ¿no será güen nombre ese? mi señor dotor.

   —Sí, muy bueno, José Fermín; pero dígame, ¿cuándo nació?

   —Un lunes si jue, pa amanecer un martes.

   —¿De qué mes, y en qué fecha?

   —Puus hasta allá si no percato yo (dijo la que traía el niño); pero jue como el día de las benditas ánimas de este año.

   —Amenito, dijo otra.

   —Dos de noviembre; al fin salimos, dije.

   —Mi señor dotor, dijo la madrina, si ese es el nombre que le caye, ése sí no nos acomoda, que le salga otro más mejor.

   —¡No!, hablo de la fecha; el nombre es José Fermín, ¿entienden?

   —Comadre, queda más bonito Cresóstimo.

   —No, comadrita, porque puallá por nostro partido hay ya muchos Cresóstimos, ¿no ve?, es como dice mi amo.

   —Bueno, José Fermín, de un mes de nacido, hijo de Justo Tequiva y Cuncia Quijana.

   —Concepción Quijano.

   —Ahí sí que sumercé verá si le cambea a ella tamién sii nombre, como lo hizo con el del injante.

   —Si no se lo he cambiado, es que ustedes lo pronuncian mal.

   —Por eso es que no queremos llevar más nombres de esos tan cerraos, mi amo.

   —¡Qué cerraos! ¿Cómo se llaman los abuelos paternos?

   —El dicho Justo es el mesmo paterno del injante.

   —¡Vaya! Los padres de Justo, ¿cómo se llaman?

   —Pus... los padres del que va a ser mi compadre Justo... sooon... pesque los mentaban... sooon... decía la llorona rascándose la cabeza.

   —¿Vino Justo?, porque ustedes no saben nada.

   —No tá presente, pero se quedó allí en la venta; ¿lo llamo?, mi paternidá.

   —Llámelo pronto.

   —Voy con un permiso.

   —¡Vaya, vaya!

   Mientras tanto un viejo bien afeitado se quitó el pañuelo de rabo de gallo de la cabeza, lo puso dentro del sombrero, cogió por la punta de la ruana a un muchacho que tenía cerca, y me lo presentó diciendo:

   —Aquí el niño, sumercé, que jue escuelante en Jatativá, sí sabe leer, y quién quita que con mi amo no dieran con los nombres.

   —No saben ustedes, menos sabrá el muchacho.

   —Pero como sabe leer... repuso el viejo.

   —Lo que es el catasismo se lo aprendió de jorro a jorro, dijo una mujer.

   —¡Y peescribir tiene unas manos!... dijo otra.

   A ese tiempo entró Justo, colocó su bordón con su sombrero tras de la puerta, escupió una mascada de tabaco contra la pared, se limpió la boca con la mano, y se acercó a darme un apretón con ella; yo me dejé coger la punta de los dedos de aquella entabacada y pegajosa mano, retirando con ligereza el brazo, y le dije:

   —Dígame, Justo: ¿cómo se llaman sus padres?

   —¿De quién, dice mi amo?

   —¡De usted, hombre!

   —¡Si yo qué, si yo soy ya muy mayor!, yo ya no tengo nian uno, yo jué güérfano ende quén sé cuánto hará, yo no conozco ni padre ni madre.

   —Ellos son jinaos ende las virgüelas bravas, dijo otra.

   —Siguro, dijo Justo, porque lo que es yo le hablo a sumercé con verdá que nian retentiva tengo.

   —¿Pero no sabe cómo se llamaban?

   —Es dicir, ¿mis paternos de yo, dice sumercé?

   —Sí; y lo dejé hablar, procurando fijar todo lo posible la atención para sacar en limpio la verdad.

   —Pus el dijunto mi padre, que la verdad sea dicha, con perdón de Dios y la luz que nos alumbra, que hasta con ecumento dejó emputecada la orilla de tierra y se golvió pleitos todo; el dijunto mi padre que mi Dios lo haiga perdonao, era sigún cuentas, por lo que me contaban, Ciprián Chiriví de los mesmos Chirivíes del páis1, porque nosotros sernos raizales de allá, y yo criao y nacío allá; el dicho dijunto, que es muerto, él jué mi padre, mi amo.

   —Pero ¡hombre!, ¿usted, Justo Tequiva, hijo de Cipriano Chiriví?

   —Sí, mi amo, como cuenta que le he de dar a Dios; yo no es que quera negar mi sangre, y si no aguaite tantico, mi señor dotor, y verá.

   —Diga, pero no enrede, hombre de Dios.

   —No, ori verá mi amo: jue que el ditao de mi agüela, mi mama señora de yo, jue Candelaria Tequiva, casada con el dijunto mi agüelo, y de áhi provino mi padre de nombre Tiodor, de los mesmos Chirivíes, como le vengo diciendo a mi señor dotor; por eso cogí la parentela ende bien atrás, pa que vea sumercé que no taba errao.

   —¿Y por qué lleva usted el apellido de su abuela y no el de su padre?

   —Pus porque ese a yo me pareció como muy jiero, sumercé, y en después que ya juí mozo me lo quité, áhi tá; porque paqué es mentir.

   —Tal vez sus padres no eran casados, Justo.

   —Lo jueron, mi amo, como la luz del día, y si no áhi tá mi compadre Lucas que no me dejará mentir; él los conoció porque les alzó su sangre cuando sacó de pila a mana Mereja, que tuavía tá viva como yo, porque sernos los dos meros que quedamos ya; juemos ocho jamilias, el mayor que jué...

   —No, no, basta. A ver, diga Lucas.

   —Yo, valga la verdá, que los conocí viviendo juntos en compaña como güenos casaos; pero lo que es colar a la ailesia, sí yo no los vide, pero corrían como casaos.

   —Y la madre de Telmo, ¿cómo se llamaba, Lucas?

   —Mi comadre Pelegrina Quinche, sumercé.

   —Vamos con los abuelos maternos, dije; y contestó Justo:

   —No, mi señor dotor, yo no tengo ya más agüelos.

   —Espérese, hombre. Los padres de Concepción Quijano, ¿cómo se llaman?

   —¿De quén, dice sumercé? contestó Justo.

   —De Cuncia Quijana, ¿entiende, hombre?

   —Sí, mi amo, asina no me entibuco.

   —Diga, pues, ¿cómo se llamaban los padres de su esposa?

   —¿De cuál dice mi señor dotor?

   —De su mujer, de su esposa, hombre; ¿más claro?

   —Es que yo, mi señor dotor, ha sío ya casao en segundas nausias, por dos ocasiones, y de la dijunta mi primer mujer que mi Dios me reparó eraan...

   —¡No, hombre! ¿Cómo se llaman sus suegros de ahora, los padres de la mujer que está viva con usted, sus suegros, sus suegros?

   —Si por el javor de Dios no tengo suegros, mi amo.

   —Vaya con este hombre: no sabe cómo se llamaron sus padres; es casado y no sabe cómo se llamaron sus suegros, ni nada; esto parece una burla.

   —No, mi amo. Dios me ampare y me javoresca; yo no miento, sumercé, porque áhi sí que como dice el dicho, que más presto es que caye un mentiroso que un cojo.

   —¿Pero no le ha preguntado usted a su mujer cómo se llaman o se llamaron sus padres?

   —No, mi señor dotor, no habido paqué; pero entonces yo le viriguo en llegando... Cuncia sí me ha dicho una y otra que sus padres es que se le murieron ende que taba ella medianita, y a quen ella conoció y acató por madre es que jué a una su tía por toda cuenta... puede sumercé escrevirla a ella en el libro, u ponga otra güelta a mis maternidades de yo, que lo mesmo da quedando escrivíos, y áhi sí que como semos una mesma persona...

   —¡Ave María! ¡Ave María, qué enredo éste! ¿Ninguno sabe nada de los padres de Concepción?

   —Naiden de los que tamos presentes, dijo uno.

   Quedó así en el libro: «De los abuelos maternos no dieron razón».

   —Adelante. ¿Cómo se llaman los padrinos?, dije.

   —Esos se murieron ya toiticos, dijo el sencillote Justo.

   —¿Cuáles? A ver qué otro disparate dice este hombre; y él contestó:

   —¿No dice mi amo los de yo y mis dos mujeres que ha tenío?

   —¡Qué tiene este hombre, santo Dios!

   —Es que tengo la cabeza como atembá, mi amo.

   —Dígame, ¿cuánta chicha se ha bebido usted hoy?

   —¡Eso qué! Nian la ha probao; ¿le soplo un ojo, mi amo?

   —No, no me lo sople, que con ese chicote que masca me tiene trastornado; ¿y los disparates que ha dicho son pocos?

   —Mi amo, se lo digo como en conjisión, toy como pa comulgar.

   —No diga más disparates hombre, cállese, cállese.

   —Güeno, mi señor dotor, dijo, y se retiró.

   —¿Quiénes van a ser padrinos del niño?

   —Yo, que me hallo aquí presente con mi mujer (dijo el afeitado), sernos casaos en Tibaná: yo Chepe Tenjo, y ella Juliana Patarroya, casaos y velaos.

   —Juliana Patarroyo, dije.

   —Pero como es mujer..., añadió el viejo.

   No le contesté nada, y seguí escribiendo. Al acabar exclamé:

   —Gracias a Dios que por fin salimos de esto; y todos contestaron:

   —Amén, que así sea por su güen deseo de mi señor dotor.

   —Ahora mismo, les dije, lleven el niño a la iglesia para bautizarlo, porque me voy para el campo, y les advierto que no vengan jamás con mentiras.

   —Muy güeno es eso, mi señor dotor, dijo el padrino, y añadió: ¿y se pudiera que repicaran al echar el olio?

   —Que repiquen.

   —Mi amo, ¿y juera posible que el cantor nos cantara el Lorate? (El Laudate).

   —Que lo cante. Anda, Ignacio, avísale al cantor, y ven a repicar.

   —Dios le ayude a mi señor cura, repitieron en coro.

   El padrino empezó a desatar un pañuelo que le dio la mujer, contó uno por uno los níqueles, haciendo grupos de a real, y luego dijo, volviendo a contar:

   —Tóme mi amo el peso, y cuente a ver si me sobra; pero ai nos rebajará el medio pa la chicha.

   —Por supuesto, pero mejor sería que no tomaran chicha, que bastante tienen ya.

   —Entonces, pal anisao, ¿no?, mi amo.

   —No; compren pan y carne, que eso los alimenta.

   —¡Qué!, si lo que es yo, ya nian con qué mascarla tengo, mire, mi amo, y me mostró las encías.

   —Hagan lo que quieran, y vamos, que es tarde.

   —Mi señor dotor, dijo una mujer, ai le dejo esos dos reales, uno que se lo mandé de recordel a las benditas ánimas, y el otro pa lechura de nostra santa madre la ilesia.

   —Dios se lo pague.

   —Que así sea, y nos umente pa ayudarle a mi amo; y vamos con su licencia.

   —Vayan con Dios.

   —Hasta endespués, mi amo; hasta después, hasta después, hasta lueguecito, hasta luego. Adiós, adiós, adiós.

   Bautizado el niño en medio de repiques, media docena de cohetes, y el Laudate, volví a la casa.

   —Ya tá el almuerzo servío, me dijo el muchacho; pero no se topó leche.

   —Pon en la mesa lo que haya, y baja a ensillar pronto la mula.

   —Pero a la mula, dijo Polo, que estaba atando a la copa del sombrero unas velas, hay que taparla y hacerla sorda, porque es medio escabriosita.

   ¡Adiós trabajos!, dije para mis adentros, si irá a dar función conmigo este animal.

   Juliana, mi cocinera, que no cuenta menos de sus sesenta abriles, al oir la advertencia de Polo, dijo:

   —Pero andá campestres estos más plebes, ir a trerle eso a mi amo. Mire sumercé no lo vaya a querlo ese alimal, y lo lastime y no era nada.

   —Puede ser que no, le dije, ya almorzando; y ella añadió:

   —Eso es cimarrón, sigún tiene tan jiera planta; y diciendo: ¡madre mía y señorita, quén sabe! ayayay que ya no puedo de estos tuvillos, se cogió del pasamano y entró a su cocina hablando sola.

   Almorcé con mis consabidos compañeros encaramados en su taburete, les repartí lo sobrante, y pasé a mi cuarto a arreglarme para montar.

   Bajé pronto con mi ruana blanca recién lavada, entregué a Polo el guarniel con el Santo Oleo, coloqué mi breviario en una de las alforjas, y al estar poniéndome los zamarros, me dijo Polo:

   —Sumercé, no lleve espuela, porque la mula tiene muy güenos bríos; no tiene más dejeuto que el de ser tantico reparadorcita (asombradiza).

   Se equivocaron en el trapiche, por haber salido el hombre antes de aclarar el día, y trajo un macho de carga resabiado, que ni resultó pasudo como carretilla, ni había cargado dotores ni cosa parecida, ni había sufrido silla, ni sentido grupera, ni probado freno en todos los días de su pícara vida. Lo sufrió todo hasta el tiempo de montar, ciego y sordo como lo tenían.

   Santiguado yo, y encima del macho, que hasta entonces creía que fuera mula, dijo Polo:

   —¡San Jelipe Santiago! Sumercé, no se le dé cuidao.

   Le dejó en libertad las orejas y los ojos, porque le tenía la cabeza y la cara envueltas en la ruana, y sintiendo el animal encima algo que no era su carga de miel, se dio al demonio y echó de su lomo escama. De un salto voló conmigo del zaguán a la calle, ¡y ahí fue Troya! Lleno de cólera siguió brincando y chillando, repartiendo coces a diestra y siniestra; me quitó el sombrero, me envolvió la cabeza en la taimada ruana, que es para lo que sirve en tales lances; zafó del rabo la grupera, y a mí de las manos las riendas; me hizo dar contra la testera, y de uno o de quién sabe cuántos topes me reventó las narices, me hizo escupir la caja de los dientes, y también me hubiera arrancado del cuerpo el alma, que yo encomendaba a Dios, si no hubiera sido porque me prendí del pescuezo del animal, haciéndole mucho peso con el cuerpo, como que soy de estatura más que entera. Al fin, con un golpe que le dieron a tiempo por la cara, se calmó, y yo me solté, pensando en que el animal me mataría a patadas. Por dicha no fue así, porque sirvieron de mucho en aquel angustioso trance los oportunos oficios que desempeñaron mis buenos feligreses, corriendo y gritando en diferentes tonos: ¡Uiste!, ¡uiste!, ¡atajen que lo mata!, ¡atánjelos! ¡Santa Bárbara! ¡Virgen de Chiquinquirá!, ¡atajen!, ¡cójanlo, que lo mata! ¡uiste animal! Al mismo tiempo, según me contaron después, espantaban el macho con ruanas, con pañuelos, mantillas, sombreros y qué sé yo con qué más. En medio de esta gritería, sentí que con los pies tocaba el suelo, y me dejé caer, sufriendo un golpe muy fuerte en un cuadril. Me levanté, me desenvolví la ruana de la cabeza, y como la veían manchada con mi sangre y a mí tambaleando aturdido, sin darme cuenta si estaba en cielo o en tierra, gritaban con más afán: ¡Cójanlo que se está muriendo!, ¡lo reventó!, ¡miren!, ¡miren!, ¡lo bañó en sangre! ¡Agua!, ¡agua!, ¡échenle agua! ¡pero pronto! ¡No, gritaban otros, échenlo a la pila! Me cogieron entre varios jayanes y me llevaban a buen paso, sin atender a mis palabras, que se ahogaban entre tanto vocerío; pero logré oponerles resistencia y me zafé, que si no, me lavan en la pila acabando de almorzar y bañado en sudor como estaba, y me matan queriendo salvarme aquellas buenas gentes!

   Calmada ya la confusión en aquel campo de Agramante en que se convirtió la calle, empecé a hablar con todos; me dieron mi sombrero, sin que yo advirtiera más daño, por entonces, que la sangre que perdía de las narices. Busqué mi dentadura, y al estar limpiándola para ponerla en su lugar, dijo una viejita, que vino a darme un vaso de agua: ¡Uy santo Dios!, ¡pero no le dejó ni muela ni diente a vida! ¡se le zajó con quijadas y todo!

   Mientras tanto, mi muchacho se desquitaba con el macho dándole una tunda con la tranca del portón, y Polo le decía:

   ¡Tése queto, niño!, ¡mire que vay lastima el alimal, y los patrones pegan con yo!, que se té queto, le digo, no sea porjiao!, ¡Ai tá, pues, ¡mátelo!

   —¡Sí!, ¡sí!, dále aunque lo matés, Antonio!, decía Juliana desde el portón; ¡ya que yo no puedo, jalále por yo y vos, por juntos, pero duro, paque se acuerde y no le güelva a hacer ese mostrenco!

   Otros recogían y arreglaban las piezas de mi montura, supliendo con cabuyas algunas correas que se habían vuelto pedazos. Yo de buena gana hubiera ido a mi cama, antes que montar nuevamente; pero Polo me decía muy afanado:

   —¡Sumercé!, mire que el enjermo se quedó en las últimas, y el resabio de este bienecito no es sino al salir, y endespués que caye la carga, es que ni una oveja!

   Como las gentes no le conceden al cura derecho ni de quejarse ni de descansar, me hizo mucha fuerza la idea de que el enfermo estuviera de veras muy grave, y me resolví a montar de nuevo en el endemoniado macho. Allí fue donde vino a descubrirse el error en que habían incurrido en el trapiche, dejando allá la mula y trayendo el macho: eran de un mismo color y tamaño. Se repuso la cincha, y en vez de freno, que lo rompió el macho, le pusieron un bozal que me dio prestado el maestro de escuela, que a tiempo llegó corriendo con todos los muchachos.

   Ya todo arreglado, le ofrecí a Dios aquel segundo sacrificio, y monté. Le destaparon los ojos al bienecito, cogido del cabestro a prevención por Polo, quien lo aturdía gritándole en la oreja:

   —¡Queto, macho e los diablos!, porque ¡mirá! ¿oís? demonio, y le mostraba su retorcido guayacán. ¡Queto, digo!

   Apreté cuanto pude las piernas; pero de tal modo, que como las tengo muy largas, formaban una equis por debajo de la barriga del animal, y a trote largo seguí camino arriba delante de la multitud de gentes que decían:

   —¡Pero qué valor! ¡Y lo bien que se tiene el señor cura!

   Eso lo decían, seguramente, al verme bien agarrado de la delantera de mi montura. Se reían unos y se compadecían otros al ver mi lastimosa traza. Saltaba como un palmo sobre el galápago a cada trote, como si fuera de caucho, y hasta el sombrero se me volvió juguetón, dándome vueltas en la cabeza; iba con las mandíbulas bien apretadas, para no moderme la lengua y para no soltar mi dentadura, que bien cara me había costado; parecía que los ojos se me saltaban de hacer fuerza, y fijos en las orejas del macho, regla que Polo me daba para no caerme, y mi cabeza iba con el movimiento de un mono de pesebre. La sotana, desabrochada y envuelta en la cintura, como acostumbro llevarla al montar, se desplegó viento en popa, formando sobre la trasera del macho algo así como una tolda circular; cosa que yo no había advertido por ver de tenerme, hasta que al llegar a la punta de la Guacamaya dijo Polo asustado:

   —¡Sumercé, sumercé! ¡Aguaite, aguaite! ¡Quéto, macho carabinero! ¡Vamos a ver cuál puede, condenillo!, y le acomodó un garrotazo en la frente que lo hizo sentarse, agregando:

   —¡Sumercé, aguaite, que se le caye el paragua que traye en la janca, y le hace corcobiar otra güelta este animal y lo golpea como endenantes, y aquí cuál lo güelve entre estas piedras!

   El paraguas que veía el hombre era mi pobre sotana. Me desmonté y dice Polo:

   —¡Eeeyyy!, pero cuál le golvió sus ornamentos este animal sin reparo! ¡Si lo dije! Este jué el enterés que se coló anoche al retoño, y con la yerba biche se le enchirló el estógamo, y ai tá que lo dejó a mi amo que ni una bascosidá!

   Me acerqué al cimiento, y cogí unas hojas de plátano que caían hacia el camino, limpié la sotana, me la envolví de nuevo en la cintura y pasé a apretar la cincha a mi cabalgadura. Polo me hizo notar que como íbamos a empezar la bajada, era bueno acortar la grupera. Puso el bordón contra la cerca, le vendó los ojos al macho con su ruana y empezó a atirantar tanto la correa de la grupera, que a cada estrujón le hacía alzar las patas al macho y le dejaba el rabo al nivel con las orejas. Todo esto lo hacía echando los correspondientes ajos (y entre otras cosas que callo), diciendo:

   —Con perdón de mi amo: so chivato macho e la trampa, ¡metete ajecho!, que aquí era onde yo te quería ver; corré a hacerme daños, ¡condenillo! ¡Ora sí que corcobié!

   Le hice quitar la ruana de la cabeza al macho antes de montar, y Polo me dijo:

   —¿Y si corcobia? ¡Sumercé!

   —No hace nada, está cansado.

   —¡Míre mi amo que estos belitres, como son hijos de poncios, son muy traicioneros y no la hacen limpia! Yo los conozco como a mis manos, porque como los he lidiao tánto, que ai sí que me he criao batajoliando con ellos.

   —Déjalo así, le dije, y monté sin taparle.

   El macho estaba cansado, tanto por el ejercicio como por el reblandecimiento del estómago, y en tales circunstancias me creí dueño de la situación y con deseos de aprender algo en el, hasta entonces para mí desconocido, arte de la chalaneadura. Antes de empezar la bajada hacia El Arrayán, dije a Polo:

   —¡Hombre! ¿Tú crees que yo pudiera aprender a manejar bien una bestia?

   —¡Puuuf!, mi señor dotor, de sobra, y en tantico; y qué güena jalta que le hace a mi amo.

   —¿Y tú podrías enseñarme?

   —¿No le digo a mi señor dotor que yo me he criao batajoliando con estos entereses? ¡Yo sé mucho deso!

   —¡Vamos!, enséñame, hombre!

   En el acto se sentó sobre una piedra, se enjugó el sudor con la ruana, tomó un aire magistral, encendió un tabaco y me dijo:

   —¡Métale un güen guaracazo y regüélvalo!

   —¡Y si brinca!

   —Por eso toy a la lerta, por si lo caye.

   Azoté el macho, que no hacía sino pujar, le perdí un poco de miedo que me quedaba entre pecho y espalda; aflojé algo las zancas y me empeñé en darle con los tacones en la barriga, sin dejarlos correr hasta los ijares, por temor de perder el equilibrio. Polo, que sabía tanto como yo en la materia, me decía:

   —Asina, eso es, asina es como hacen los güenos chalanes; pal otro lao, de pa atrás, ora con la mano zurda. ¡Ah macho!, ¡y los pasos que va soltando! ¡parúm toreo no tiene precio!, ¡éste quén sabe cuánto viene a valer, a lo güeno que se tá poniendo! ¡Caratoso!, ¡que pague tualas que debe! Este endino es el que echó a cama a mi compadre Telmo, del golpe que le calentó en la ventel Guaranday. ¡Ya te conocí, mirá, pareso sí tenés arbitrio, condenao! ¡Tóme, mi amo, el garrote y métale, u sino, yo le jalo, porque hoy lo hamos de sacar de silla de carga!

   Iba a descargarle el primer garrotazo, cuando le grité:

   —¡No!, no le pegues; ¡sigamos, sigamos!

   El hombre se calzó sus quimbas, que llevaba prendidas a la cintura, y empezamos la bajada.

   A poco andar, dije a Polo:

   —¡Hombre! ¡Cómo lo tratan ustedes a uno! No tienen ninguna consideración; pudo este animal quitarme la vida hoy.

   —¡Ni lo diga, mi amo, que asina jue, que no jaltó naitica! ¡Santa Bárbara bendita, qué caso tan grande habría sío! Pero en llegando, tiémplele sus güenas jiestas al mayordomo, porque él jue quen me endilgó el muleto; ese hombre taría ético, si quén sabe qué taría pensando. Pero sí le digo a mi amo que es cierto al jin lo que dice el dicho: que no hay que decir de esta agua no beberé, porque bebí la más turbia cuando me apretó la sé.

   —¿Y eso qué quiere decir?, le pregunté.

   —Pus que mi señor dotor endespués de otra corcobiada como la dioi, no lo golpean tan jácil las monturas, por más cimarronas que se las lleven, porque se tiene que es un primor. ¡Y tan güenos adelantos que va haciendo! ¡Ya sabe todo como un güen amansador, sí le digo!

   En esta conversación que yo sostenía por divertirme con la sencillez de aquel hombre, pasamos las quebradas de la Caimana y del Chochal.

   Al fin llegamos al río, que es allí de abundantes y muy cristalinas aguas, y al verlo exclamé:

   —¡Me baño, me baño! y Polo me contestó:

   —Al apetecer mi amo el baño, le había salío más mejor que lo hubiera tomao en la pila, sin tar asoliao como ora.

   —¡Hombre! ¿y en la mitad de la plaza?

   —Ai tiene, que eso sí no dejaba de ser jiero, de veras.

   Como yo iba agobiado por el calor, me desmonté y me encaminé al pie de un corpulento cámbulo que empezaba a despojarse de sus encendidas flores, y esmaltaba con ellas la alfombra de verdura sombreada por la frondosa copa de aquel árbol.

   Me quité los zamarros, los tendí y me eché sobre ellos. Al caer, sentí un dolor muy agudo en un cuadril; afirmé un codo, y noté que también me dolía.

   ¡Ay, sea por Dios!, dije, y Polo, que estaba cerca teniendo el macho, me preguntó:

   —¿Qué dolencia le agarró a sumercé?

   —Estoy molido, hombre.

   —Nues pa menos, mi señor dotor, y es que sumercé no ha acatao que támos en año bisiesto, y quén sabe si ya andarán tamién los caniculares, estos alimales es cuando se güelven pior de endemoniaos.

   —¿Y qué son los caniculares?

   —No sé, mi amo; puro yo los há tenío. Esos lo envalidan a uno y lo tullen. Pero onde el enjermo que vamos a menistrar, hay una mayorcita, ya ancianidá, y ella sí, como es médica, le dice a sumercé, porque sabe de todo; ella es muy albitriosa.

   —Ya veremos. Sácame un libro que viene en una de las alforjas, y mientras me refresco para bañarme, rezo el oficio. Cuando levanté la cabeza, vi al hombre que pasaba de uno al otro lado del macho y decía, como para que yo lo oyera:

   —¡Si no topo! ¡No jue nada! ¡Animas benditas! ¡Aquí tampoco! ¡Si no topo! ¡Benditas ánimas, reparámelo! ¡Qué hago yo! ¡San Jerónimo, qué jué esto!

   —¿No encuentras el libro?, le pregunté.

   —¡Pero que ni por clamar parece, mi amo! ¡esta sí que jue mala jortuna!

   —Mi breviario se perdió en la brincada: seguro.

   —¡Pus quén sabe! ¡Porque lo que es en los cojinetes sí no tá, ni por más que he clamao y rezao!

   —¡Quedé lucido! ¿Qué hora será?

   —¿No traye mi amo su relós, pa ver?

   Saqué mi relojito y, al abrirlo, ¡zas! saltaron los pedazos de la vidriera y las manecillas, y como hicieron ruido al caer sobre las piedras, dijo Polo:

   —¡Como que sí le da las horas a tiempo! ¡Ese sí habe de ser de los güenos y jinos!

   —¡Qué horas va a dar, si mi reloj se hizo pedazos!

   —¡Baba compasión!, dijo Polo, ¿no le digo? Mi amo, tamos en caniculares, apuesto, u no soy yo Polo Jute.

   —Buena noticia me da el pedazo de... zapote.

   —¡Qué!, ¿eso es güeno pa coponer relós pesque dice mi amo?

   —¡No hables más enredos, hombre!

   —Mi amo, es que ai sí que, como dice el dicho: que el que no sabe esque es como el que no ve.

   —Verdad, hombre, tienes razón, tienes razón.

   —¡Válgame Dios!, dije; mañana domingo, el Oficio más largo; esta tarde la multitud de siempre a confesarse, fuera de todas las devotas que ofrecen los siete domingos y le hacen ofrecer al cura los siete sábados, confesándolas! ¡Sea por Dios!

   Empiezo a rezar de memoria las horas, las vísperas y completas, y principio a desnudarme, para bañarme.

   —¡Mi señor dotor!, dijo Polo, ¿me permite unas dos razones?

   —¡Hasta tres! A ver, ¿qué dices?

   —Es que yo creigo lo mesmo que mi amo, que no es mecha que el libro se ha perdío.

   —Eso ya lo sabía yo, hombre.

   —Pero es que yo pa descargo de mi concencia le quero contar a mi amo cómo jue el caso.

   —¡Echa el cuento!

   —Jue que cuando el endino macho taba corcobiando, y mi amo ya al querse, porque ¿paqué he de negar? yo le calenté en tua la jrente con una cosa que topé en el suelo como un libro de este porte (y me mostró una piedra). Pero si por libros lo hace mi amo, allicito no más ta lescuela y ai topa sumercé libros al descoger y el mestro le empriesta los que haiga de menester mi amo.

   Estando yo, como Sancho, más para bizmas que para pláticas, no le dije nada. Al entrar al baño, noté que tenía la piel a manchas, más negra que de costumbre; eran los golpes sufridos con los estribos, al tiempo de la brincada.

   Me bañé, sin embargo, deliciosamente, pero se me renovó la herida del cuadril y empezó a salir la sangre. Por indicación de Polo, me puse una hojita de Santa María, que en todas partes se encuentra, y que realmente es muy eficaz. Me vestí, monté y seguimos. A unos tres cuartos de hora, que yo anduve rezando el Oficio de memoria, llegamos cerca de la casa del enfermo, y Polo me dijo:

   —Allí ende sale el jumo es, mi amo.

   Estábamos a pocas cuadras de distancia en línea recta; pero para llegar había que rodear una colinita que iba a ocultar la casa, la cual es cierto que no se veía, por entonces, escondida como estaba entre un bosque de naranjos, chirimoyos, mangos, café muy alto, plátanos y otros cuantos árboles frutales, que le daban al paisaje deleitosa perspectiva. Se levantaba lentamente la columna de humo por entre el bosque y luego se extendía como queriendo detenerse un momento más a contemplar la belleza de aquel lugar donde acababa de nacer. Completaban aquel cuadro un grupo de hombres al pie de un mango, doblado por el peso de sus frutas, y otro de mujeres sentadas, desgranando maíz; había también un caballo, una vaca y una multitud de gallinas a la sombra, cerca del guaraperito, como llaman sus trapiches los pobres.

   Entre los hombres que vi en el patio, antes de que yo por ellos fuera visto, había uno de ruana blanca y entrapujada la cabeza con un pañuelo colorado, y que al llegar no vi con los demás. Me acerqué a un naranjo cargado de frutas y cubierto de bellísima, para dejar allí el macho y descansar un poco, y oí, porque estaba contra la casita el árbol, oí unos prolongados ayes que se repetían sin cesar. Era el enfermo, el mismo del pañuelo colorado, que yo había visto en el patio fumando con los otros, y que, al verme, entró, se acostó en su cama y empezó a quejarse, sin que hubiera más intervalo entre los quejidos que el de la respiración.

   Descansé como cinco minutos, y abrochándome la sotana, que estaba húmeda y oliendo a caballeriza, me dirigí al lugar de donde salían los ayes, y di con una puerta adornada con un arquito de palma y matizado de flores. Como la puerta era muy bajita y yo soy muy alto, me incliné para entrar, y a duo con el enfermo salió nuestro ¡ayayay!, él por su paleta y yo por mi cintura, y el paciente me dice:

   —¡Ah, mi amo!, y eso que a sumercé no lo han golpiao los muletos, que a yo, de un jalón uno me zajó una paleta y me sumió dos costillas. ¡Ayayay!... ¡ayayay!, ¡ayayay!

   —¡Cállese, compadrito de mi alma!, dijo Polo, que con mi amo sí que jué de veras que ese mesmo macho por un tris lo espacha palotra vida, y le dejó su cuerpecito que ni un San Lázaro!

   —¡No lo diga, taitica, porque me empioro pior! ¡ayayay!

   —¡Ah, divina Señorita de los cielos! (dijo una vieja llevándose ambas manos a la cara), ¿ya lo ven? ¡Taiticas del alma! ¡Pa que vean! ¡Eso jueron las caniculares que toparon con mi amo, porque ora esque andan, y si dieron con mi señor dotor, ¡qué será con túa la probería! ¡No jue nada! ¡Ah caso éste tan juerte!

   Yo creí que aquella era la mayorcita, de quien me había hablado Polo, y de quien esperaba aprender curiosidades; pero al preguntárselo, me dijo:

   —Ya tenía yo pa quitarme de pasar trabajos, si supiera lo que mamá Dudijes, porque ella pa cantar en los jandangos, ella pa los velorios no se la ganan; pa lo que es adevinar, deja en ayunas a los más sabios; pa lo que es medecinar, tiene unas manos, que nian el mejor sobandero le iguala. A mi marío, el paciente, le dejó un jumento en el estógamo; pero como que le va despertando más el mal, sigún da aquellos ayes tan juertes, que parece que ya se le arranca lalma! ¡Ah, palomito del corazón, cómo te vas y me dejás esampará con estas jamilias!, y empezó a llorar junto a tres muchachitos en camisa.

   —¡Calla!, le dije; y ella sollozando se levantó las faldas, se sonó y empezó a enjugarse los ojos.

   —¿Y dónde está la médica?, les pregunté; y la que lloraba contestó:

   —Untualito la llamaron ende el niño Tenislao, que lo medecinara pal engrópico que esque le ha picao.

   —No; es pal rematíz que lo tiene jundío, dijo otra que entró con una vela encendida entre las dos manos, y la puso en la boca de una botella que había sobre una mesita cubierta con una ruana, sobre la cual se veía una cruz, algunos manojitos de flores, algodón, un plato y una taza de barro con sal y agua. De la mesa para arriba, prendidas en la pared, había algunas estampas de santos, oraciones, pinturas de cajetillas de cigarrillos y de fósforos, pedazos de avisos con letras de colores, caricaturas de periódicos y unos cuantos grabados de los principales revoltosos políticos de nuestra tierra.

   —Mientras yo oía la relación anterior, hice una visita de policía en el altar; destruí todo lo que no servía, haciéndoles conocer a algunos de los personajes que allí veneraban, por uno que otro de los principales rasgos de su vida, y separé lo profano de lo piadoso.

   El enfermo se enderezó dando sus ayes a gritos y cogió un calabazo que tenía cerca de la cabecera, lo destapó diciendo: San Roque bendito, hizo sobre él una cruz y bebió haciendo unos gestos de dar miedo, y empezó a vomitar.

   —¿Qué es eso?, le pregunté.

   —¡Son... ayayay, ay son... unas... ayayay!

   —Son las pócimas, dijo la del rematiz, y me acercó el calabazo diciendo:

   —Por lo que es cuenta, sumercé habe de tar esquebrajao, y esto es cuanto a lo primero, melecínese sumercé y se alivia, porque endespués de Dios y María Santísima, es lo que tiene con vida al enjermo, que se ha visto entre la vida y la muerte.

   —¿Y de qué son las pócimas?, le pregunté.

   —Es, sumercé, linjución de verbena, y el marrubio machucaos, con la caraña y el cagajón de la vaca negra y el ingüento que se trujo del pueblo.

   Me reí, cogí el menjurge y lo derramé, y pregunté al hombre si quería confesarse. Me contestó que sí, y acto continuo me senté en la orilla de la cama, y el hombre empezó a decirme, poniéndose la mano en el pecho:

   —Aquí mesmo, mi señor dotor, en la boca del estógamo, onde se me retientan las dolencias y me responden a la punta de la paleta, que parece que se me revientan los estantinos, y de ai me corre puel estógamo aquel fiebronón tan juerte como una verbena, que ya parece que echo los bojes, porque los tengo como desléidos, y aquel sequionón tan grande que me acompaña, que no han valío aguas cocías. ¿Qué será güeno?, mi señor dotor.

   —Por ahora confesarte, y luego veremos.

   Después de una docena de ayes y de unas cuantas súplicas (mi señor dotor, déjeme coger resuello), se persignó y empezamos.

   Terminada la confesión, sin que fuera necesario olearlo, entraron todos los dolientes, y la esposa del enfermo me preguntó llorando:

   —¿Qué consuelo nos da, mi señor dotor? ¿Tuavía penará mucho? Ya dos días agonizando y nada que acaba; en un vivo ay ende que amanece hasta que anochece, y aquel gómito que le agarra cuando le cayen al estógamo las pócimas, que se queda súpito; pero el mal lo debe de tener muy prendío, porque no se ve mejoría.

   —¡Cuidado con volverle a dar eso, porque lo matan!, les dije.

   Lo examiné, vi que no tenía nada, ni en la paleta, ni en las costillas, y le dije a la mujer, que seguía llorando:

   —No te afanes; déjate de alharacas, tu marido no se muere de esto; estoy yo más enfermo que él.

   —¿Y no lo santolea?, mi amo.

   —No hay necesidad, este hombre está bueno, nada tiene.

   Entonces fueron mayores las lamentaciones de la mujer. Se sentó sobre un saco lleno de arracachas, se cogió la cara con las manos y empezó a decir, llorando:

   —¡No jué nada!... y ora, ¡qué hago yo!... ¡Esto sí que ha sío!... ¿No lo dije?... ¡No jué nada!

   —¿Qué?, le pregunté.

   —¡Considere sumercé!... ¡Ya todo aprontao y los vecinos avisaos!

   —¿Y para qué?

   —Pus pal velorio y pal entierro, mi señor dotor; y lo que se les adelantó a los cargueros, que jué plata arreitáa a don Zequiel, sí que la golverán. ¡A caso grande que jué éste!

   Tuve que reconvenir fuertemente a la mujer y se calmó. El enfermo dijo que se sentía aliviado y pidió unos sorbitos de guarapo y un cigarro. Todo esto me causaba mal humor, y no dejé también de reírme. Me preparé para ponerme en camino, y Polo, que había permanecido sentado al pie de un guamo, al verme salir al patio se levantó y dijo:

   —Mi amo, que nos remuden al macho y a yo, porque lo que es yo no tengo altitú de caminar; y el alimal ai tá que no quere nian tragar. Ese caballo que tá ai, es el del mayordomo, y ese sí es güeno de aliento (y cambiaron la montura).

   —¿Cuál es el mayordomo?, que tengo una cuenta que arreglar con él, ¿cuál es?

   —¡Ese qué!, dijo Polo, cuando oyó las gracias del muleto con sumercé, patas le jaltaron por la platanera abajo; ese salió en juida; ya tará quén sé onde.

   Mientras ensillaron, les recomendaba yo que practicaran sus deberes de cristianos y que enseñaran la doctrina a los muchachos. En eso se me acercó una viejita, que venía de la cocina, y me ofreció un plato con dos plátanos asados, y un revoltillo de huevo, cebolla y ají, y me dijo:

   —Quén sabe si mi paternidá sabrá comer comidita de probes (y se sonó con la pura mano).

   —Por supuesto, le dije, y te la agradezco mucho.

   —Dispense la probeza, mi amo.

   —Dios te pague todo; esto está muy bueno.

   —El enjermo es mi guierno; pero ya como que no ha de peligrar, ¿no?, mi amo.

   —No peligra, está bueno.

   —Dios lo oiga; ¡porque la jalta que nos hace!

   Comí algo, quedando mis feligreses muy pagados por ello. Siempre estas pobres gentes le dan a uno lo que tienen y de muy buena voluntad.

   Monté en el caballo que era pequeñito y valonado, y seguí para el pueblo, con un hombre con quien no conversé por haberse quedado a pocas cuadras. Como apuré demasiado, el caballo se me cansó en la mitad de la jornada, frente a una hacienda, donde se me proveyó de cabalgadura y de un mozo bien montado para que me acompañara. El camino se me hizo corto, y hubiera querido lucir mi fogoso alazán en las calles del poblado; pero eran las cuatro de la tarde y el zaguán de la casa cural estaba colmado de gente esperándome.

   Al entrar fui contestando las buenas tardes a cada uno, cogiendo resuello, como Telmo, el enfermo, y al desmontarme empezaron, atropellándose y atropellando el caballo, a decir:

   —Que si habrá jorma de echar un olio, que el niño se tá muriendo. (Mentiras, como las de los Chirivíes).

   —Yo, dijo una criada, que le mandan a decir mis señoras que como astao sumercé, y que si se sienta ya (a confesarlas), que nuesque las vaya hacer echar apique los siete domingos, que tán dende temprano y que en la casa las tán esperando a comer.

   —Yo, mi amo, que si nos oye mi penitencia a yo y mi marido con dos jamilias; es de año, y él es sordo que ni una tapia.

   —Que lo pide un moribundo en El Madroñal.

   —Que en el hospital se está muriendo una mujer molida en un trapiche.

   —Yo, que vengo de Sagasugá a que me espache con mi jé de dejunción, y tengo que golverme untual.

   —Yo tamién vengo aquí con la mocita (me decía otro, mostrándome una vieja), que queremos hacer injorme pa tomar estao.

   —Yo tamién toy eterminao y quero mandarme cautivar aquí con la niña (otra vieja).

   El inspector de la obra se presenta también a arreglar cuentas de la semana para pagar peones; y qué sé yo cuántas cosas más, fuera de los curiosos que llegaron a pedirme cuenta de la brincada del macho.

   —¡Déjenme comer algo!, les dije, y después les atiendo a todos. ¡Pero quiá!, eran tantos y cada cual quería que le atendiera antes que a los otros, que es otra comodidad para el cura, al cual le reconocen todos los deberes posibles e imposibles, sin ningún derecho.

   Al comedor fueron a dar algunos, a quienes, mientras comí, di cuenta de todos mis percances de por la mañana. Bajé inmediatamente al despacho a hacer la digestión entre multitud de cosas que me dejaron la cabeza como un bombo, si era que el macho pasudo no me la había dejado peor. Al entrar al despacho, todos se agolparon, y yo, levantando la voz, los contuve; fui despachando las cosas más urgentes y mandando volver al día siguiente a los restantes.

   Iba a salir a la calle a confesar los enfermos, cuando se me presentó una señora con sus niñas y sus criadas, y me dijo.

   —Señor doctor, muy cansadito estará, ¿no?

   —Buenas tardes, mi señora, estoy cansadísimo.

   —Vengo a que usted se imponga en esta carta. (La carta era escrita por ella y trataba un asunto imposible de arreglar). Un matrimonio desavenido hacía tiempo.

   —Me llaman a confesar unos enfermos, le dije, y estoy muy ocupado esta tarde.

   —¡Ay, señor doctor!, tengo que decirle muchas cosas y...

   —Hágame el favor de venir mañana, mi señora.

   —¡Imposible que yo pueda esperar hasta mañana!

   —Pero le digo que me voy a confesar los enfermos.

   —¿Y a qué hora vuelve?

   —No sé, señora.

   —¿Conque no puede oírme ahora? Hágame el favor, porque tengo que hablarle muy largo de lo que dice la carta.

   —Se muere alguno de los enfermos sin los sacramentos, mi señora.

   —¡Quizás no, señor doctor, cuándo ha de ser tanto!

   —Puede suceder, y usted tendría la culpa.

   —¡Uyuyuy!... no me diga... ¡qué horror!

   Como trataba de seguir con la misma, yo, que tenía allí mi sombrero, le dije: perdone usted, mi señora, que no la atienda esta tarde; mañana a las doce puede usted venir, yo haré que venga el señor su esposo y se arreglará todo. ¡Que lo pase usted bien! Adiós, mi señora.

   Por la calle fui acomodando los remiendos que faltaban a la parte del Oficio que había podido rezar en el camino: horas, vísperas y completas. Con el enfermo de El Madroñal no hice sino desquitarme de la caminada que hasta allí me obligaron a hacer, ¡doce cuadras! dándole a beber toda el agua tibia necesaria para que arrojara la cantidad de chicha y aguardiente que le tenía privado, y seguí para el hospital. En la puerta encontré a la enfermera, quien me dijo:

   —La molida del trapiche ya tá tises, no pasa de esta noche.

   Confesé la enferma, le administré la Extremaunción y me fui para la iglesia. Al entrar, me detuvieron algunas personas, suplicándome que las confesara primero y en lugar determinado. Hice la vista gorda y me senté en el confesonario de siempre. Vinieron a confesarse primero las que llegaron después, y al fin las primeras, conforme a un texto evangélico.

   A las seis y media me levanté del confesonario, recé el rosario, canté la salve y el responso, y me fui a la casa. ¡Cómo me provocaba tenderme en la hamaca!

   Pero después de un momento de reflexión pensé en preparar las pláticas para el día siguiente. Las arreglé y apronté todas las advertencias que tenía que hacer en las dos misas. En esto tocaron las ánimas. Pedí mi chocolate y, al estar tomándolo, sin más compañía que mi perro y el gato, dieron dos golpes en el portón.

   —Adelante, dije, y contestó una voz algo afeminada:

   —¿El doptor está en casa?

   —¡A su disposición, señor!, siga usted.

   —Mil gracias, doptor.

   —¡Nuevas calamidades sobre mí!

   Mi muchacho me dijo:

   —¿Lo mando que dentre mastras que sumercé acaba su cacaito y su melao?

   —Sí, y dile que voy pronto.

   Al volver el muchacho al comedor, me dijo:

   —Quen le oye los golpes, y como que es de esos pasajeros que vienen a que sumercé les emprieste plata; y me preguntó que cómo es el nombre de sumercé y se quedó repitiendo su apelativo.

   —Como se vaya pronto, dije, y me dirigí a la sala.

   Al oirle el saludo de «beso a usted la mano mi doptor», advertí que tenía una facha de dudosa ortografía y llevaba una traza que hacía presumir lo que el muchacho me había dicho. El vestido se componía de pantalón de pana, blanco y muy roto, franela, ruana blanca, corrosca en forma de embudo y alpargatas pasadas de botar y sin ligas, Lo mandé sentarse y le pregunté:

   —¿Quién es usted y qué asunto quiere tratar conmigo?

   —Pues yo, doptor, y perdone que le importune, ¿no?, soy bogotano, ¿no? Soy de una familia muy decente, ¿no? El doptor tal vez la conocerá, ¿no?

   —Esto es peor que todo, pensé. Estoy perdido, es noísta, me mató; y sin más, le dije: no conozco su familia, señor.

   —Es que voy a referirle, ¿no?, y espero que mi doptor tendrá la indulgencia de oírme, ¿no?

   —Vea, señor, le dije, estoy rendido por el sumo trabajo que he tenido hoy; todavía tengo mucho que hacer y espero que usted me diga pronto el objeto de su venida. Y me puse en pie.

   El impertinente no comprendió, por mi desgracia, y siguió con la fastidiosa relación de su genealogía: se hizo pariente de todo el mundo: de obispos, militares, literatos y qué sé yo qué más personajes.

   Ojalá, pensaba yo, que a éste se le olvidara siquiera el nombre de sus abuelos, como a mi Justo de esta mañana; pero nada: me espetó hasta el de sus tatarabuelos, nombrándolos a todos y se quedó fresco. Al acabar, le dije:

   —Manifiésteme en pocas palabras qué quiere, señor.

   —Pues como le digo, soy bogotano ¿no?, y mi familia es muy pudiente, ¿no? Yo vengo del Tolima, ¿no?, y estoy muy bien relacionado con todos los doptores de por allá, ¿no?; he vivido en sus casas, ¿no?, y rodeado de consideraciones, ¿no? Porque usted, mi doptor, sabe que la casa del cura es la de todos, ¿no? Yo desde niño he sido muy creyente ¿no?, y siempre buen defensor del clero, ¿no?; por eso el clero me estima en alto grado, ¿no? (¡Qué petardo, Ave María!). Ahora es que la suerte me ha sido adversa, ¿no? Hace cinco meses que salí de Bogotá con dirección al Tolima, ¿no?, y me fue mal, ¿no?, por culpa de mi socio, ¿no? Me adeuda una suma de bastante consideración, ¿no? (¡Jesús, qué es esto! Esto sí es canicular de veras). Porque siempre ha de pagar uno el noviciado en todo, ¿no? Pero tengo fe, ¿no?, porque como le digo soy muy creyente, ¿no? y la Providencia ha dispuesto que yo me relacione con mi doptor, ¿no?

   Todo esto lo decía sin que yo le contestara una palabra, y ya cansado de estar en pie, me senté, cogí un periódico que estaba sobre una mesa y me puse a hojearlo y a esperar el remate del cuento, que ya se puede adivinar; y el prójimo del ¿no? siguió:

   —Yo, doptor, tengo mis títulos, ¿no?, de algunos destinos que he desempeñado, ¿no? He celebrado algunos contratos con el gobierno, ¿no? (malísima noticia), y mi muchacho, que me acompaña, me trae algunas órdenes de pago, ¿no? que deben cubrir a la vista, ¿no?

   ¡Qué órdenes, ni qué pagos! No traía más compañía que una vara de chusque que dejó en el descanso de la escalera. Como yo no le contestaba nada, haciendo que leía, y como quien dice: en esta trampa no cae, empezó a buscarse con las uñas un escaso bigote, que apenas se le veía, y me sometió a un interrogatorio, y tuve que contestarle. Tosió y continuó:

   —¿Cuántos años lleva aquí?, mi doptor.

   —Dos.

   —Y tendrá algunos diez de graduado, ¿no?

   —Seis.

   —Y muy contento, ¿no?

   —Sí.

   —Muy buena gente ésta, ¿no?

    —Sí.

   —Muy bonito el pueblo, ¿no?

   —Sí.

   —Y muy rico, ¿no?

   —Sí.

   —Lo quieren mucho, ¿no?

   —Tal vez.

   —Pero mal clima, ¿no?

   —Sí.

   —Por las brisas del río, ¿no?

   —Sí.

   —Y muy bueno su curato, ¿no?

   —Sí.

   —Y muy buenas posadas, ¿no?

   —Sí

   —Como en Bogotá, ¿no?

   —Sí.

   —Me dicen que el tren está bien, ¿no?

   —Sí.

   —¿A qué hora podré partir? temprano, ¿no?

   —Sí.

   —A almozar en el hotelito, ¿no?

   —Sí.

   —Con que muy contento, ¿no?

   —Sí.

   —Yo voy a tener que enfriarme aquí, ¿no?, por venir de tierra caliente, ¿no?, como dicen los neivanos, ¿no? Con esas gentes adquiere uno otro modo de ser, ¿no?, muy franco, ¿no?; y yo, qué le parece mi doptor, que no era así, ¿no?

   ¡Vaya con este hombre!, quiere enfriarse aquí calentándome la sangre. ¡Me quedo con mis Chirivíes! No tuve más paciencia y le dije:

   —Vea, señor, tengo que hacer y es muy tarde; pero él, poniéndose en pie, me interrumpió:

   —Excúseme que lo moleste, ¿no?

   —Sí, y diga pronto! Son las diez, tengo que hacer.

   —Estoy tan cansado, ¿no?, y llevo los pies muy adoloridos, ¿no?, sin estar acostumbrado a este calzado, ¿no?, que me resuelvo a pasar la noche en su amable compañía, ¿no?

   Aquí sí le eché un no, tan mayúsculo y tan redondo, que le cupieron todos los que me había acomodado, y quedó campo para los que me dejó después.

   —¡NO!, no tengo dónde alojarlo, señor.

   —Iré a una venta, ¿no?

   —Sí.

   —¿Y a cuál?, y perdone mi doptor, ¿no?

   —¡A la que guste!, y adiós, señor, le repito que tengo que hacer.

   —A sus órdenes, ¿no? Tengo mucho gusto en ayudarle en todo, ¿no?

   —Gracias, gracias.

   Arreglado quedaba yo, después de todas las impertinencias de este hombre, yendo a rezar el oficio divino con él. ¡Hombre!, ¡qué divertido! A cada dos palabras un ¿no? Seguro que acabaríamos, tirándole yo el breviario a la cara, como lo hizo Polo con el macho.

   —Estamos, señor, basta; que le vaya a usted bien, adiós; y él, tan posma, que siguió:

   —Pues yo lleno de pena, ¿no?, porque, como le digo, ¿no?, mi familia tiene casa en Bogotá, ¿no? y hacienda en la Sabana, ¿no?, y todo a sus órdenes, ¿no? (gracias). Como sé que mi doptor tiene un corazón muy generoso, ¿no?, espero que no me dejará avergonzado, ¿no?, y me franqueará cuatro condores, ¿no?, para no presentarme con este traje donde mi familia, ¿no? y para cenar, ¿no?, que a vuelta de correo los tiene aquí, ¿no?

   Saqué cuatro reales y le dije: esto es todo lo que puedo darle, y vaya usted con Dios. (A real por cóndor, ¡que ganga!).

   —Mi doptor, hágame el honor de una tarjeta suya, ¿no?, para llevar un recuerdo de sus bondades, ¿no? y conservarla siempre, ¿no?

   Esta era otra viveza del sujeto: con mi tarjeta quería presentarse en una hospedería y que yo pagara el pato. ¡Vaya!

   —No tengo tarjetas, señor, vaya usted con Dios, le repito.

   Sin volver la cara a mirarme, dijo a secas y sin ¿no?:

   —Hasta cada rato; y yo le contesté: ¡Adiós! y salió rezongando el defensor del clero.

   Pasé a mi cuarto, y mi muchacho, que había vencido el sueño por oír al noísta, me dijo estirando los brazos, refregándose los ojos y bostezando:

   —¡Pobre mi amo!; cuál tará sumercé. ¿No le dije que ese hombre venía a sacarle plata? ¡pero se quedó metío!

   —Y a calentarme la sangre.

   —Mi amo, ¿ese hombre será de puallá de lestranjería que mientan, sigún habla tan ralo?

   —Dice que es bogotano.

   —¿Y asina son to los bogoteños, mi amo?

   —No.

   —¡Ajá!, ya sumercé le aprendió tamién.

   —Dios me libre.

   —¿Luego eso es cosa mala?

   —Como tú entiendes lo malo, no.

   —¿Ve?, ya van dos; sumercé le aprendió.

   —No, hombre.

   —Mi amo, eso es pegadizo ¡se le pegó! ¡se le pegó!

   —¡No seas tonto, hombre!

   —Míre sumercé que antes hablaba sumercé de otra laya; ya van tres; ese hombre le pegó eso, ai tá lo que sacó.

   Me dio risa, y le mandé que bajara a cerrar el portón.

   Iba a rezar, pero me provocó hablar con el muchacho, que subía diciendo:

   —¡Caracoles!, probe de mi amo; esta mañana aporriao; no lo han dejao vagar y este hombre lo fregó; si así jueran todos quén diantres los aguantaba ¡avemaría purísima!

   Al llegar le pregunté: ¿qué impresión te hizo el bogoteño?

   —¡Tan jiera!, con ese modo como negando lo mesmo que dice, que ya me tenía borracho.

   —¿Y no te gusta hablar así?

   —¿Qué me va a gustar?, cuando de oírlo me ha quedao haciendo como armonía en el estógamo. Dende que comenzó, yo llevé la cuenta en los deos y por jin me aburrió.

   —Bueno, vete a dormir.

   Cuando al fin pude yo pensar en recogerme, eran pasadas las doce, no podía tomar ya nada, pues era domingo y tenía que celebrar dos misas, predicar, pedir limosna para la iglesia y aguantar en ayunas hasta las diez y media. Todo se lo ofrecí de nuevo a Dios, y me acosté a esperar el día, y con él los mil sinsabores que le vienen encima al pobre cura, cuya vida, dicen muchos, es la más descansada y cómoda del mundo.

 


   1 El departamento de Boyacá es el que llaman por aquí el país.

 

 

COMO SE LLEGA A CAPITAN

 

   Fue Pablo el primogénito de diez y seis, que fueron sus hermanos, como quien dice nada. Hasta los veintiún años vivió sometido a sus padres, gente de calidad y de recursos, y de una severidad cristiana, a la antigua, como hoy se dice, y que significa honradez y rectitud a toda prueba. Los años de la niñez y los peligrosos de la juventud corrieron para él, en medio de los inocentes placeres del campo, mezclados, eso sí, con muchas lágrimas, porque este joven, hasta la edad que dejamos apuntada, no se preocupó más que de cumplir la voluntad de sus padres.

   Pero, ¿por qué los placeres de Pablo iban seguidos de sinsabores? Por dos razones: la vivacidad del muchacho y la severidad de su padre, quien no le permitía jamás el más leve desahogo, lo que hizo que este joven buscara el modo de esparcir su inquieta imaginación, con sus hermanos y otros muchachos, hijos de los arrendatarios de la hacienda, en inocentes pilatunas, que bien caro le costaron a su dueño; porque los chicos, cuando su padre se ausentaba, se divertían en mortificar en las dehesas, desde los indómitos potros, muletos y toretes, hasta los pacíficos corderos; animales todos, que en el valle de Sogamoso, donde Pablo nació y creció, se desarrollan precozmente. Aporreados, y muchas veces heridos, los muchachos remataban la fiesta, prendiéndoles en la cola a los brutos más bravíos, vejigas infladas y secas, con unos cuantos granos o cristales dentro, o el cuero más tieso que encontraban, resultando de tal barbaridad que los animales más pequeños, o todos, chicos y grandes, con las piernas rotas, se alojaban en las zanjas medianeras. Infeliz, también, de aquel que llegara a pasar por el camino, cuando aquellos chicos, capitaneados por Pablo, estaban en sus diversiones, porque, quieras o no, lo hacían tomar parte en la trifulca o salía malferido, si al correr, llegaba a caer en el lazo de estos diestros domadores.

   Al tener noticia su padre de tales pillerías, los flagelaba sin piedad, haciéndoles chorrear la sangre, a puro y limpio látigo, y cargándole, con especialidad, la mano a Pablo. De tal modo fue éste castigado, que siendo ya hombre de edad, muchas veces nos ha dicho que él cree que no creció con el pellejo con que nació, y que él tuvo, en ese tiempo, tales travesuras como la cosa más corriente del mundo.

   Pues en éstas, que para aquel joven fueron inocentes locuras, pasó su niñez y parte de su juventud entregado al duro y continuo trabajo de cultivar la tierra y domar los potros de su padre. De todo eso no me ha quedado más, decía él, que haber aprendido a ser cristiano, a ganar el pan y a montar bien a caballo.

   Nosotros sabemos que Pablo fue muy cumplidor de sus deberes religiosos y siempre muy sumiso a la autoriadd paterna. La única ocasión en que estuvo en contacto con el mundo (porque ni escuela tuvo, habiendo aprendido a leer y escribir en su casa), fue en una de nuestras contiendas políticas, cuando apenas contaba diez y ocho años, y de ahí resultó capitán.

   Al oir el grito de guerra su espíritu inquieto no pudo contenerse, y con la venia y la bendición de sus padres tomó las armas que a mano encontró; montó en un magnífico caballo de que era dueño y se incorporó, con el grado de sargento, en un escuadrón de caballería que, según cuentan, es de lo mejor que se haya visto en aquel valle, al cual fueron agregándose otros. Ocho días estuvo aprendiendo las maniobras militares de su clase, al cabo de los cuales se halló en un hecho de armas muy sangriento, peleó como valiente, dejando bien sentado el nombre de su familia, que cuenta entre los suyos hombres de pro en la carrera de las armas. En el mismo campo de batalla recibió el título de capitán, figuró ahí mismo, por muerte de su jefe, como segundo de aquel cuerpo destrozado por el enemigo y más tarde cogido por asalto.

   Aunque los seis meses que duró la campaña de Pablo encierran episodios muy curiosos, nos abstenemos de contarlos, porque él, de quien oimos esta relación, no lo permite. Solamente contaremos como remate la manera tonta de guerrear en nuestra tierra.

   Aquel escuadrón, llamado La Guerrilla, verdadera montonera, estaba formado de lo mejor y más valiente de la juventud de todos los pueblos del valle de Sogamoso, sin que escasearan algunos veteranos que llevaban la batuta y que iban como jefes de otros cuerpos. La Guerrilla que marchaba a unirse con el ejército, que de la Sabana de Bogotá debía ir, como en realidad fue, a pelear y a sucumbir en el norte de la República, hizo alto en una población distante del lugar donde debía incorporarse al ejército y muy cerca de la capital del Estado, donde el gobierno tenía fuerzas veteranas y hombres muy listos para todas las estratagemas militares, cualidad de que carecían los guerrilleros.

   Acuartelada la fuerza y puesta en seguridad la brigada, compuesta toda de los mejores caballos sogamoseños, los jefes se entregaron a la holganza, y con ellos, la mayor parte de los subordinados, quienes por ser voluntarios y hombres acaudalados, casi todos se creían, como se creen en tales casos, sin el deber de someterse a la disciplina militar; fomentando tal desmoralización los mismos jefes, que vienen a ser simples espadachines sujetos siempre al capricho del primer cacique que tenga la audacia necesaria para hacer que se cumplan sus antojos, como los jefes complacientes lo hicieron aquella tarde, y ¡arda Troya!, como la vieron arder aquella memorable noche.

   Y fue el caso que por la vía de la capital se esperaba, de un momento a otro, una pequeña guerrilla que venía a unirse con la ya citada.

   En esa misma dirección enviaron un posta (el indio que primero se les presentó), diéronle un papelito para el jefe de la guerrilla esperada, en que daban cuenta exacta del número de gente, del armamento, de los caballos y de las posiciones o cuarteles, sin omitir ningún detalle; y ésta fue la sentencia de muerte de La Guerrilla.

   El indio iba cantando y muy de prisa, aunque era de noche y no muy lejos del pueblo, cuando fue sorprendido por el grito de:

   —¡Alto!, ¿quién vive?

   —¡Yo, mis amos!, contestó el inteligente posta, y muriéndose de miedo, añadió: No me vayan a enjusilar, mis amitos, que si sus mercées son la fente de nostra santa relifión aquí les treigo cosía en mis calzones una carta que les espacharon mis otros amos con unas razones escribías de que los tán esperando por horas en la perroquia a sus mercées.

   —¡Sí, sí!, nosotros somos, ¡a ver la carta!, dijo el jefe de la fuerza gobiernista, fuerza que, aunque inferior en número, era compuesta de gente veterana, y acaudillada por un hombre muy astuto.

   Se mandó hacer alto a la tropa. El indio descosió un remiendo de sus pantalones, donde llevaba el papelito, y al entregarlo, dijo:

   —Mis amos sí me darán mi medio pa la chicha, porque yo he corrío que ni qué venao y ya que no cayí en manos del enemigo echemos un güen viva nuestro partío.

   Le dieron el medio al indio y gritaron:

   —¡Viva nuestro partido!

   Pidieron al indio todos los informes que quisieron, fuera de los que el papelito rezaba, sin omitir nada de lo que les convenía saber para lograr con más facilidad la ansiada presa.

   A continuación del mismo papel contestaron a nombre de los que en el pueblo esperaban; pedían a los guerrilleros algunos caballos, les suplicaban que les tuvieran algo que cenar y que salieran a encontrarlos.

   —Ojalá, dijo el indio, metiendo el papel entre el remiendo, ojalá y no ilaten sus mercées en llegar, porque si no abrevean no topan que beber, porque allá tán mis amos hechos unas pascuas dialegres, y nuán dejao ni grandi ni mistelas en las ventas, y beben que ni que pescaos, y hacen unos gestos que da miedo a cada trago que se suerben, y quebran limetas en las ventas de los contrarios, que eso ya tá empedrao de vidrios, y las casas de lescuela y las cárceles y el cabildo y hasta el mesmo convento tan que aquello jierve de cachaquería y trompetas y jusilerías como no si había visto; y con la llegada de mis amos sí que van a ser las jiestas de las güenas. Miren, mis amos, la carta sí que quedó escondía, que nian que los enemigos escarben debajue la tierra no la topan, les asiguro. ¡A patas!, ¡yo veré! Hasta luego, mis amos.

   —Hasta luego, díles que pronto llegamos.

   La baraúnda estaba en su punto cuando llegó el indio a la casa cural, donde los jefes devoraban una cena que el señor cura les había hecho preparar, y a la voz que dio el jefe al terminar la lectura del papel, exclamaron:

   —¡Llega la guerrilla! ¡La guerrilla entra ahora mismo! ¡Todo mundo a recibirla!

   Al decir esto, todo se puso en movimiento: la voz corrió hasta los cuarteles, y a excepción de los centinelas, todos empezaron a correr; se hizo recogida de todos los cohetes que hubo en el pueblo; la plaza se convirtió en una batalla; se echaron las campanas a vuelo y por todas partes se gritaba; y una especie de locura, causada por el entusiasmo, se apoderó de todos. Los jefes no se contentaron con salir solos y para mayor solemnidad de aquel recibimiento, se llevaron en su compañía al señor cura. Marcharon todos a pie, desarmados y quemando cohetes al son de la música guerrera.

   Pablo, con ser hombre de orden, no pudo imponerse ni someter sino a muy pocos de los suyos; pero siempre previsor, cogió el famoso caballo de su pertenencia, que estaba en la cuadra del cuartel, y con nueve de sus compañeros, bien montados, provistos de carabinas, lanzas o revóleres, salieron a retaguardia de aquella montonera de locos; pero se les ocurrió inspeccionar un cuartel que estaba fuera de la plaza, de la cual no se habían separado una cuadra, cuando oyeron unos tiros acompañados de una gritería ensordecedora que proclamaba al gobierno legítimo; vuelan a la plaza y advierten que muchos de sus compañeros están maniatados y todos en poder del enemigo, a quien encontraron en vez del amigo que esperaban recibir. Con dolor vieron que se había perdido todo, hasta el honor, por la incuria de los atolondrados jefes, que bien merecían aquel castigo.

   Pablo, con sus compañeros, se escapó debido a la bondad de sus caballos, y andando toda la noche por entre montes y breñas, llegó a la casa de sus padres, donde se entregó de nuevo a las tareas que ya conocemos.

 

 

UN FUSILAMIENTO

 

   La guerra, además de ser un mal en sí, es también causa de males, y trae siempre funestas consecuencias. Una de las que yo tuve que sentir, en el año de 1895, fue el horroroso asesinato que en la ciudad de La Mesa, perpetraron Gregorio Rueda y Cesáreo Duque en la persona de Aristides Cardoso, agente de policía. Estos sujetos, en la ejecución del crimen, fueron ayudados por un hombre que, por ser mayor de sesenta años, fue condenado a diez y seis años de reclusión en el Panóptico de Bogotá.

   No apuntaré aquí más que los principales caracteres que revisten de una ferocidad sin igual aquel horroroso crimen.

   Cardoso no hizo más que cumplir una orden de la autoridad superior, sin que ella afectara en nada a sus crueles asesinos, quienes después de haberlo martirizado sin piedad, mutilándolo y rompiéndole una pierna y un brazo, lo arrastraron vivo hasta el lugar donde debían sepultarlo, más de media legua distante de aquel donde dieron principio a tan cruel carnicería. El infeliz Cardoso vio abrir su sepultura, y quisieron obligarle a trabajar en ella cuando estaba agonizante, sin que se ablandaran los endurecidos corazones de sus implacables enemigos a los ruegos que les hacía, según confesión de ellos mismos, de que lo perdonaran y no hicieran terminar su vida tan cruel y despiadadamente.

   Cuando arrojaron desde lo alto al fondo de la fosa a aquel infortunado, todavía vivo, uno de ellos bajó, y con el filo de una barra le despedazó el cráneo.

   Descubierto el crimen a pocos días de consumado, se reunieron en consejo de guerra los jefes de la fuerza acantonada en la plaza, y resolvieron imponer a los reos la pena capital. Ambos eran muy jóvenes.

   Serían las diez de la mañana del día 19 de marzo de aquel año, cuando se presentó en la casa cural, el jefe de la fuerza a notificarme que debía, según disposición de la ley, ir a cumplir mis deberes como sacerdote con aquellos desgraciados, porque iban a ponerlos en capilla inmediatamente, para ser pasados por las armas a las veinticuatro horas.

   —¡Terrible trance para mí!

   Dirigime inmediatamente a la cárcel y hallé a los reos en el salón de la municipalidad. Ya les habían notificado la fatal sentencia. Al ver aquellos hombres llenos de vida, y al pensar que al día siguiente iban a morir, me estremecí y no pude menos de llorar... Rueda estaba en pie, meditabundo, con los brazos cruzados sobre el pecho; Duque fumaba, tendido boca arriba sobre un catre. Al verme enjugar las lágrimas, me dijo Duque:

   —Padre, yo no tengo miedo; ¿y usted llora porque nosotros vamos a morir?

   —Sí, hijo, temo por vuestras almas; lloro vuestro crimen, y vengo a prepararos para el tremendo trance de la muerte.

   Sin decir nada siguió fumando, y se manifestó indiferente a una exhortación que empecé a hacerles. Haría cinco minutos que yo hablaba, cuando Rueda se me acercó, sentose junto a mí, trabó los dedos de las manos y prestó mucha atención. Al dejar yo de hablar, éste me dijo que tenía que hacerme una consulta, y como quisiera llevarle a un extremo del salón para oírlo, me manifestó que deseaba que todos los que allí estaban lo oyeran, y —fuera de algo muy grave que dejé al cuidado de la autoridad— empezó a decir llorando:

   —El delito por el cual me hallo aquí, lo cometí realmente; son ciertas todas las acusaciones que me hacen; el castigo que se me impone es poco, y si mi muerte es inevitable, como lo merezco, quiero arreglar bien mis cosas.

   Duque lo interrumpió diciendo:

   —Yo no tengo nada qué arreglar, y muero contento después de haber ayudado a matar a Cardoso.

   Rueda prosiguió:

   —Yo no he hecho sino la primera confesión, cuando era niño; soy soltero, pero he vivido con una mujer de la cual tengo familia; deseo casarme con ella, porque tengo algunos intereses y quiero que me hereden mis hijos.

   Ofrecile que se haría todo según sus deseos, e interrogué a Duque, quien me contestó con indiferencia:

   —Yo no me he confesado nunca, soy soltero y no tengo nada que arreglar.

   —¿Y usted no desea confesarse? Piense en que mañana va usted a morir.

   —Ya veremos si me animo a hacerlo.

   —Sí, vaya pensando en disponerse para la muerte, que yo le ayudaré a prepararse para la confesión, le dije, y salí a dar cuenta al prefecto de todo lo ocurrido. Inmediatamente llamé por el telégrafo a algunos sacerdotes, curas de los pueblos cercanos, para que vinieran a ayudarme a disponer a los reos.

   Pronto volví, preparé a Rueda para el matrimonio, verificado el cual, se ocupó en dictar sus disposiciones testamentarias. Terminado todo, se despidió de su madre, de su esposa, que llevaba a un niño pequeñito en los brazos, y de algunas personas de su familia que habían entrado a verlo. Rueda cogió el niño, le miró detenidamente, lo estrechó contra el pecho, lo besó, y al devolvérselo a la madre dijo:

   —¡Pobre criatura! Dios no permita que este angelito vaya a ser tan malvado como yo. No le digas jamás quién fue su padre, ya que en la partida de su bautismo no está mi nombre. Al decir esto se dejó caer sobre un asiento, se tapó la cara con ambas manos y empezó a sollozar. Lo animé a que se resignara y encomendara su alma a Dios, y él sin levantar la cara, dijo:

   —¡Ay, cuánto sufro!, pero mucho más merezco... ¡Adiós!... Retírense todos, y no vuelvan a entrar aquí los que han venido a verme, porque me muero de vergüenza. Pidan a Dios por mí, y déjenme, que quiero arreglar mi conciencia.

   Aquel espectáculo no podía ser más conmovedor. Todos se retiraron llorando, inclusive algunos parientes de Duque, quien se despidió sin emoción alguna, y siempre jactándose de su delito. Al salir la anciana madre de Rueda, se detuvo en la puerta, y volviéndose hacia el interior del salón, donde estaba su hijo, prorrumpió en dolorosos ayes, y ahogada en llanto, dijo:

   —¡Gregorio, hijo mío!... hijo de mi alma... acuérdese que es cristiano... y que yo... pronto moriré de dolor... ¡Ay, desgraciado hijo!

   Dio un grito y cayó desmayada, siendo preciso levantarla y llevarla en vilo.

   Todavía se me agolpan las lágrimas a los ojos al recordar aquella conmovedora escena...

   Gregorio, al oir las palabras de su madre, se echó de hinojos a mis pies, y abrazándome por las rodillas, me suplicó llorando que oyera su confesión. Lo levanté, lo hice sentarse y seguí la difícil tarea de preparar convenientemente a aquel de los reos que todavía permanecía indiferente.

   Al caer la tarde llegó el señor doctor Tobías Cabra, cura de Anapoima, en aquel tiempo, único sacerdote que vino a ayudarme a cumplir con el más aflictivo cuanto penoso de todos los deberes a que tiene que someterse un sacerdote. Los otros a quienes llamé no vinieron, sea por la premura del tiempo, sea porque el caso era para poner espanto en el corazón más esforzado.

   Después de haber trabajado casi todo el día y parte de la noche preparando a los reos, y cuando ya Duque se manifestó menos rehacio a las inspiraciones de la gracia de Dios, les dije que era necesario dar principio a la confesión, y que cada cual debía elegir su confesor de entre los dos sacerdotes que allí estábamos. Rueda me instó para que yo le confesara, y Duque dijo que él se confesaba con el doctor Cabra.

   A las ocho dirigí un telegrama urgente al ilustrísimo señor arzobispo, pidiéndole licencia para celebrar en la capilla de los ajusticiados, que era en la casa municipal, donde están también las cárceles, el santo sacrificio de nuestra redención, para dar allí la sagrada comunión a los reos, y porque Rueda manifestaba grandes deseos de oir siquiera una misa antes de morir.

   A las diez, dimos principio a las confesiones, y un cuarto de hora después, Rueda, que iba haciendo la suya con las mejores disposiciones, se desmayó y quedó tendido en el suelo. Tuve que hacerle tomar un poco de caldo y vino, para que volviera de un vértigo mortal que le acometió. ¡La agonía, causada por la presencia de la muerte tan cercana, se había apoderado ya de aquel hombre!

   A ese tiempo llegó la contestación del ilustrísimo señor arzobispo, concediéndome la licencia solicitada y enviándome su bendición. Desde esa hora mi espíritu, que ya desfallecía, se reanimó. Si yo hubiera sido uno de los condenados, quizás habría tenido más valor para presenciar y sentir las agonías de aquella lenta y afrentosa muerte.

   Después de confesados los reos, les hicimos tomar algún alimento y los preparamos para recibir la sagrada comunión al día siguiente.

   Con Rueda tuve que luchar mucho, porque a pesar de la extenuación en que se hallaba, se oponía tenazmente a alimentarse. Tan penetrado estaba de su situación, que no hacía más que llorar y pedir a Dios misericordia. La idea de lo horroroso del crimen cometido por él y sus compañeros causó en su alma impresión tan viva y tan honda, que fue preciso atenuarle, en cierto modo, su delito, para que no cayera en la desesperación.

   A la media noche nos retiramos el doctor Cabra y yo.

   Imposible me fue conciliar el sueño, teniendo delante la espantosa perspectiva del siguiente día; mi alma estaba empapada en amargura, me dolía el considerar que en mi pueblo se cometieran crímenes de la naturaleza del que tan severamente se iba a castigar; pensaba en el espantoso término a que conduce al hombre la perversidad, cuando vive olvidado de Dios, y cuando no obedece más que a los feroces impulsos de su extraviada razón; me espantaba la idea de que este horroroso castigo fuera el último esfuerzo a que se ve obligada la justicia de la tierra; pensaba en que un pueblo entero presenciaría al día siguiente aquel sangriento espectáculo, en el cual quizás algunos aprenderían a respetar la ley y la justicia de este mundo, bien diferentes en sus juicios de la Justicia Divina. ¡Oh, espantoso trance! De un lado la consideración de ir a presenciar la muerte de dos hombres tan jóvenes, que serían cruzados a balazos; del otro, la ferocidad de su delito...

   En estas consideraciones me sorprendieron las cuatro de la mañana. Inmediatamente me fui para la cárcel, donde estaba todo preparado para celebrar la santa misa.

   Al entrar a la capilla de los ajusticiados, observé que Duque se hallaba profundamente dormido; Rueda estaba postrado de rodillas ante el altar, con la cara apoyada entre las manos. Me detuve a contemplar un momento aquel cuadro. Un hombre que para expiación de su crimen vigilaba y oraba delante de Jesucristo suspendido en una cruz; otro que, entregado al sueño, no cuidaba de la suerte de su alma, ni se apercibía para marchar dentro de pocas horas a la eternidad, de donde no se vuelve.

   Como no había tiempo que perder, me acerqué a Duque y lo desperté. Rueda parecía una estatua de mármol. Le toqué un hombro, y retrocedí espantado, porque al levantar él la cara, vi que aquel hombre, lleno de robustez y de vida, pues apenas contaba veinticinco años, estaba lívido, descarnado, los ojos hundidos, las mejillas bañadas en lágrimas, y los cabellos completamente blancos. ¡Oh!, ¡qué impresión tan violenta se había apoderado de su alma! Instintivamente caí de rodillas a su lado y lloré con él ...

   Duque se arrodilló también. Les hice recitar algunas oraciones y la profesión de fe, como se hace con los agonizantes. Reconcilié a Rueda y en seguida les hice una exhortación animándolos a entregarse en manos del Señor misericordioso, que siempre perdona al pecador arrepentido; celebré por ellos la santa misa y les dí la sagrada comunión. Hecha la acción de gracias, cuidé de que se desayunaran. Rueda volvió a arrodillarse ante el altar, y Duque se sentó en la cama y se puso a fumar.

   La mañana la pasé, ayudado del doctor Cabra, en hacer a los ajusticiados la preparación para la muerte.

   Jamás me había visto yo tan angustiado y tan urgido por el tiempo. Las horas me parecían minutos, y la agonía de aquellos dos hombres se había apoderado de mí con tal vehemencia, que creí perder el sentido o quedar enfermo para toda mi vida. No permita Dios que en mis días vuelva yo a verme en situación semejante.

   A las doce entramos el doctor Cabra y yo a la capilla y empezamos a hacer recitar las plegarias de los agonizantes a aquellos hombres cuya vida finalizaría al cabo de una hora. ¡Qué espantoso es ver agonizar un hombre sano, con la consideración de que a una hora fija llegará la muerte a cortar las ligaduras entre el alma y el cuerpo! Rueda, en cuyo semblante se veían pintados un vivísimo dolor y una resignación muy grande, no quería dejar de orar un instante; era un cadáver que se movía y articulaba palabras por medio de las cuales aquella alma tan hermoseada por la gracia de Dios, se encomendaba a Jesucristo agonizante en el Calvario.

   —¿Mucho tarda la hora en que he de morir?, me preguntó.

   —Dentro de media hora usted estará en el cielo. Tenga mucha confianza en la misericordia de Dios.

   Pocos minutos después penetró en la capilla una escolta que debía ejecutar la sentencia; y unos agentes de policía, vistieron a los reos con unas túnicas negras. Rueda pidió como último favor que le permitieran cubrirse la cara, por la vergüenza que le causaba su delito. El oficial que mandaba la escolta dio orden de marchar. Rueda se arrodilló un momento ante el altar, besó el suelo, se levantó y cubriéndose el rostro con un pañuelo, lo apoyó en la mano izquierda; entrelazó luego su brazo derecho con el izquierdo mío, y estrechó contra su pecho el crucifijo que yo había llevado, y que ha sido compañero de muchos moribundos. Mientras tanto Duque se disponía a salir, sin alteración alguna y permitiéndose decir algunas frases ajenas de acto tan serio.

   Al salir de la cárcel a la plaza, y cuando la pude dominar con la vista, advertí que estaba colmada de gente: era día de mercado, y no bajaban de seis mil las personas que iban a presenciar aquel espectáculo.

   A una señal que dio el jefe de la fuerza, se oyó el redoble de un tambor, y un batallón allí formado, en cuyo centro estaba todo el presidio, se puso en movimiento al lugar de la ejecución, que es una plazuela distante seis cuadras de la plaza principal. Al redoble siguió el lúgubre toque de agonía que dejaban oír las campanas. El cortejo desfiló, sin que se oyera más que las voces de los dos sacerdotes que exhortábamos a dos hombres que lentamente caminaban a encontrarse con la muerte, seguidos por la multitud, que ansiaba ver la ejecución.

   Tal curiosidad me pareció muy reprochable, y aunque he de advertir que muchas familias se retiraron de la ciudad en aquel funesto día, hubo, sin embargo, quienes vinieran de otras partes y tomaran un local arrendado cerca del patíbulo de los ajusticiados, para presenciar su ignominiosa muerte.

   A la media hora de tan angustioso camino llegamos al sitio donde se habían levantado los banquillos, y allí ¡hasta encima de las casas y en las ramas de los árboles había gente!

   Rueda, que tan penosamente caminó hasta aquel lugar, sin ver el camino, ni preguntar por el sitio donde debía morir, preocupado únicamente con la cuenta que pronto se le pediría en el Tribunal de Dios, al advertirle yo que había terminado la jornada, se arrodilló y me pidió de nuevo la absolución de sus pecados.

   Sentóse luego en el banquillo, acomodó el crucifijo sobre el pecho por entre la abotonadura de su camisa, me suplicó que no lo abandonara, y que no permitiera que le fueran a descubrir la cara, cubriéndosela yo con el pañuelo que él llevaba, por encima del cual le pusieron una venda, y entregó los brazos al verdugo para que se los atara.

   Duque, sin preocuparse de su suerte, recorrió todo el camino con la cara levantada, despidiéndose de sus amigos y manifestando la mayor tranquilidad hasta la hora de morir.

   Una vez atados y vendados, noté que Rueda estaba atormentado por la sed; le hice tomar unos tragos de agua, porque rehusó el vino, lo excité a implorar la misericordia de Dios, y cuando él repetía con voz firme: ¡Dios mío, en tus manos encomiendo mi espíritu!, dieron la señal de fuego. Yo me retiré a dos metros de distancia, y volviéndome a la multitud de espectadores que llenaba la plaza, grité con toda la fuerza de mis pulmones: Roguemos a Dios que los perdone. Me arrodillé y lo mismo hicieron muchos. El estampido de veinte bocas de fuego anunció que la vida de dos hombres terminaba allí tan afrentosamente...

   Duque quedó muerto en el acto, con la boca abierta, la lengua salida y la cabeza caída sobre el espaldar del banquillo.

   Rueda, ¡ah!, el pobre Rueda, que varias veces dijo en la capilla que era poco el castigo que iba a recibir, fue martirizado horriblemente. La fatal descarga, sin quitarle la vida, lo dejó atravesado por el estómago. Precipeteme sobre él, y al estrecharlo entre mis brazos, tiñéndome con su sangre, me dijo, con la voz entrecortada: —Padre, ayúdeme a pedir a Dios que me perdone. El pañuelo que le cubría la cara estaba empapado en las lágrimas que brotaban de sus ojos. Dile la absolución, le hice repetir una plegaria, y me retiré. Le hicieron fuego por segunda vez, y aquel hombre quedó vivo! Volé sobre él, le repetí al oído el nombre de Jesús, le di la absolución, y sentí que me abandonaban ya las fuerzas para seguir presenciando tan prolongado suplicio. Vi entonces que el crucifijo que tenía Rueda sobre el pecho, y que ahora es testigo de lo que escribo, tenía casi cortado el brazo derecho por el frote de una bala; y mientras yo ayudaba al moribundo, observé también que una costilla del martirizado reo se movía prendida al banquillo sin estar separada por el otro extremo del tronco.

   Mientras los soldados se preparaban para hacer fuego sobre aquel despedazado cuerpo, ¡cómo padecía!, ¡cómo luchaba con la muerte y con qué ternura pedía perdón a Dios!

   ¡Sonó la tercera descarga, y el joven inclinó lentamente la encanecida cabeza, negra la víspera, sobre el pecho, al entregar su hermosa alma en manos del Creador!

 

UNA DEMANDA EN LA CASA CURAL

 

   Era un miércoles a las doce, hora en que el despacho parroquial está abierto todos los días hasta las dos. Yo estaba escribiendo una comunicación para la curia, cuando se presentó un mozo campesino muy garboso, que me saludó en estos términos:

   —Le dé Dios muy güenas y santas tardes a mi señor cura.

   —Dios te bendiga, Isidro.

   Empezó el tal a enjugarse el sudor con su ruana blanca, y sin dar tiempo a que yo le hiciera pregunta alguna, prosiguió:

   —Mi padre: me hallo en unos trabajos muy grandes, y vengo a comunicárselos a mi amo; ¿puede oírmelos?

   —Sí, dí lo que quieras.

   —Yo, mi amo, soy hijo de mi padre Torcuato Ladino; soy el cuba, y me quero mandar casar con una mocita que me dita mucho mi corazón; y su padre de ella, porque la madre es jinada, y los de yo, nos dan el consentimiento, y quisiéramos que juera como pa la jiesta de mi Padre y Señor San Corpos de este año. Pero es el caso que como el chiras no duerme y en todo ha de meter el rabo, me resulta puay otra moza viuda, ya dentrada en años y con jamilias, que se ha emperrao su mama en dicir quesque me quere mucho a yo; y yo le digo la verdá, mi amo, que no ha podío quererla ni tantico como lo negro destuña, porque yo conozco, anque inorante, que ese núes mi sinio, mi señor padre; y puay viene untualito la tal viuda en un correr, con la mama, a entimarme mal con mi amo, paque esque yo dé el sí; y ese yo toy eterminao a no darlo, anque me echen pa las jilas. Lo digo por ésta, mi amo (y me mostraba la cruz del rosario que llevaba al cuello). Yo ni puel diantre me dejo casar con la susodicha viuda, anque me maten, ni endespués de muerto; lo digo que no, y que no. Topará en que iré a la carrera melitar. ¡Qué caramba!, anque arriesgue yo el chirajue vida; pero el sí no lo doy, y no lo doy, mi amo.

   —Está bien: deja que lleguen las mujeres.

   —¿Yo con esa? ni por la mocha; lo juro y lo digo uni mil veces que no me dejo casar con la tal por cual. No jaltaba más, sino que esque juera yo a topar con esa pichosa, como si no hubiera más onde escoger. ¿Con esa?, ni de balde, mi amo.

   —Cálmate, hombre; nadie se casa si no quiere.

   —Es que yo, mi paternidá, no me he dejao entimidar por nada; y es que la dicha mujer que quere ser mi suegra me gritó una y otra anoche que apostaba a que yo colaba aquí soltero y libre, y esque se tenía el consuelo que yo había de salir ya cautivao con esa su hija, y que pareso esque buscó ya abogao, que madrugó a hacerles dejensa para ante mi señor cura; ¡y eso sí que jamás, ni cuándo!

   —No, hombre, yo no te voy a casar; te digo sólo que esperes.

   —Mi amo: déjeme deshogar aquí mi corazón, porque es mucho caso verse uno contestando demanda, lo que yo hasta la presente no me había visto en éstas, ni había tenío que pisar puertas de cabildo.

   —Convenido: desahógate, pues, aunque éste no es cabildo. ¿A ver? habla; pero cuando vengan las mujeres, te callas.

   Empezó a charlar repitiendo lo mismo que había dicho, y como no me dejara escribir, me acerqué a la puerta y vi en el portón una mujer que acababa de sentarse: estaba jadeante y bañada en sudor, porque era muy gorda; calzábase las alpargatas al mismo tiempo que decía con mucho afán:

   —¡Pero andá moza pa despaciosa aquella! Ya no llegó, y el presente quén sé pa cuándo será. Pero en jin: yo iré colando mastras unas y otras, a ver si deveras es que me la puede este condenillo tunante. Indino sonsacador, vamos a ver si se burla de yo este jandanguero, perro ardiloso, y cuándo es que a yo me la hace este capataz.

   Al levantarse se enjugó bien la cara y el cuello con un pañuelo que sacó del sombrero, lo echó luego al seno, se cobijó por los hombros la mantilla, se santiguó y entró.

   —Muy güenas tardes tenga mi señor dotor. ¿Qué tal le jué una vez que pasó allá por nosotro lao?

   —Buenas tardes; me fue bien. ¿Qué se le ofrece?

   Haciendo que lloraba dijo:

   —¡Ah vida!, ¿que anque té uno honrao se haiga de ver en éstas? Vengo aquí a echarme a los pieses de mi paternidá a contestarle unas razones, paque me haga justicia, y paque asigure a este mozo que se halla aquí presente con una niña que es mija; porque este capataz nos quere embaucar, y eso no se queda asina no más. La niña, que untual viene, es ya dentrada en años; pero ella ha tao honrada a mi lao; es viuda de un año y con cuatro jamilias de bendición, tuavía medianitas. Y jue el caso, mi señor dotor, que anoche, que había velorio de nueve noches en mi casa, de un mi vecino, y más mi compadre, porque él jue quen apadrinó a la niña con el dijunto su marío, que, como le digo, ya va andando en un año que jalleció, y jué este endividuo a mi venta, y pidió un rial de chicha y rial y cuartillo de empanaas que yo misma se las espaché, y endespués que comió y bebió con sus conocidos que topó, y sin tener mayor conocencia con yo, me quijo hacer pago con un mero nicle, y porque yo cité testigos para ante de las otoridaes, entonces este ardiloso me encomenzó a dar el ditao de suegra, y me porjió una y otra que él quería ser mi guierno de yo, y endespués que yo le dije que güeno y le regalé más chicha, y endespués de que a juerza de porjiar me hizo llamar a la niña que taba moliendo arepas en su cocina, y ai comieron y bebieron más, y endespués de que éste dijo que güeno, que sí se casaba con ella, y que se obligó a que entre entriambos criaban y enducaban las cuatro jamilias, porque las dos últimas son un par de melicitos, y endespués de que hizo bailar a la niña con él, y cuando la niña ya comprometía se coló a su cocina, este hombre sin caraite, se creyó ai mesmo de los malos consejos de un comisario, que me tiene inrroñía, porque yo los taba oyendo, y encomenzó éste a ponerle jaltas a la niña, porque tiene una enjermedá en sus vistas; y se largó a echarme cantas a yo; y porque yo lo resprendí paque cuando venga a ser mi guierno no sea tan mal correspondío, entonces ¡taitica!, sí que jué pior: me ensultó diciéndome de ti y de vos, y desolencias que ¡ave María! y me entimó quesque me ha de ver sopiada en los injiernos; y me dijo que como yo es que soy una bruja malijiera, y una pautada con los diablos y to los satanaces, y no jaltó sino que me pegara, y me tiró en la cara con los cunchos que tenía en la tutuma, y dice que mi chicha esque tiene malijicios, y me gritó que ya nuesque se ha de casar con la niña; ¿y si mi señor dotor no lo obliga?

   —¡Cómo lo voy a obligar! no diga disparates, mujer.

   —Pus entonce, si sumercé no le aplica las leyes de acá de su despacho, yo me echo en brazos de la otoridá, paque ella lo obligue y se casen.

   —Vamos: ¿este mozo había ido otras veces a la casa de usted, o había hablado con su hija en otras ocasiones?

   —¿A mi casa? ¡jamás!, y mastras el baile, jué ante de yo; ¿pero platicar con ella? jamás.

   —¿Y no hay más compromiso que éste de que me han hablado?

   —No más; pero lo juro que no se la rebajo al mulato éste, anque me cueste; pero le echo tua las justicias encima, paque este alvenidizo no se coma mi plata y paque no deje a la niña con la cara cortaa y avergüenzaa delante de las personas que jueron testigas de que le dio el sí; y son dos y cuartillo los que me adiauda del gasto; y me los paga, o si no, yo le ha de enseñar a tener palabra de hombre, u dejo yo de ser quen soy. Y anque me echen pal arresto, que como deso se ha visto, topará en que yo pise puertas de cárcel; pero como dice el dicho, que cárcel no come gente.

   Diciendo todo esto, se quitaba la mantilla, la sacudía, se cobijaba, se apretaba las enaguas, levantaba las faldas, se sonaba, acomodaba el pañuelo entre el sombrero, cerraba los puños en ademán de amenazar al hombre, se los escupía con fuerza, cual si estuviera cascándole a alguien, pujaba y golpeaba fuertemente una mano contra la otra.

   Isidro, que a lo sumo contaba unos diez y ocho años de edad, al ver la vieja tan enfurecida, dijo con mucha calma, cruzando los brazos sobre el pecho:

   —¡Pero cómo son de engañistas!, ¡quen la vido anoche tan mansita, y lo melosa que se golvió cuando por una merita chanza le dije que sí me casaba con esa su hija, y cómo se golvió lenguas ojreciéndome esta vidilotra! ¡Como si juera tan jácil ir yo a hacerme cargo de enducar jamilias ajenas! Y ora cuál se espercude la jaltosa, y sin reparo delante de mi señor cura: ¡tan mal hablada que la verán! ¡Oritica que me cogió paque yo sea su guierno! Si bien dice el dicho, que las tales suegras que las aguanten los...

   (Y haciéndose una cruz en la boca, añadió):

   —San Pablo bendito, teneme esta lengua. Mi señor dotor: es que esta mujer lo enjiciona a uno a decir lo que no conviene. La mocita con que me quero mandar casar sí no tiene ya mama, pa nuir yo a cair en manos de suegra como ésta, que por lo visto habe de ser de las jinas. Porque andá lenguaraza deee...

   —Cuidado con injuriarse, y vamos a ver lo que hay de cierto en el cuento.

   Aunque aquello no tenía nada de serio, sino por parte de Petronila —que así se llamaba la que quería ser suegra de Isidro— y como no había voluntad por una de las partes, y era muy desigual la pareja, los dejé seguir en sus alegaciones, para que no dijeran que no los atendía.

   —A ver, Petronila, si vino su hija, dígale que entre.

   —Ta aquí ajuera; pero ella ta emperraa y reuta a que no dentra sinues por palabra de casamiento con este jurijío zarrapastroso, con perdón de mi amo y la luz que nos alumbra, indio conjiscao, sooo...

   —¿Qué es eso, mujer?, no sea usted grosera.

   Entonces Isidro, volviéndole la espalda, dijo:

   —¡Hiii!, ¡la chapetona, la blanca tan bizarra ques! cuándo pasaría el charco la sooo.. .

   —¡Silencio! No sigan insultándose. ¿Cómo se llama la viuda?

   Isidro soltó una gran risotada y dijo:

   —Si nian el nombre se lo sé, mi amo. ¡Esque yo casarme con viuda, y ya mayor! ¡Avemaría! Ni enjumentizao que tuviera; y con tua la ralea que me llevaba. Y esque yo criando melizos! ¡Güen caudal me llevaba! ¡Quedaba yo nuevecito, y más a más la suegra que me tocaba! Esa sí me la cambea. Si yo no toy eschabetao.

   —Llame a su hija, Petronila.

   La mujer, ya temblando de cólera, dijo sacando la cabeza hacia el zaguán:

   —Pasá pacá, Miquela, a la contesta, y a que golvás por tu creito y puel de yo; porque el endivido éste cuándo es que me la puede; en otras priores me he visto. Pasá pacá.

   La pobre viuda, que no bajaba de sus treinta y cinco años, entró muy cobijada y encogida. Puso tras la puerta dos pollos y una mochila con plátanos y yucas, y prendidas de la mochila las alpargatas. Al acercárseme dijo, suspirando:

   —Sacramento del altar, mi amo. ¿Cómo hastao sumercé?

   —Dios la bendiga. Estoy bien.

   —Gracias a mi Dios que siquera se halla con su salú; yo me he visto muy mala. Por eso dispense mi amo, que no me haiga puesto los alpargates porque tengo un siete cueros, y los sabañones no me consienten nada en los pieses.

   —No tenga cuidado.

   Fue a coger los pollos y la mochila, pero Petronila le dijo:

   —Tuavía no. Pero andá mujer ésta, que le dice uno cómo ha de hacer las cosas, y nada que alvierte; aguaitá tantico, y quitáte la gorra.

   —Micaela: ¿cuánto tiempo hace que usted tiene relaciones con Isidro?

   —¿Que cuántas amistaes ha tenío yo? Nian una.

   —No, con Isidro, el que está aquí.

   —No, mi amo, yo no sabía su nombre siquiera.

   —Si las amistades, dijo Isidro, no provienen más que del gasto de anoche, y lo que ñúa Petrona nos ayudó a beber; porque pareso sí las vale. Las manos nos las dimos dos meras veces, cuando salió y cuando se espidió; y como taba escuro, yo nian la conocí.

   —Ya ves lo que resulta por andar de truhán en esas ventas, hombre.

   —Y la palabra que dio, que la cumpla, que pareso hubo testigos, dijo Petronila.

   —Mi amo, si es que uno coge y habla asina en pláticas de piones; y como le digo, todo provino ende anoche, y se creyó aquí la patrona de una mera chanza pa coger tan a pechos la junción, y si no, ai ta la mesma hija que no me dejará mentir.

   —Asina jué, dijo Micaela, que la conocencia viene ende anoche; yo, la verdá sea dicha, que nunca ni jamás había columbrao aquí al mocito.

   —¡Qué me iba a columbrar!, ¡si yo nuase nian dos meses que vine de Chovachí, dionde soy raizal!

   —Y usted, Micaela, ¿sí querría casarse con Isidro?

   La viuda, siempre sin levantar la cara, empezó a quitar con las uñas moticas de lana de su mantilla, y contestó en tono muy remilgado y moviendo la cabeza hacia los lados:

   —Pus quén sabe. Yo tenía determinao de no golver a tomar estao, porque con el dijunto mi marío, que Dios me reparó, y que El lo haiga perdonao, porque anque jué con el gusto de mis papades, como tamién me tocó que era muy mozo, padecí yo tánto, y me dio tan mala vida, que allá la tará pagando, y nues por desiarle mal. Por eso taba yo enresoluta de tomar sigundas naucias; pero como ora tamién es el gusto de mi mamita, que ta aquí presente, y dice que ella esque le da prencipal al mozo, y sies que él se hace cargo de mis jamilias, y no me ha dir a dar mala vida, y sies que hamos de vivir en compaña de mi mamita, y sies que él ha de tar siempre obediente a ella y a yo, siempre nos casaremos, ¿no, niño Isidro?

   —¡Ajá!, núes poco lo que desige, repuso Isidro a media voz.

   —Esues lo que yo quero, dijo Petronila, que yo ya pocos serán mis días, y lo poco u mucho que hay es parellos, y yo perdono de todo mi corazón aquí al Isidro; y aquí le traigo a mi amo la pendejaa y la porquería de un par de pollos y unos plántanos con unas yucas paque se los coma jreídos.

   Todo esto lo decía radiante de gozo; pero antes de que cogiera los pollos y la mochila, y para que no fuera a creer que con esto me hacía fuerza, le dije:

   —Espere; deje ahí todavía esas cosas.

   —Es que queremos irnos, porque allá quedó solo y ya que se arregló esto, nues sino que mi amo les cite el día en que han de golver.

   —¿A qué?

   —A la junción del casorio. ¿No ve que ya la niña dio el sí? Eso queda convenío asina.

   —No, señora. A este muchacho no se le puede someter a las condiciones que le pone su hija; y él ha dicho que no es su voluntad casarse con ella.

   —¿Por qué no ha de ser su voluntá, siendo la de yo y la de la niña? Y aquí treigo este descrito que me hizo un abogao pa que lo obliguen a casarse, y anque me cueste plata, que pareso hay hartos dotores de leyes.

   —Déjese de eso, mujer, no gaste su dinero, ni se crea usted de esos tinterillos, que no son tales doctores, y que no hacen otra cosa que engañarla para sacarle su dinero.

   —Isidro, ¿qué dices?

   —¡Ah carambolas! Ora sí déjeme hablar, mi amo.

   —Habla, pero cuidado con insultar.

   —¿Yo dejarme casar con ésta?, ni dormío.

   —No digas dejarme casar, que nadie se casa por la fuerza.

   —¿Yo?, ni que me la regalen con tua su estancia, con tuo y trapiche, ni que me la presiente su mama engüelta en rope Castilla; ¡y esque viuda, y los hijitos que tiene! Si pareso hay onde escoger.

   —Luego, volviéndose a Petronila, estiró el cuello y mostrándole la garganta le dijo:

   —Mire, si tuavía no me ha salío el coto, ¿oyó? Mi señor dotor: me dejaba yo más bien echar un par de alacranes en el seno, antes que ser yo guierno de la patrona ésta; si es unaaa...

   —No, nada de injurias.

   Entonces Petronila se enfureció, y desgreñándose el pelo (que poco era el que tenía), dijo:

   —¿Yo dejar casar mi niña con este conjiscao garrabás de la trampa? ¡Ja!, esa si no; ¡será paque dentre a mi casa el azote de mi hija y de sus angelitos! ¡Esa sí que no, ni cuándo! Yo no doy el consentimiento, mi señor dotor; que no jaltará otro que siaga cargo della y coja su güenestancia que le tengo aprontaa. ¡Hijas me diera Dios!, que guiernos tendría en mis puertas al descoger tolos días. ¡Mire qué! por lo que es eso no hay aján, hija, que ningún horno de pan se nos ta quemando. A este cochambrudo no le hamos de dar gusto; y anque se lo reiga, yo no doy el sí, sólo por eso; y que me obliguen.

   Al decir estas cosas se daba con el sombrero en las rodillas, giraba sobre los talones, se sonaba con la mano y daba golpes sobre la mesa. Luego se sentó en el suelo y empezó a quitarse las alpargatas, se las prendió en la cintura, sacudió con violencia las enaguas y volviéndose a Isidro, le dijo:

   —¿Te quijites armar, no? ¡Chupá que no pudites! Andá a los quintoooos apuraos, aparecío, escamisao, sooo...

   —¡Silencio!, no siga insultando, mujer.

   —Vamos, Isidro, págale a Petronila lo que le debes y quedemos en paz.

   —Por supuesto, mi amo, que pare en eso, que pa lo que es pagar lo ajeno, yo no me corro.

   Sacó una bolsa de cuero y botó los dos y cuartillo en el canto de Petronila, porque estaba sentada arreglando la mochila, entre la cual metió los pollos dejándoles libre solamente la cabeza, y haciéndolos chillar a fuerza de apretones. Al caer los níqueles en el canto, escupió sobre ellos, sacudió las enaguas y los botó al suelo diciendo:

   —Ai dejo ese dinero palechura del Santo Templo, porque lo que es dinero tan pleitiao sí no cuela a lo que es de yo, porque no quero que vaya a mi casa esa polilla. Eso hasta jalso será: que se pierdesa diauda, que como deso sía perdió; y dándome Dios vida y salú, tengo con qué darles de comer a tolos esgalamíos que vayan a mis puertas.

   —Le agradezco la limosna para la Iglesia, pero no se deje llevar por la ira, ni se preocupe por buscarle novio a esta pobre de su hija; y sírvale todo esto para tener cuidado con las gentes que van a esa venta, porque usted tiene una gran responsabilidad delante de Dios si no impide los desórdenes que se ocasionen en su casa. ¿Y usted no ha oído todo lo que he dicho constantemente respecto a esos velorios que no seon otra cosa que un semillero de desórdenes y de escándalos delante de un cadáver? ¿Y no prolongan ustedes esos desórdenes por nueve días, para más ofender a Dios? ¡Qué cuenta la que se les ha de pedir en el Tribunal de Dios! Pero ustedes, aunque uno les predique, no hacen caso.

   —Por lo devota ques, dijo Isidro; si ella yo creigo que nian conocerá la ailesia.

   —Callá, que naiden te lo tá viriguando, jullero, entremetío.

   —Mi amo, por resuelta, empóngale sumercé una güena pinitencia, y porque es muy amante esta mujer a aquerenciar las amistaes en esa su venta pa sacarle a uno su trabajo. Y si juere posible, hágala que se conjiese ora mesmo, porque bien vido sumercé cuán me ha puesto a malas razones; y endespués, sino ha sío porque mi amo le tranca, no jaltó naitica paque yo me viera ya cautivao con esa su hija, que quen la ve aquí y esque tiene unos alcances y una boca de pleitista que esque se la gana a la mesma mama, según me injormaron anoche.

   —¿Qué idea tienes tú de la confesión? Si para confesarse es necesario estar uno muy bien dispuesto. Tú no vuelvas a la casa de Petronila ni andes por ahí en esas ventas perdiendo el dinero, el tiempo, la salud y la vergüenza y ofendiendo a Dios. Si quieres casarte, ven pronto a hacer informaciones; y cuidado cómo vas a armar camorra con estas mujeres, porque te hago castigar.

   —No haiga miedo que yo dé mi brazo a torcer, y en la semana que dentra vengo con mi padre y el de mi mocita, y arreglamos con mi amo el día en que nos hamos de mandar cautivar.

   —Este jurijío sí lo hará en ir a ser jaltoso con nosotros, porque él bien sabe que semos mujeres sólidas en nostra casa, dijo Petronila.

   —Le juro a mi amo que yo no le quedo mal, repuso Isidro.

   —Estamos; pero antes de irte, es necesario que se perdonen mutuamente, para que Dios los perdone, ¿no es verdad?

   —Asina será, dijeron todos.

   —Eso es, y vayan en paz de Dios. Nuevamente le recomiendo, Petronila, que no autorice desórdenes en su casa; y usted, Micaela, cuide de su madre y de sus hijos y déjese de pensar en novios.

   —U que los busque viudos, y al igual de ledá de ella, porque lo que es en mozo y alentao como yo, sí que no piense que se arma, anque la laven en quén sé cuántas aguas. Aguéitele sumercé los ojos y verá cual ta de pichosa, y con un coto que ni una chirimoya.

   —No digas eso, le observé; pero él no se dio por entendido, y continuó:

   —Es que yo les voy cogiendo como inroñía a esas ventas. Y estas mujeres nues la primera vez quesque le echan a uno trampa, ya con velorios, ya con jandangos en esa venta de tolos díaa... ¡caballo!, por no decir otra cosa más jiera.

   —Callá, dijo Petronila, esgalamío, perro sin dueño, quén te lo ta viriguando, embustero, lenguón; qué te va ni qué te viene con eso. ¿Qué camisa te pusites con tus enrieos, alcachurete, sooo?...

   —Calle, mujer, no sea insolente.

   —¡No le digo!, mi amo, si pareso sí la topan, y antes no ha dicho tolo quesque sabe. Desamínela sumercé en la dotrina a ver si es tan sabia como en los ensultos, y verá cómo ai si no ditamina. Tómele el desamen, mi amo, y verá cómo en eso sí la corro, como saber que una vela vale un cuartillo.

   —¿Y tú sabes la doctrina?, vamos.

   —Eso sí mi amo, ¿no ha visto que yo no jalto los domingos al catacismo? Yo sí la sé; pero es que se me ta revelando que esta mujer no sabe naitica. Tómele el desamen, mi amo.

   —No jaltaba más sino que este mostrenco jariceo se metiera también a sota-cura de mi señor dotor; si él no lo meneste. Calláte, condenao, y quitate de mi vista que, juere la crisme Dios, so garrabás de la trampa, parecés un...

   En esto entró al despacho un caballero a quien tuve que atender, y Petronila cogió la mochila con los pollos, los plátanos y las yucas, y al ir saliendo con su hija, me dijo Isidro desde el zaguán, muy afanado:

   —Mi amo, se le van las patronas estas sin el desamen.

   Y fue tal el afán de las pobres mujeres, que sin decir hasta luego, salieron muy aprisa por la calle arriba, con la cara vuelta hacia atrás y haciéndole cruces y gestos a Isidro, quien con un su amigo que llegó a tiempo, soltaba las más estrepitosas carcajadas, y decía:

   —¡Diga adiós cuando se vaya!, niña Petrona. ¡Chupe que se quedó metía! ¡A mi amo no lo engañan con presentes, como a los escribanos! ¡Chupe que no supo la dotrina! ¡Conjorme corrió pacá a entimarme mal con mi amo cura, corra pa su casa, que allá tarán en un llorar sus melizos de su viuda, que me quijo acomodar a yo!

 

 

EL HA SIDO UN SANTO

 

   Don Güílfrido se crió en uno de los pocos hogares sin religión que a las veces se encuentran entre nosotros, hogares tan fríos como las enseñanzas que en ellos reciben los niños; donde jamás oyen hablar de amor de Dios, sino para blasfemar su santo nombre; ni de piedad, sino para ridiculizarla con fábulas groseras. Llega un día en que este joven se decide por el matrimonio, después de haber puesto por obra aquello que de los impíos dice la Santa Escritura: Coronémonos de rosas, antes que se marchiten; y no haya prado donde no dejemos las huellas de nuestra intemperancia1. Quizás ha resuelto casarse por miras puramente humanas. Comoquiera que sea, lo cierto es que viene al despacho parroquial en solicitud del cura, a quien por primera vez saluda, y empiezan las grandes dificultades para hacerle entender las cosas. Se le advierte que no se puede hacer todo como él quiere, a escondidas y de noche, que hay que practicar una información de testigos, que tiene que confesarse, etc.

   Sorprendido de todo, ignorante de los más triviales rudimentos de la doctrina cristiana, que él califica con los nombres de vejeces y rancieras, termina aquella primera entrevista proponiendo una porción de desatinos, aunque al fin conviene en que hará, para salir del paso, una confesioncita chiquita (sic), y habla así ¡porque nada sabe! El cura a quien solicita en esta vez ha sido el objeto de sus burlas en los periódicos, en las tabernas, en los garitos y en otros lugares, mudos testigos de su disolución. Le repugna a este hombre la idea de tener que entrar al templo y de arrodillarse delante del altar, contra los cuales ha dicho y ha escrito los mayores desatinos y blasfemias. ¿Y por qué avergonzarse de penetrar en el templo de Dios? Porque si algunas veces se le ha visto en él ha sido con el fin de burlarse de las ceremonias y de tomar armas para mejor ridiculizar la piedad con sus camaradas de juergas. Después de mucho trabajo para enseñarle lo indispensable y prepararlo convenientemente (?), revistiéndose el cura de toda la paciencia y caridad posibles, oye la primera confesión del novio y presencia el matrimonio sometiéndose a multitud de exigencias. (¡Bonitas diversiones y comodidades son éstas!). De las ceremonias que la Iglesia celebra en tales casos él no se dará cuenta, ¡qué se le va a dar! si sólo se preocupa en abrir a cada minuto el reloj para ver si ya va a quedar en libertad para entregarse a las diversiones que en tales casos acostumbran.

   Así empieza la nueva época de aquella vida. Este nuevo hogar se funda en la indiferencia religiosa en que se formó el que hoy es esposo. Este no volverá a entrar a la Iglesia. La mujer, si es de familia piadosa, se verá en grandes dificultades para cumplir con algunos de sus deberes religiosos, al principio, y después seguirá las huellas del marido. Ya no volverá a abrir el devocionario que su piadosa madre le dio el día de su primera comunión; en cambio sus lecturas predilectas serán las novelas que halló en el estante de su esposo, y que al principio adormecerán y luego han de extinguir la fe y el amor a la virtud en su corazón. Los objetos piadosos que llevó de la casa paterna, pronto saldrán de su cuarto al de las criadas, y de allí a la calle, el día en que éstas se retiren del servicio. La Iglesia y sus funciones no le llamarán ya la atención, porque esas prácticas no se avienen con los usos y costumbres del gran mundo. Y aquí es de pasar por alto los innobles compromisos que suelen contraer las gentes irreligiosas, y que llevan el germen de la disolución y el envilecimiento de la familia cristiana.

   Estos dos seres vienen a ser padres de familia. ¿La educarán cristianamente? No tal. El padre ignora todo sentimiento religioso, y en la madre los sentimientos de religión y de piedad se han amortiguado. ¡Pobre hogar! Llega el tiempo en que es preciso educar los niños. ¿Se les llevará a colegios católicos donde puedan formarse esos corazones para el bien? En manera alguna, porque los esposos procuran ser consecuentes con las diabólicas teorías sugeridas en los libros de autores perversos que son la peste de la sociedad; y si esos niños en su casa oyeron hablar de Dios de un modo despreciativo, ahora irán a un colegio donde ese santo nombre no pasará de ser más que una palabra que nada significa para ellos. ¡Pobres niños! En ese colegio se les estimulará, y ellos por su parte, serán aplicadísimos a todo aquello que, desprendiéndose del cruel materialismo, fomente su sensualidad. Aprenderán allí que el placer es el fin de la vida, y saldrán armados con todos los sofismas, absurdos y teorías más degradantes para hacer implacable guerra a todo orden y a toda autoridad. Nada tradicional hay que admitir, porque todo eso es antagónico del progreso, dicen ellos. Y dominados por el error se sienten impelidos por destruír todo lo antiguo y sólo quieren glorificar todo lo nuevo; y con bárbaro furor desean ver desaparecer cuanto con ellos no empezó.

   Pero sigamos a don Güílfrido. Sin hacer el proceso de toda su vida, vamos a acompañarlo en el último y más angustioso trance que es la muerte.

   Veámoslo tendido en una cama y próximo a comparecer ante el Supremo Juez. Está rodeado de sus amigos, quienes le hablan de las últimas noticias que dan los periódicos acerca de la persecución a la Iglesia; le hablan de negocios temporales; pero con nada de esto pueden devolver la paz a una conciencia que se halla turbada por los más espantosos remordimientos, y tocando ya la realidad de todo lo que en la vida combatió y negó. Los hijos, consecuentes a las enseñanzas que de él recibieron, importunan a su padre empeñándose en hacerle creer que no tiene alma, que todo va a terminar con la vida. Pero imposible que logren tranquilizar ese espíritu atormentado de mil maneras. La zozobra se lee en el semblante del moribundo, y se comprende por algunas mal articuladas frases que se le escapan en medio de los agudos dolores de la enfermedad.

   En tal situación el cura se presenta, llamado por la familia o por indicación de algún extraño, y en este último caso se entabla más o menos esta lucha:

   —Sé que el señor está enfermo y vengo a ver en qué puedo servirle, dice el cura.

   —Gracias, señor, contesta uno de los hijos; la afección de papá no es grave, y por tanto no es el caso de aceptar sus servicios; en otra ocasión puede usted venir, aunque...

   Esta contestación es plenamente aprobada por los otros hermanos, que con algunos amigos están esperando al notario para hacer el testamento.

   —¿Me permiten ustedes entrar a la pieza del enfermo?

   —El médico ha prohibido las visitas, responde alguno.

   Todo esto pasa de ordinario en un corredor, y a la voz de «entró un cura» se van reuniendo todos los parientes y amigos, inclusive el médico. El cura tiene que revestirse de toda la paciencia posible para no desesperar; no se le manda pasar adelante, sino que tratan de que desocupe el puesto. ¿Verdad que es muy cómodo todo esto? ¡Bah! ¿y lo que sigue? Luego llega la señora del enfermo y dice, dirigiéndose al cura:

   —¡Ay!, doctor, Dios es injusto; Güílfrido está gravísimo, se muere, esto no puede ser...

   —No diga eso, señora, arguye el cura. Dios no es injusto; lo que usted acaba de decir es una blasfemia.

   —Pierda cuidado, mi señora, dice el médico; la ciencia lo salva; la morfina lo hace todo. Lo que importa y es condición sine qua non, como dicen los padres —¿ya ve padre que hasta de latín sé?— lo que importa sobremanera es que no se le permita a nadie que entre a la pieza del enfermo y que no hablen de el nada, porque vendría en el acto una congestión cefalálgica que lo podría matar instantáneamente.

   —¿Pero el enfermo sí habla, señora?, pregunta el cura.

   —Pues el doctor que es el médico de cabecera de Güílfrido, y la providencia de esta casa, dice que no. Yo no entro a la pieza hace días porque me choca ver sufrir a Güílfrido.

   —Sigue usted la ruta de una mujer fuerte e ilustrada; y mi opinión es clara; repito que no deben dejar en ningún caso ver al enfermo, porque el peligro de una meningitis violenta es inminente.

   —Pero si él dijo esta tarde que quería confesarse, dice la mamá de la señora.

   —Eso es a causa de una complicación nerviosa; pero lo que es hablar, le causaría una novedad gravísima, repone el sabio.

   —Mi señora, dice el cura insistiendo, permítame usted entrar.

   —El calor de una persona en la pieza, agrega el esculapio, es precisamente lo que puede desarrollar en él una pleuresía instantánea.

   —Sí, mamá, aquí debemos atenernos al dictamen del médico, y nada más, dice uno de los hijos.

   La suegra del enfermo entra al costurero donde están las niñas fumando cigarrillo, y se hinca ante un crucifijo que llevó de su casa y que no ha logrado introducir en el cuarto del moribundo. (¡Adelantos del siglo!).

   Golpes en el portón.

   —¡Adelante! El notario, el notario. Siga usted, señor doctor. ¿Trajo escribiente?

   —Sí, señores, cómo no; y tres testigos, aunque presumí que aquí encontraría quienes pudieran desempeñar tal oficio.

   —¡Ah!, sí, como usted ve, testigos nunca faltan, y muchas veces sin llamarlos. ¿Comprende?, dice uno de los hijos del enfermo.

   —¡Oh!, cómo no; esas son indirectas directas, ¿no es así? Comprendo y combato con ustedes.

   —Corriente, insinúa el médico, con la gente que comprende así, al vuelo, es con quien yo me entiendo. ¡Viva la ilustración de nuestro siglo!

   Uno de los jóvenes corta la conversación con esta frase:

   —Vamos al salón, señor notario y compañeros, y siéntense; están ustedes en su casa.

   —Usted, doctor, dice la señora al cura, si pudiera volver después, porque...

   —Espero aquí, señora; no importa nada la poca voluntad que me manifiestan sus hijos, si puedo salvar a su esposo.

   —Mirá Inacio: andá al comedor y sacáte un asiento y acompañás aquí al doctor, ¿oís?

   Comodísimo es todo esto ¿no es verdad? En fin, se trata de salvar un alma. Vamos. La señora sigue paseándose por el corredor; el médico entra a la pieza del enfermo, mientras los hijos previenen al notario en un extremo del salón; pronto se les acerca el médico y les dice:

   —Para el caso hay buenos síntomas: la pleura está bien y las regiones pulmonares funcionan con toda regularidad; pueden entrar. La ciencia triunfa.

   Entran todos; el enfermo puede hablar, y ya no hay peligro de que el calor desarrollado en la pieza, no por una sino por varias personas más, le sea nocivo al enfermo. ¡Qué cosas las que hacen estos hombres!

   Desde la puerta del salón dice la señora:

   —¡Niños! ¡Recuérdenle a su papá lo del legado de las monjas y del...

   En el acto sale uno de los presuntos herederos, en asocio del médico, y le dice a la madre:

   —Mamá, déjese de monjas y de frailes, que no está el tiempo ahora para regalos. Que trabajen los reverendos y las reverendas. El tiempo en que los frailes intervenían en todo es moda que ya pasó. Después, después veremos lo que se ha de hacer. Dejémonos de frailes.

   —¡Campo Elías! ¿Qué es eso? Vean que hay que arreglar ese pleito, y la suma de esas señoras por la hacienda de...

   —Usted es muy fraile en estas cosas, mamá, dice Campo Elías.

   —Niño, mire que la sociedad...

   —¿Y qué?, deje sus rancieras, le digo; mama Chepa, llévese de aquí a mamá, porque con sus escrúpulos y beaterías nos sancocha la sangre. Para tinterillo no había tenido usted precio. ¡Vaya con sus tonterías!, usted no era así.

   —¡No, Campo Elías!, mire que su papá sí me dijo un día delante de ustedes que...

   —¿Qué? No siga, no me caliente. Mama Chepa, le digo que se lleve de aquí a mamá.

   —Mi hija, véngase, y dígales a los niños que cuando acaben el testamento dejen entrar al señor cura, que Güílfrido sí...

   —¡Otra te pego! Vea, mama Chepa: que le lleve la muchacha el farol y váyase a dormir. Ya usted se conjuró también contra papá, con sus mojigangas esas. Yo no creo en eso.

   —Vea señor, dice por fin el cura, estoy en su casa y no pretendo ofenderlo, pero usted me injuria gratuitamente. Yo no saldré de aquí sin hablar con su padre, porque sé que él me necesita. Obedezco al cumplimiento de mi deber.

   —Pues el médico ha dicho que la impresión que reciba papá, al verlo a usted, puede causarle la muerte. ¿No es así, doctor?

   —Evidentemente: cualquiera impresión en él podría causarle una parálisis, y esto sucedería con la presencia del padre éste, o viene la peritonitis como un rayo. Yo salvo mi responsabilidad ante ustedes.

   —¿Con mi presencia, por qué?, pregunta el cura.

   —Porque papá no cree en eso.

   —Yo le ofrezco que su padre cree tanto como creo yo, y como creerá usted en el mismo caso.

   —¡Ay! no vayan a matar a papacito con esas cosas, grita una de las hijas.

   —¡Delia! ¡Campo Elías!, dice la señora, ¿qué es eso? No digan tales cosas, que su papá sí cree.

   —Nos la sacamos con la beata a estas horas, contesta Campo Elías, ¿vamos a tener aquí convento? ¿ya usted también, olvidando las luminosas ideas de papá y las suyas, quiere resultar camandulera? Déjese de mojigangas, le digo.

   —Señor, repone el cura, ya sulfurado, si usted es caballero debe ser más comedido, no me siga usted ofendiendo. Entienda que no le tolero a usted más ultrajes.

   —Pues usted... disimule, porque es que mamá lo sancocha a uno.

   —¡Virgen Santísima! dice doña Chepa, al salir en obedecimiento a la intimación de su nieto; voy a suplicarles a las monjitas que ruegen a Dios por la conversión de Güílfrido. ¡Ah niños éstos! ¡Santo Dios!

   —¡Campo Elías!, papá te llama, grita desde el salón Epaminondas, donde se pasea con el médico, mientras el notario sigue en la tarea de hacer el testamento, y el cura permanece solo, rogando a Dios para que no se vaya a perder aquella alma. Al fin se acerca la señora y le dice:

   —¿Qué tal, doctor?

   —Bien, muchas gracias... Dígame, señora, ¿su esposo es católico?

   —¡Cómo no!, ¡tanto!, y muy creyente, y fervoroso; si ha sido inmejorable Güílfrido; él ha sido un santo, no le ha hecho mal a nadie; usted, doctor, no haga caso de lo que dicen los muchachos, que eso es efecto de la misma vivacidad ¡son tan talentosos y tan formales! Campo Elías, el mayor, es abogado, y es el vivo retrato de su padre, porque Güílfrido, cuando joven, era lo mismito de vivo; Epaminondas hizo sus estudios y no quiso graduarse, se dedicó al comercio; y desde que enfermó Güílfrido ellos manejan todo; dan dinero a interés sobre fincas, que fue a lo que se dedicó su padre, después que remató una hacienda de las manos muertas, y cuando adquirió un capital, con una casa de juego que fundó, porque él .ha tenido tanto talento para todo; ahora pensábamos irnos para Europa, ya que los muchachos están formados y que el pobre trabajó tanto para asegurarles el porvenir, y resulta que tal vez no se le cumplirá su única aspiración; pero yo tengo mucha fe en que el Ser Supremo le premiará todos sus sacrificios, porque El es justo y mucho más tiene que serlo con un caballero como Güílfrido que, como le digo a usted, ha sido un santo.

   —Mi señora, ¿su mamá dijo que el señor sí quería confesarse?

   —Creo que sí: se han empeñado tanto en eso mamá y algunas amigas de la casa que le estuvieron hablando a Güílfrido ayer, mientras salieron los muchachos, porque ellos no quieren que nadie importune a su papá ¡lo han querido tanto!, son unos santos estos niños; Güílfrido no tiene pecados ...

   —¡Quién sabe! ¡Ojalá!

   —Pero doctor: él no ha matado, ni le ha robado a nadie; él ha sido un santo; pero creo que dijo que por complacer a mamá quería tener una conferencia con un sacerdote bien ilustrado, porque como él ha sido escritor y ha leído tanto, tiene sus ideas, y para qué es contradecirle.

   —Pues está en un error.

   —¿Quiere usted que le muestre la biblioteca de Güílfrido?

   —Bien, veámosla; pero las ideas de su señor esposo, en pnnto a religión, no son ortodoxas; y usted tiene que corregir también las suyas.

   —Siga, doctor, y verá qué obras y qué pinturas tan lindas; él ha sido tan ordenado en todo. Entre y verá, doctor, lo lindo de este cuarto.

   ¡Santo Dios! ¡Qué abominaciones había acumuladas allí! La galería de las más impúdicas pinturas que ha podido producir la corrupción de nuestro siglo. ¿Y la biblioteca? La acumulación de todo cuanto de más infame, degradante y sucio se ha escrito para corromper a la humanidad, desde Paul de Kock hasta Zola, con toda esa turba de escritores que han agotado el vocabulario estampando las mayores indecencias y blasfemias. Todo lo que hay en un cuarto de éstos se ve y se comprende en un momento, y con la prontitud con que se rechazara un mal pensamiento, se desechan de la imaginación tales obscenidades, con las cuales sus autores tanto han envilecido el arte; sin que le venga a uno otro deseo que el de entregar al fuego tan inumundo foco de perversidad. Con la prisa con que se saliera uno de una cloaca, se busca la puerta que en mala hora se abrió para dar entrada a ese lugar.

   Ya en el corredor, respirando aire menos pestilencial y pensando de cuánto es capaz la perversidad humana, pregunta la señora:

   —Doctor, ¿qué le han parecido los cuadros?

   —¡Señora!, usted me ofende con semejante pregunta. Lo que me parece es que deben ser consumidas por el fuego tales porquerías. Eso es indigno de una madre, como lo es usted. Destruya eso, señora, y no permita que sus hijas entren a ver tales inmoralidades. ¡Qué cuarto! ¡Santo Dios! Esto no es de cristianos. ¿Y usted, señora, ha leído algunos... libros buenos?

   —¡Ay, doctor!, yo no he vuelto a leer nada bueno desde que me casé; porque una por complacer al marido... Mamá sí me decía...

   —Señora, usted necesita practicar sus deberes como cristiana.

   —Doctor, si yo recibí educación religiosa; pero desde que me casé...

   —Dígame, señora, ¿hará mucho que no se confiesa su esposo?

   —Treinta años que hace que somos casados. ¡Dios mío!, mamá sí me decía que hacía mal... Ya como que terminaron el testamento.

   Salen al salón el notario y todos los interesados, hablando en voz baja y dándose golpecitos en el hombro; se dirigen a un rincón, donde Epaminondas y el médico los esperan, con las correspondientes copas de brandy, que empiezan a apurar.

   —Mi señora, le prevengo a usted que el último y más importante servicio que usted puede hacerle a su esposo es el de facilitarle los medios de confesarse ahora mismo, y espero que usted haga valer aquí su autoridad para que sus hijos y el médico no me impidan la entrada, o la hago responsable a usted, delante de Dios, si se pierde esa alma.

   —No crea, doctor; ellos se ocupan ahora en... siga, entre.

   —Venga usted conmigo, señora, a la pieza del enfermo.

   —¡Ay!, yo no quería verlo, pero... vamos.

   Al pasar, dicen los hijos algunas palabras, pero atienden más a llenar las copas nuevamente. Ya no se preocupan porque el enfermo se confiese: esto para ellos es hasta cierto punto necesario para llenar algunas apariencias con la sociedad.

   Lo que importaba era el testamento. ¿Y la restitución? Se arreglará después, es decir: será nula.

   La pieza del enfermo no puede ser más desapacible y triste. Se halla tendido boca arriba, con los brazos caídos a uno y otro lado de la cama; tiene la cabeza sostenida por grandes almohadones; los ojos muy abiertos y sin movimiento; el pecho levantado; la respiración muy difícil, y el escape del aire frío hace que vibren con fuerza los carrillos. ¡La muerte ya se acerca!, y cargará con aquel hombre que en ese supremo trance no tiene más compañía que una mujer, en cuyo semblante se pinta la indolencia, que le frota la frente con un trapo empapado en alcohol, y dos hombres enviados por el agente mortuorio, quienes esperan que el moribundo expire para encargarse del cadáver; todos, pues, son gente asalariada.

   El cura, al acercarse al enfermo, le dice: señor, soy sacerdote, vengo a perdonarle sus pecados; usted es cristiano ¿quiere confesarse?

   —Looo... heee... deseeaado...

   —Sí, mi hijo, confiésese.

   Entra el médico, con las solapas del sobretodo levantadas hasta taparle las orejas, ve detenidamente al enfermo, le toma el pulso y sale diciendo a los hijos que se acercan fumando:

   —Ya no funciona la mucosa; esto es asunto concluído.

   Pero como advierten que el enfermo puede articular algunas palabras, toman todos sus sombreros, y salen.

   ¿Y por qué los hijos no esperan a ver morir a su padre? Porque esto no está de acuerdo con los usos del gran mundo, y porque les interesa evitar cualquier contratiempo testamentario.

   El cura sigue su tarea. La vida del enfermo ya se acaba.

   —¿Usted se retracta de todos sus errores?, le pregunta.

   —Síiii...

   —Si ha habido alguna injusticia en sus negocios, o si posée algo ajeno ¿es su voluntad restituirlo?

   —Síii restitiiiuu.. . Eeepaaamiii.. .

   —¡Epaminondas! ¡Campo Elías!, grita la señora.

   —¡Salieron!, contesta un criado desde el portón.

   —Eeel teestaaamen. .. dice el moribundo.

   Busca la señora en todas partes, pero no halla nada; y aunque lo hallara...

   —No parece, se lo llevaron.

   —Quee... haaga... Las mooonjaaas... eeel pleeiii... eeel... diiineee.. . dee...

   —Señora, dígales usted a sus hijos lo que está oyendo; que restituyan, dice el cura.

   —Reeestiii.. . mee.... mueee. ..

   —¡Ay! se lo dije a aquellos niños; ese dinero, ese pleito, dice la señora, y sale llorando.

   Empieza la agonía, vienen los estertores de la muerte, y el moribundo apenas alcanza ya a pronunciar el nombre de Jesús, que el sacerdote le repite exhortándolo a que haga actos de contrición; la señora, aunque oye que el sacerdote está encomendando el alma de su esposo, no vuelve a entrar, porque en las familias irreligiosas no se usa que la esposa ni los hijos presten ningún servicio al moribundo, ni eleven a Dios una oración por el miembro de la familia que se marcha para la eternidad. El sacerdote toma el Crucifijo que lleva sobre el pecho, y que es el testigo y compañero suyo en todas las batallas de la vida, le dice al moribundo que haga el último acto de contrición y en nombre de Dios misericordioso le da la última absolución, lo unge con el Oleo Santo, y muere aquel hombre sin haber podido hacer siquiera una confesioncita chiquita como la que hizo para casarse. ¡Como es la vida, será el fin!

   Al salir el sacerdote al corredor, dan en el cuarto costurero el primer grito:

   —¡Ay!, ¡se murió papacito! Lo mató el padre, lo mató!, ¿para qué dejaron entrar a ese padre? mató a papacito con una untura que le hizo, porque yo lo vi!1 El doctor, que es un sabio, sí lo dijo, que la presencia de ese padre podía causarle la muerte a papá!

   Inmediatamente entran corriendo los hijos del difunto atropellando cuanto encuentran por delante, y empiezan los abrazos y los gritos de desesperación, sin que en aquella casa se oiga pronunciar el nombre de Dios, si no es para hacerle inculpaciones; una palabra de resignación cristiana allí no se oye.

   ¿Y el cura qué hace? Se marcha para su casa pensando en la alteza de los juicios de Dios y en la sabrosura de vida que sus enemigos le atribuyen.

 


1  Sab. II, 8.
1  El Santo Oleo. (Histórico).

 

 

EN LA PUERTA DE GUARDIA

 

   —¡Alto! ¿Quién vive?

   —¡Colombia!

   —¿Qué gente?

   —Su atento servidor.

   —Así no se contesta.

   —¡Alto! ¿Quién vive?

   —El jefe de día.

   —¡Haga alto! Avance el jefe de día, y pare la comitiva.

   —¡Los de guarda, pelotón! Son reclutas. Diez conductores a caballo para cuatro indios amarrados.

   —¡Los de guardia, el coronel del cuerpo! Presenten! ¡Ar!

   —¡Cabo de llaves! ¡Cabo relevo! Oficial de guardia!

   —¡Mis amos!, vengo a ver a mi marío.

   —Le falta una hora para sacarlo del cepo.

   —Pobrecito; no le magullen sus piernas, que tá con la disipela.

   —Quién lo manda ser bellaco.

   —Pero si él nada le haaa...

   —¡Silencio!... ¡Ordenanza! A recibir la comida. ¡Alto y frente!

   —¡Niño Pabilondas! Que le manda dicir la patrona que ónde dejó los zurrones, y que el macho se lo jalaron anoche.

   —Qué macho ni qué demontres; qué zurrones ni qué diablos. Vaya diga que esta noche salimos a buscar al enemigo; que me mande otra muda de ropa y mi machete que dejé en el trapiche. Pero vuele.

   —Pero siesqueee...

   —Nada, aquí no hay siesque ni nuesque, no friegue; vaya pronto.

   —¡Corneta! Toque para que salgan las mujeres.

   —¡Afuera, afuera mujeres! Aquí no hay llantos que valgan.

   —¡Qué hago yo en este caso; mi marío, mi marío!

   —Los canastos se me quedaron adentro.

   —¡Mis amos! Se me quedó mi muchila con los calzones de mijo.

   —¡Qué calzones, ni qué pan caliente! ¡A la calle!, se dijo.

   —Me hace jalta a yo una limeta, tá tapada con una tusa; no se la tragen, melitares.

   —La tusa será su abuela, no me caliente la sangre; lárguese de aquí, no friegue.

   —¡Mi hijito, adiós! ¡Adiós Chepe!

   —Maldito sieste burro, que me quebró tualas ollas, y no dejó tiesto a vida.

   —¡Centinela! Deje salir a ese cotudo, y a este choneto también, que el cuartel no es hospital. ¡Lo que mandan de Anolaima! El alcalde me las paga porque mañana le diré quién soy yo y cómo me llamo. Y esos son los que se llaman servidores de la patria.

   —¡Los de guardia, tropa armada!

   (Plan, plan, cataplán, carrantamplán).

   —¡Alto y frente! ¡Descansen, ar! ¡Alinearse! ¡Al hombro las armas! ¡No seas bestia! ¡Al hombro izquierdo!

   —¡Mi amo! Es que yo soy zurdo.

   —¡Bruto! ¿Dónde vas?... Estos indios están borrachos.

   —¡Corneta! Son las seis.

   —Adentro, a contestar a lista.

   —¡Dos soldados a descargar los burros que vienen con agua! ¡Centinela, vea que se entran!

   —¡A la espalda! ¡Uiste! ¡Cójalos!

   —¡Uiste!, pariay, mi caballero. ¡Condenao! Ya me pisó una pata; bastaba ser burro. ¡Ah barriles tan pesaos! ¡Una, dos, tres: adentro, cuchuco!

   —¡Los de guardia, el coronel del cuerpo!

   —¡Firmes! ¡Al hombro! ¡Descansen, ar! ¡Arrimen las armas! No hay novedá, mi coronel.

   —Gracias, mi sargento.

   —¡Alto! ¿Quién vive?

   —¡El gobierno legítimo!

   —¡Haga alto, y eche pie a tierra el gobierno lifítimo!


 

   A tiempo que el ruido del cuartel se redujo al interior, sin que se percibieran las voces distintamente, dos mujeres entablaron el siguiente charloteo al pie de una ventana de mi casa, frente al mismo cuartel en que sus hijos estaban encerrados aprendiendo la disciplina para ir luego a derramar su sangre en esos campos de Dios, por la defensa de no sé qué legitimidad, cosa que para ellos es griego.

   Una de las dos mujeres, la que dejó la mochila en el cuartel, hacía rato que estaba allí sentada, llorando, cuando se le acercó otra que también lloraba, y le dijo:

   —Güenas tardes, niña Cristos, ¿qué milagro será de verla?

   —Güenas se las dé mi Dios, niña Pabla. ¿Qué tal le va iyendo de la güena vida? Siéntese pacá y siquera nos acompañaremos en nostros trabajos. Conque ¿qué tal leáido?

   —Ya lo puede ver, puaquí padeciendo entre esta soldadesca, con esta cogienda tan recia que nos ha venío a ver.

   —Pus aquí tá su compañera. ¿Y a quén cogieron puallá?

   —Al Jeles, que taba hoy pagando lobligación onde sus patrones. ¿Y vusté tras de quén anda? niña Cristos de mi alma.

   —Pus en buscas del Ciprián que se había juido de la cárcel del Colefio, por un mero rasguño que le dio a un espetor de caminos, y más se tardó en llegar al rancho por su ropa pa coger tierras de por medio, cuando, taitica, cayeron que aquello negriaba la redonde la casa; pero que no hubo jorma, ni onde meter al mozo, porque no valieron clamores, ni ruegos, ni por ojrecerles güena paga; y ora quén se cuánta prisión le saldrá a como tán de recios con la cogienda ésta.

   —Ese luechan pa las jilas, dijo Paula.

   —Pus quén sabe, pero a lo que es de ardiloso el muchacho, se les escapa con arma y too, y ónde lo alquiren.

   —¿Y no ha echao empeños?

   —Qué, si nua valió rogarle al mesmo perjeuto, porque dicen que con los que se juyen es que son más bravas las leyes.

   —No jué nada, ay tá lo que sacan diandar puay de camorristos.

   —Pero si el endivido ése nues ques nian otoridá siquera; y el cuchillo con que lo jurgó no lo ajlojó, y yo lo escondí entre el empaje, y como no habiendo testigos ni cuerpo de deleito, nuesque se puee arrestar a naiden, sigún me dijo un dotor de leyes que lo taba esjendiendo; y ora me pidió un peso quesque pun descrito quesque va a poner con endagatorias.

   —¿Y ante de quén?

   —Ante el mesmo perjeuto, pesque me dijo; pero yo creigo que nian le darán óidos a lo que tán de enquetos con esta batajola, que parecen ni que azogaos.

   —Y los otros mocitos, ¿qué camino cogieron?, preguntó Paula.

   —Esos, escondíos; quian diacer los probes.

   —En casa los trabajos son puel Jelesitos ¡ay, vida mía!, jué y se tardó por la venta y ai tá que lo apañaron en menos que se reza un credo. El lo que sí tiene es que sí tá muy contento con su cargüe melitar; pero uno que se queda sin saber onde le tocará dejar su caláver, ni que le cierre los ojos quén sabe en qué tierras. U quizás alanciao puay en algún hespital sin quen le alcance una sé diagua. ¡Ah caramba con la vida! ¡Mírelo, ya lo sacaron de guardián de la puerta; probecito, sin ruana y con ese armamento tan pesao, vida mía!

   —¡Pero lo bien que liasienta la cartuchera!

   —¿Cuál?, preguntó Paula. ¿La que echó al hombro?

   —No, ese como carrial de la centura; ai es onde cargan tuel cartucho, pero quén sabe cómo harán para morderlo, porque yo vide unos que tenían unos fefes, y conque es como de jierro; mire ora que güelva pacá el mozo.

   —¡Ajá!, ya vide. ¿Y eso tienen que morderlo? ¡opa!

   —Sí, pecharlo al jusil, dijo Cristo; pero en la guerre los melistas era el cartucho engüelto en papeles y a cada melitar le daban su güen morrionao.

   —¡Opa!, vusté como que tamién ha melitao, porque hasta diarmamento pesque sabe, sigún veo.

   —¡Puf! No ve que en esa ocasión yo me juí detrás del que endespués vino a ser mi marío.

   —¡Ajá!, qué le parece, si hasta guerrista ha sio vusté. Pero mire aquel indino del Jeles como ya nian me mira; y se trujo el cheleco nuevo, ya quedrá ir y perderlo puallá. Digo, ¿y éstos diora qué serán?, ¿conserveros u rabicales?

   —Deben de ser conserveros, porque allí taban unos cachacos del otro partío echando contra los mandones que ya parecía que se los sorbían.

   —Conque a yo, dijo Paula, me tuvo porjiando una y otra una cachaca allí, y ojreciéndome paga porque esque me juera con unos papeles puallá onde los enemigos, y a uno quén lo mete en eso, que ni uno sabe por qué será que pleitean y tán al agarrarse.

   —¿No sabe?, niña Paula; el patrón dijo en el trapiche quesque es pa ver si les pueden a los conserveros pa quesque dejen pasar el oro y la plata quesque nos trayen de lestranjería, pa acabar con el papel y con el nicle y paque esque nos golvamos toos ricos.

   —¿Vusté cree?, eso parellos, si alcaso, y nosotros los probes, mire (y se dio un golpe en un codo) caduno machuque y chupe; el tiro es a jregarnos quitándonos nostros hijos y nostros maríos.

   —Opa; pero las cachacas diallí de lesquina sí que tan requetebravas con los mandones; ¡yo las tuve oyendo, pero andá bocas!, y daca que tán colando a la ailesia y tomando conjisión cada nada. Vustí yo hamos de ser del partío de nosotros maríos, porque ay sí que dice el dicho que siempre la sangre tira.

   —¡Ayay! ya tá noche; ¿vusté se queda, niña Pabla?

   —Nada, me voy; si allá quedó todo en manos de la niña, y quén sabe qué habrá hecho ese angelito con tolos alimales, y quénse cuántas novedaes toparé con la marrana paría a lo ques de dañino ese alimal.

   —Yo tamién me voy a ver qué es de la vide los mozos que tan puallá puel monte juyendo que ni qué pájaros.

   —Conque será hasta endespuesito, niña Cristos.

   —Güeno, niña Pablita, que tope algún consuelo, y mire que no tamos tan lejos paque nos demos las manos y nos javorezcamos los entereses si es que arrecea esta revulicia de tolos diablos. ¡Ave María purísima! Güeno: conque siempre será con su licencia y que Dios me la lleve con bien.

   —Amén, quiasí sea por su güen deseo, y a vusté tamién, y mire que precure dirse breve porque ora es cuando hay que andar con alvirtencia paque no le quiten a uno lo que lleva.

   —Digo, niña Cristos, ¿y nos espedimos asina a secas? Yo toy con los meros sorbos de caldo ende esta mañana; toy que escupo balas de sequía.

   —¡Cómo alvirtió, taitica!, si yo toy en las mesmas, que ya me saraceo de sede. ¿Y ónde vamos que no topemos tánta soldadesca?

   —Onde las caquiceñas que siquera es güena la chicha y no la mezquinan tanto. Al Jelesitos ya lo remudaron, añadió Paula.

   —Esos los tienen atariaos en los dejercicios de la melicia y planazo que no les jalta; pero allá lo verán con Dios estos capataces que hacen padecer tánto a tua la probería.

   Diciendo esto se encomendaron a Dios y se marcharon.

 

 

LOS RESTOS DE JOSE LEON

 

   Muchas veces vieron los que pasaban por el camino a José León talando el bosque, o tendido cuando llegaba de su labor, debajo de los sauces llorones, plantados por él, y que asombraban el ancho patio de la pobre y reducida choza cubierta de astillas de roble, donde pasaba tranquilamente la vida, penosa eso sí, por el duro trabajo a que se había sometido con la esperanza de salir de pobre algún día.

   En esa choza se deslizaba la vida de José León, con su esposa, su hijastra y un niño de ocho años, único heredero de su nombre.

   Idílico sí era aquel lugar. Por la actividad y buen gusto de José León, la humilde casita estaba rodeada de un rosal que orlaba con sus flores la agazapada puerta; había muchos alelíes, trinitarias, violetas y no pocas hortalizas esmeradamente cultivadas, sin que en todo el año el fresal dejara de producir sus abundosas frutas. Todo estaba embellecido por una cristalina corriente que del cercano arroyo había desprendido José León; purísimas aguas que estancándose en el patio de la casita, debajo de los árboles, corrían juguetonas por el huerto, siempre alegre y fresco; y antes de esconderse en el bosque regaban la sementera que de la casita para abajo se extendía, cercada por los seculares árboles que de año en año iban cediendo el terreno al infatigable luchar de José León. Este a la sazón contaba veintiocho años, pero ostentaba vida para cincuenta más. Mucho había trabajado ya el pobre hombre. Era padre y sabía que mientras tuviera fuerzas no tenía derecho a descansar. Tenía abierta una roza cerca de la sementera, en lo más espeso del bosque, donde siempre hallaba huellas del tigre, que no pocos daños, según era fama, había causado ya en los ganados de la vecindad.

   Rendido por la fatiga se hallaba el bueno de José León una tarde debajo de los sauces, cuya sombra defendía del sol a su esposa, que se ocupaba en lavar la ropa; la hermosa figura de aquel joven, afeada por el desaliño propio de su clase, dejaba ver, sin embargo, las atléticas formas de su cuerpo en el pecho y en los brazos descubiertos, cuya blancura hacía contraste con el rostro y las manos quemados por el sol; estaba botado allí para reparar las fuerzas; la sudorosa cabeza apoyada sobre el haz de leña que de la roza acababa de traer sobre sus vigorosos lomos. Después de jadear un poco, contemplando la azulada bóveda de los cielos, al través de las temblorosas ramas de los sauces, dijo a su esposa, que permanecía indiferente a las fatigas del compañero de su vida.

   —Hija, ya tengo preparados muchos troncos, mucha leña, pero mucha, para sacar el carbón y pagar el arrendamiento de la estancita. Es mi trabajo de ocho días consecutivos. Mañana, con la ayuda de Dios, quemaré el hornito... ¿Me das algo qué comer, hija? Tengo hambre...

   —A la presente no hay nada. Mientras se hace la merienda alcanzas a arrimar otro viaje de leña... Mañana es mercao. No perdás tiempo, pero cuidao con ir a dejarte apañar del tigre, que ese animal tamién sabe comer Liones... Pero movete, hombre, agregó con cierta displicencia.

   José León, siempre cumplidor de su deber y habiendo notado hacía días cierto desabrimiento en su mujer, y harto mal humor en su hijastra, sin hacer ninguna observación, arremangose los pantalones hasta la media pierna, dejando ver sus esculturales formas, púsose los zamarros de cuero a medio pelar, desató el haz de leña, hizo un rodete de los rejos y pretales, echó al hombro el hacha y se marchó diciendo: «al mal que no tiene cura hay que hacerle buena cara», y se alejó de la casita por entre la sementera. Al remate de ésta se detuvo a contemplarla, y enjugándose el sudor de la frente con la manga de la camisa, tan rota como sucia, dijo para sí:

   —Bueno va todo. Bendito sea Dios; con su divino favor en este año no habrá hambre en casa. Hízose luego la señal de la cruz y se internó en el bosque en dirección a la roza que tantas fatigas le costaba, y de la cual estaba muy encariñado. La sementera de la casa dará para el sostenimiento de la familia; el carbón da para el arrendamiento de la tierra, y la roza para ganar con qué comprar dónde pararnos. Tales eran las cuentas que se iba haciendo.

   La mujer de José León, la hija de ésta y un su amigo lo siguieron a poco rato. Al llegar a la roza vieron que el pobre hombre luchaba por sacar astillas de un corpulento roble que había caído a los golpes de su hacha.

   —Venimos aquí con el vecino a ayudarte, le dijo la mujer.

   —Qué buena le va quedando esta roza, vecino.

   —Buena, vecino, repuso José León; y con el favor de Dios, buena labranza veremos. Y extendiendo el brazo y la vista, añadió:

   —Vea cuánto he trabajado, para ver si algún día salimos de pobres.

   —Descanse, vecino, dijo el amigo de las dos mujeres. Siéntese y descanse, y cuente qué va a sembrar aquí.

   —Eche pacá la jacha, que yo tengo güeña fuerza y le ayudo, dijo la hijastra de José León.

   Y en efecto: tomó la cortante herramienta y levantándola cuan alto pudo, la dejó caer sobre la cabeza de José León, derribándolo al suelo, como este noble hombre hacía caer los empinados robles; y ayudada la muchacha por la madre y por el vecino, le trituraron sin piedad el cráneo...

   Muy cerca de aquel funesto sitio tenía hacinada el pobre labriego toda la leña que debía producir el carbón, y en esa dirección condujeron aquellas gentes el cadáver de la víctima, después de despojarlo de sus ropas, sin que por entonces se supiera lo que con ella hicieron. Ya entrada la noche prendieron el horno. Lleváronse consigo toda la ropa, los zamarros y el sombrero; internáronse por una senda que José León había abierto en la maleza para sacar madera, y a su entrada dejaron el hacha (habiéndole lavado la sangre), los rejos, los zamarros, y aquí y allá, a largos trechos, fueron dejando, hechas jirones, las ensangrentadas piezas del vestido. A los tres días apagaron el horno, quedando la roza entenebrecida y medrosa como si estuviera cubierta de un amplio manto de luto por el humo. Con grande empeño regaron en las cercanías los mismos criminales la noticia de la desaparición de José León.

   El mismo día la desleal esposa, acompañada de su cómplice, bajó al poblado y fingiéndose loca de pesar, con grandes aspavientos puso el caso en conocimiento de la autoridad.

   —El tigre, el tigre, señor alcalde, el tigre ha matado a mi marido. ¿Qué haré yo?

   Sí, «una fiera pésima» ha devorado a José León, se le podía haber respondido a la perversa mujer.

   Según el relato de la dolorida viuda, la autoridad despachó una comisión, la cual volvió trayendo solamente los despojos de la víctima, y quedó confirmada, por lo pronto, la especie de que el tigre había devorado a José León. No dejó, sin embargo, de hablarse de que era preciso seguir investigando hasta hallar siquiera los huesos del difunto. Cosa natural.

   La mujer, que aparentaba no conformarse con la desaparición de su marido, habló con el cura del lugar para que le dijera una misa a San Antonio, para hallar siquiera los restos de su esposo. Se convino en que la misa se diría a los cuatro días. La mujer suplicó con lágrimas a todos sus parientes, conocidos y vecinos, que por caridad concurrieran a la misa a ayudarle a pedir al santo le diera luces de lo que había acontecido a su marido.

   Llegó el día señalado para la misa; todos los convidados acudieron a la cita, porque querían mucho a José León, y cada cual se esforzaba en calmar con reflexiones el dolor de la inconsolable viuda.

   —¡Pobrecita!, decían, ¡cuánto lo quería! Era tan bueno, José León...

   La comitiva se puso en marcha para el pueblo muy temprano, y todos los acompañantes buscaban alguna palabra de consuelo para la desolada viuda.

   Al rato de haber seguido ésta con su acompañamiento, dos de los vecinos que se habían excusado de asistir a la misa, se marcharon a hacer su agosto robándose un poco de carbón. Los tales empezaron a sacar el negro combustible por debajo de la pira, cuando de improviso uno de ellos lanzó una exclamación:

   —¡Ole!, ¡qué es esto!, ¡un poco de pelo aquí!... ¡Santo Dios! ¡Un difunto! ¡Sí, un difunto! ¡José León! ¡José León! ¡Sí, él es! ¡El es! ¡Asesinaron a José León!

   El era realmente. Estaba medio calcinada una parte del cuerpo. Los asesinos habían hecho una fosa muy superficial debajo de la leña, y allí colocaron el cadáver, cubriéndolo con una ligera capa de tierra, la cual impidió que fuera consumido por el fuego. Presurosos los hombres tomaron aquellos restos y se marcharon al pueblo. En el acto la autoridad tuvo conocimiento del suceso.

   Las gentes salían de misa a esa hora. Los criminales fueron sorprendidos inmediatamente en el atrio de la iglesia, y la viuda de José León, sin ser interrogada, fue la primera que gritó:

   —¡Yo no lo maté, señor alcalde; fue ésta con él!, dijo, mostrando a su hija y al amigo de las dos.

   Los votos de la viuda fueron cumplidos: se encontraron los restos de José León.

 

 

EL NEGRO PASCUAL

 

   El negro Pascual era un muchacho de simpática fisonomía, alto de cuerpo y de escudriñadora mirada, a quien las niguas le invadieron de tal modo los pies, que perdieron la figura común de los bípedos. Era hijo de un negro caucano de los que vinieron con Mosquera en el año de desgracia de 1860, y cuyo nombre él ignora, porque ni su madre se lo ha dicho.

   Desde muy niño no se le conocía otro domicilio que la casa cural, de la cual era una especie de semoviente, junto con un gato viejo que era el hazmerreír de los ratones. Parásito del cura hasta el año de 1895, la guerra, que tantos males trae consigo, vino a remediar, o por lo menos a cambiar la condición del negro, conocido en el pueblo con los nombres de Palomo, Marfil o Catire, indistintamente. En esta época contaba unos veinte años de edad. Amiguísimo de dichos y refranes, daba bromas, remedaba y ponía apodos a cuantos se le antojaba.

   Desde que llegué a la parroquia y con los muebles de la casa cural me entregó mi antecesor al negro, me preocupé porque aprendiera algún oficio; pero esquivo al trabajo, me opuso tenaz resistencia y se me escapaba a todo trance. Por la mañana se ocupaba en repicar, tarea que desempeñaba con tal maestría, que los campesinos, reclamaban al arreglar alguna función, que repicara el negrito catire; después ayudaba a guardar los ornamentos, apagaba las velas, sacaba a látigo o a hurgones con una caña los perros que se colaban a la iglesia, y ayudaba a barrer. Sabía ayudar a misa, porque en su niñez fue acólito mayor, y era muy entendido en las ceremonias del culto. Nadie más hábil que él para encaramarse al altar mayor y a las vigas, aunque patojo, a prender festones y trapos o a colgar lámparas la víspera de una fiesta solemne. Tan luego como había desempeñado sus ministerios matutinos les echaba cebo caliente a las niguas y, patojo patojeando, se acercaba a la cocina donde empezaba a toser sin decir palabra, lenguaje inarticulado que empleaba para reclamar con urgencia la pitanza. Refocilado el apetito, y ya jarto, como él decía, se encerraba a dormir.

   Al principio de mi instalación en la parroquia, dormía en un cuarto tan oscuro como su propia cara, del cual se creía dueño, y cuyas paredes tenía empapeladas con los avisos y programas que iba coleccionando, desde que era pegador de cartelones y repartidor de papeles públicos.

   Cuando se vio perseguido por mí para que no durmiera de día en su cuarto, cogió el bautisterio de dormitorio, y cuando lo desalojé de allí se me fue a la torre, y como hasta allá llegaron mis pesquisas negrísticas, se desquitaba tendiéndose al rayo del sol en el solar de la casa, donde muchas veces conseguí que se lavara y se ocupase en algo; pero rehacio a toda tarea, no pocas ocasiones se hurgaba las niguas, se le inflamaban lastimosamente los pies y se declaraba inválido.

   Los miércoles, días de mercado en el pueblo y de la llegada del correo, el negro era el primero que llegaba a la oficina a pedir la correspondencia de sus patrones los del camellón, para pescarles a la gachapanda los níqueles o los chapoles, como llamaba él los billetes de a real.

   Se le veía dando saltos en el piso desigual, sin asentar más que los talones, haciendo piruetas por el camelllón, que en este día es un hormiguero de gente y de mulas cargadas; iba con el montón de papeles debajo del brazo izquierdo y con el sombrero en la mano derecha espantando las mulas para que no lo atropellaran; al coger la acera no la cedía a nadie para apoyarse contra las paredes en caso de un desequilibrio, diciendo:

   —Campo y anchura que va mi hermosura. Dispensen y demen un permisito que esto nues de tolos días, porque estas puercas patas me tienen tarriao; voy con mis conrespondencias.

   Si se tropezaba, cogía una piedra y se empeñaba en dar golpes con ella a la que le había causado el daño, diciendo:

   —Tomá so gran puerca paque te acordés y no lo golvás hacer, ¿oís?, demonio.

   Así trabajaba un rato, y luego de los primeros chapoles que le caían al bolsillo, se tomaba una buena dosis de «jarabe de tusa», como llamaba la chicha, y en seguida se acostaba, porque el cefálico «se la tenía tirao».

   Uno de esos días clásicos para el Palomo, me avisaron que estaba malísimo: en el acto bajé a su cuarto y le pregunté:

   —¿Qué tienes?

   —¡Qué he de tener! ¿no ve ni güele? que ya no puedo más con estos torcijones de tripas como si hubiera comido brujerías u bebido chicha duce.

   —Eso es precisamente lo que tienes, porque bebes cuanta chicha puedes, sea dulce o fuerte, como la encuentres.

   —¡Horita!, no faltaba más; será por lo que me gusta su mugre ése, cuando de olerla nomás, al ir a entregar esos andrajos de gacetas que saqué del correo, se me revistió quén sé qué diantres en el estógamo, que ya no puedo más de arquiar que parece que echo las tripas.

   —Sí; ya sé lo que tienes; te voy a dar un vomitivo para que te alivies.

   —No gaste su plata en balde. ¿Yo beber eso? ¿Gomitivo? Ni en lavativas me lo mamo; eso sí no dentra en mi pobre morada. Como no soy mulato, ni toy empachao; eso pa los que tán aventaos.

   —Si no tomas vomitivo te hago llevar al hospital ahora mismo.

   —En el acto se levantó y empezó a arreglarse los pantalones, diciendo.

   —¡Horita! Pero que me convenció. Como no toy llaguiento. No faltaba más; así se arman en yo pa su mugre de hespital como enlazar puel rabo un mico en un guadual; primero coge un relámpago que a yo en su hespital; no faltaba más.

   —¿Y a dónde vas?

   —Qué afán el de sumercé, que todo lo ha de averiguar; voy puallí onde mis conocidos a que me jierban una agua y a que me den un sobijo; pero ¿hespitalito?, parotro; yo anque pobre nuso deso. Arrenuncio satanases.

   —Espérate que te preparen aquí el agua que quieres.

   —¿No digo que no? Sumercé yo ya lo conozco; lo que quere es lucirse con yo encajándome quénse cuántos piñones, como si yo tuviera ajito. Si yo no soy sute paque me engañe; si el tiempo de los bobos ya pasó; pobre soy, pero anque me vean con el pellejo moreno, tengo sangre como todo hijoe vecino. ¡Qué carita hiciera yo con gomitivo y hespital! Gracias, gracias, no tomo. A otro perro con ese güeso. Esas aleluyas sí no me las dejo yo echar encima.

   —Míra, Pascual: si no dejas de beber así, y si no te sometes a trabajar, te echo de aquí o te meto de soldado.

   —¡Ajá, no es poco! Cómo quere sumercé que no beba, si no soy santo, soy de carne y güeso, y mi cuarto yo no lo dejo, y eso de meterme de soldao se conversa; como yo no me he juido de ningún panótico.

   —Cálla, negro insolente, porque te castigo.

   —Sobretodamente que yo no jué el primero en buscar pleitos; yo taba aquí queto en mi cuarto; su mercé jué quen vino a armar la junción con yo. Si me voy hora mesmo, porque con las condiciones que me pone, si no me conviene el negocio. Voy a llevar mi cama y endespués mandaré por mis papeles y mis banderillas, y mi capa de toriar, y mis máscaras pa la noche güena.

   —Lleva de una vez todo, y no vuelvas a molestarme.

   —Sí, señor; ya se le va a acabar su dedo malo, y pareso hay libertá, y pareso jué que pelió contra los chapetones el dijunto Golivar y el doctor Sentender, y yo soy libre, y viva la gallina y anque sea con su pepita, y endespués no me tén rogando; porque golver yo aquí es como ora llover parriba. ¡Es una guama!

   Diciendo todo esto, desprendió los papeles que pudo, envolvió en ellos algunos del correo que le quedaban por repartir, luego metió todo entre la cama, la hizo un rollo, la cogió debajo de un brazo y en la otra mano un tarro con engrudo y salió sin despedirse, diciendo:

   —¡Bien dicen que de juera vendrán y de tu casa te echarán! Asina salió también del cantor.

   Se fue a una casa donde estaba la madre de cocinera, y duró algún tiempo sin volver a la casa cural, aunque no podía prescindir de subir a la torre a repicar. Se ocupaba en hacer mandados, en barrer las tiendas del camellón y en «llevar sus conrespondencias».

   En la víspera de las fiestas eclesiásticas o civiles el negro desempeñaba un papel muy importante para él y los de su cuadrilla: se le veía en todas partes, saltaba las candeladas, quemaba cohetes y gritaba como el que más; se burlaba de Pedropalo, simulacro de hombre de madera con máscara, que pasea por las ventas la víspera y el día de la fiesta. Siempre salía el negro todo chamuscado por la vaca-loca, aparato de chusque forrado en un cuero de res, con cuernos envueltos en trapos y empapados en petróleo, y todo lleno de cohetes, triquitraques y velas romanas. Buscan un hombre que corra mucho, le colocan la vaca-loca en la cabeza, le pegan fuego en los cuernos y en una mecha por la parte trasera, y empieza el hombre a correr por la plaza, dando fuego en todas las direcciones y quemando a cuantos se le ponen por delante, en medio de la multitud de rapaces que corren capitaneados por el Palomo, y con una gritería capaz de taladrar las cabezas de los espectadores, vitoreando al Pecoso y al negro, y gritando mueras a Pedropalo.

   Sin esto no hay función nocturna que valga un bledo en la plaza de mi parroquia.

   Al llegar a la población algunas de tántas compañías de cómicos, acróbatas o toreros, el negro era el primero en ir a ofrecerles sus servicios, indicando el lugar más apropiado para la función, denunciando a las personas a quienes podían pedirles prestadas sus lámparas para el teatro, o los materiales para el circo. El se encargaba con sus agentes —el Machín, el Chueco, el Chimbilá, el Chulo y el Sietegüevos— de fijar los avisos en las esquinas, de repartir los programas y de llevar a las casas las localidades de la función a beneficio de un primer actor o un primer espada, previo aviso que había dado a «sus paisanos», de quienes debían ser favorecidos con aquel obsequio; porque el negro conocía los gustos y los recursos pecuniarios de todas las familias; él sabía cuáles se hallaban ausentes y cuándo debían llegar, y de este modo ayudaba a combinar el tiempo que debía durar la temporada.

   Al marcharse la compañía, reunía Marfil a toda la chusma de patojos que siempre lo seguía, y la cual, por influencias del mismo, había obtenido su abono en todas las funciones.

   Parodiaba todo cuanto podía del teatro, de la maroma o del toreo, aprendiendo cada uno de los socios algunas palabras extranjeras para llamar la atención del público hablándole en lengua diferente; distribuían sus habilidades lo mejor posible y anunciaban el beneficio del Palomo en un solar que gratuitamente obtenían. Catequizaba el negro algunos individuos para que fueran a tocarle tiples, chuchos y panderetas; hacía las correspondientes invitaciones valiéndose de los mismos avisos y programas que había sustraído del reparto, y quemaba algunas ruedas de triquitraques a la entrada del solar donde iba a dar su función. El no era avaro y se daba por bien pagado cuando cogía siquiera veinte reales, que gastaba con sus compañeros cordialmente. Trabajaba por amor al arte.

   En una corrida que dio, hacía de toro un infeliz tonto y cotudo, ensayado de antemano, y a quien Sietegüevos, vestido de verde y adornado con cintas coloradas, le iba diciendo lo que debía hacer. Después de algunos quiebros y verónicas del negro (alias Pastrana), sucedió, según me contaron, que preparó un buen par de banderillas verdaderas, que había cogido en la última formal corrida, se lanzó sobre el bicho, a quien apellidaban Cacheta y le clavó un harpón en el cogote al pobre tonto, que si más lo mata.

   Inmediatamente me llevaron a la casa cural al infeliz Cacheta todavía con cuernos y envuelto el cuerpo en un cuero de res. No podía levantar la cabeza porque el negro le había clavado una pulgada del afilado harpón verticalmente por entre la carne y la columna dorsal. El pobre tonto decía llorando, mientras yo me reía sin poderme contener al contemplar tan extraña figura:

   —Cójame, mi señor cura, que yo soy mansito, y no le hago nada, y sáqueme este chuzo de mi pescuecito; hágame ese javor, que yo no lo corneo ni le jalo coces. ¿Por qué me golvería yo alimal? ¡A vida la de yo, caramba!

   Tan grave fue el caso, que tuve que llamar a un cirujano, quien se vio en la necesidad de sajarle el cogote al tonto para quitarle el harpón.

   Ya fuera de peligro Cacheta, le hice desatar los cuernos y el cuero, y él viéndose libre suspiró y dijo:

   —Que sepan aquí delante de miamo dotor estos patojos chiribiquientos que yo no me güelvo a dejar quitar mi nombre de santo por ése de toro Cachetes que me mentaron, ni güelvo yo a dejarme cabrestiar a sus corralejas ésas, que cuál me golvió ese negro Pastrano que nian cristiano será Mi nombre es como cuando cargaba mi agua: tonto Abrelio nomás, ¿oyen?, y el cuero éste y la soga con que me tenían asigurao al gramadero, yo no las ajlojo hasta que el negro éste matachino junsionisto, no me aiga pagao el medio de mi jlete, que pareso juí bien rogao a los ensayes. Ya tres días en esas batajolas pa venir a chuparme mi güen jurgonazo que si más este negro sin concencia me echa ajuera tuas las tripas; perdí mi trato de mi agua y más a más la muenda de rejina, que me caye encima ¿quién me la quita?

   Empezó a llorar y añadió:

   —Ai tá lo que gané con tar hecho alimal; dende que el Señor echó su luz, yo apegao al palo sin comer ni beber. ¡Ah vida, caramba! ¡quén iba a crer!

   Todo se arregló prohibiéndole yo al negro continuar linchando tontos, y me encargué de ver por la curación de Cacheta. El negro les decía en voz baja a los de la cuadrilla, cuando vio que había pasado el riesgo de ir a la cárcel:

   —Pero, ¿qué opinan de ese banderillazo?, ¡y lo fino que me salió!, si el tal Cacheta las pone mejor que yo, que me emplumen, ¡caracoles!

   Disuelta quedó allí mismo la compañía, y cada cual se fue a su posada.

   A poco tiempo vino la guerra del 95 con su acostumbrado reclutamiento, y el Palomo fue de los primeros en quienes fijó sus piadosos ojos la policía. El trató de ganarse la voluntad de los agentes, pero viendo que las cosas apuraban, y que nadie habría de escapar, y sabiendo que lo buscaba el agente Casallas, se llamó a iglesia, y vino a suplicarme que olvidara lo anterior y que lo favoreciera, prometiéndome esta vida y la otra; todo lo hizo de tal modo, que yo convine y lo posesioné de su antigua habitación.

   Se reía a carcajadas cada vez que veía de soldado a Machín, su camarada. Ya iba terminando la guerra cuando enfermó el sacristán, y como yo no tenía a mano otro individuo para tal empleo, se lo conferí al negro provisionalmente, y con esperanza de poderlo sujetar, le di ropa para que se aseara y lo obligué a estar ocupado.

   Conversando un día con algunos de sus amigos en el portón de la casa cural, de donde no había vuelto a dar un paso a la calle hacía un mes, les decía:

   —Al amigo Machín se lo han petaquiao duro y parejo; ¡yo sí que me llevé en esta guerrita medio lienzo, alitas!, porque se quedaron más de cuatro con un palmo de narices. El indio Casallas taba que echaba la baba por cogerme, pero si no jila no devana, y ya no pudieron parrandiarme, porque con los cuetes y las vivas de anoche al gobierno y a los enciseños, y las mueras a los venenzuelanos que nos querían sorber, se les apagó el mecho, y si no se agarran los caratosos esos de Venezuela de una reja ardiendo, en los de puacá no se arman. El día que me llamé a iglesia esque me buscaba como auja ese capataz Mangaverde de don Chepe que esque me la tenía recetada; pero si no se priende de un penco, con yo no se luce por más leyes que sepa. Con nosotros los impliaos eclesiásticos, cauqueños como yo, amistad y gracia, porque con cada maldición que les encajemos los dejamos patitiesos. Y como pa quedar yo mejor resultó que el indio Pacho tá soplao que niuna vejiga y casi tullío y yo sigo de sacrismocho y me armo, anque supe quel Pecoso esque vino haciéndose el chiquito pa coger el destino, pero como que vino por lana y se golvió trasquilao. La güena es que yo ya tengo ropa; y qué les parece, que dende que toy internao ya estas federicas patas tán mejores, anque las paisanas niguas me las iban enchonetando un poco. Le voy a pedir al blanco, anque tamién es achocolatao como yo, que me dé pa rope paño, y que me regale un par de botas viejas, y verán qué tipazo. Aquí lo que sí tiene es que el jarabe ni olerlo, y el mata-burros ni pa remedio se topa; démenles memorias, que presto nos veremos las caras con los tipos ésos, porque el ayuno ya va largo, y la pior de todas es que me lo van encajando a la jorcióribus, ¿oís?

   Aquí llegó la conversación con sus amigos, cuando lo llamé desde la ventana de mi cuarto que da a la calle, y él contestó:

   —¡Señor!, voy untual. ¡Me llevó el burro! El blanco taba poniendo loreja, y quén aguanta la peluca que me acomoda, a como es de caliente. ¡Adiós, alitas, que tipién mucho! Me llevó el burro, canastos!

   Cuando llegó al patio, le dije:

   —Ve a ocuparte en alguna cosa, no estés ocioso.

   —Era que taba mandando unas razones a mi mama con el Sietegüevos que iba pasando.

   —Ya te oí las razones; ven aquí con mentiras, bribón; ponte a barrer el patio.

   Al punto entró a su cuarto a sacar la escoba, y creyendo que yo no lo oía, resongó:

   —Ora se le va a meter quénse qué idea en el tuste pa jeringarme más, porque pa tirárselo a uno sí halla modo, como si tuavía hubieran esclavos. Me la saqué ora de colegiante, me quere tener como si yo juera monjo; así sí no pelea mi gallo. Ya no tardará en golver con las amenazas de meterme de soldao; pero eso y la venida de los españoles, en burros de palo y por debajue tierra, como que no lo veremos. ¡Viva don Golívar, y don Sentender y el dotor Páiz! ¡Viva quen puso la danza! Vamos a barrer el patiecito, mantras haber cómo baila Miguel, y si baila bonito, bailamos con él.

   Por la noche, después del rosario, subió a mi cuarto a recibir mis órdenes para el día siguiente, y me dijo:

   —Como sumercé ha dao en calentarse a cada nada con yo, y nues que yo quera dejar el impleo; pero es que como ya nuay riesgo de que en encuartelen, y no es paque ora lo güelva pleitos, porque el peje grande se come al chico, y yo no quero molestias...

   —¿Pero qué es lo que quieres?, dí pronto.

   —Que me deje salir siempre y cuando que no me deje echar a las tropas, porque con la vida encluastriada que llevo, me endropico aquí encerrao; ya un mes en éstas: cuando salga ya nian conoceré la gente.

   —¿Ya te están haciendo falta las niguas y la chica?

   —¡Esque las niguas! ¡Sólo que así llamen ora la disipela!... ¡Já, já, já!, más bien me da risa, con las que me sale sumercé, esque niguas! ¡Parotro con sus sinijorias esas!

   —Déjate de enredos; no te dejo salir.

   —Pus entonce me sacarán tullío como al indio Pacho, que dende que lo tuvo encerrao recibiendo el helamiento sin darle el sol, se sopló que ni un sapo.

   —No sales, porque tú lo que quieres es ir a emborracharte y así no te soporto, ¿oyes?

   —Esues, ya se encomodó; y si se emperra en no dejarme salir, vendré a parar como el Pecatamea, hecho un istúpido, meniando la cabeza y dándose topes onde quera, y eso esque le dependió tamién de tar encerrao.

   —Aunque te vuelvas un estúpido, no sales. ¿Entiendes?

   —Así la vida es un soplo. Come uno y sin caminar y sin tomar nada se va soplando que ni un dijunto. Esto que yo tengo no es gordura güena; esa sí no me la mamo yo. Ya puentero me quere tener sumercé como encuartelao. Si me muero, a ver cómo no.

   —Pues aunque te soples y te revientes no sales, ni te permito meter chicha aquí, ¡y deja tu insolencia!

   —Entonces empriésteme pa comprar una mude ropa.

   —Bueno, yo te compraré la ropa; pero dinero no te doy, hasta que estés muy formal.

   —Quero comprar un flux de paño bien majo.

   —¡Echale!, ¿ya quieres vestido de paño?

   —Es que es feo que siendo uno impliao lo vean de continablemente con trapos de manta; y le quería pidir tamién... pero me da media vergüenza ...

   —A ver, ¿qué?

   —Es que quén quita que no se me desenchoneten estas patas al echarme de botín.

   —¿Sabes?, te voy a someter a trabajar para que dejes tus exigencias.

   —¿No lo dije?, ya se calentó con yo. Será que ya quere golver a divertirse otra güelta viéndome con las patas que niunos bancos y todo tamaño dinchao y reventao que ni qué cuete.

   —Véte de aquí, que pronto te arreglaré todo, y no te pese, negro haragán.

   Al salir dijo:

   —Qué bonito, cuando no por bien, ajuro; ora sí me la saqué, yo, como si juera su esclavo.

   Al día siguiente, sábado, se escapó de la casa mientras yo salí al campo a confesar un enfermo, y se desquitó del ayuno a todas sus anchas. Cuando volví lo encontré calamocano, por lo cual pensé en poner remedio formal a tales desmanes.

   La revolución había terminado, pero estaban organizando en la población una fuerza para mandar de guarnición a la costa. Entre los soldados de ese cuerpo había un muchacho de catorce años, hijo único de una pobre mujer viuda, quien me suplicaba con lágrimas que me interesara por la libertad de su hijo. Propuse canje por el negro, y en el acto fue aceptado.

   Ese día estaba el negro con pantalones y chaleco de paño, camisa morada de tartán, ruana blanca de algodón, sombrero de suaza, pañuelo colorado al cuello y alpargatas limpias, atadas con galones verdes.

   Lo mandé bajo pretexto de comprar unos cigarros, y al entrar a una tienda, según estaba convenido, cayeron sobre él dos soldados y un sargento, y lo echaron por delante para el cuartel. Yo estaba en la ventana de la casa cural, y algunos me decían desde la calle:

   —¡Señor cura!, ¡cogieron a Marfil!, ¡vea que reclutaron al Catire! ¡se llevan al Palomo!, ¡reclémelo!, ¡reclámelo!

   Al ir llegando al cuartel, que estaba frente a la casa cural, me dijo el negro, sacudiendo los brazos y golpeando el suelo con los pies:

   —¿Ya ve?, por ir a mercarle sus mugres esos de chicotes, me queren tarriar éstos, no más que pa sobarme. ¿No se acabó ya su andrajo ese de guerra? Son ganas de zumbarme.

   El sargento le dijo:

   —¡Caballero, haga silencio y siga!

   —¡Si nada les he robao!, dijo el negro, y como trataba de resistirse, le dije:

   —Sigue que ahora voy allá.

   —Siga, repitió el sargento.

   —Corriente, dijo el negro levantándose la ruana sobre el hombro, ya veremos lo que les ha de durar el mando sobre mi personita; se han de quedar chasquiaos más de cuatro destos capataces.

   El Machín hacía centinela en el cuartel, y al ir acercándose al negro le dijo éste:

   —Alita!, ¿qué habís hecho, Machincito? ¡A veloz!

   Machín echó el fusil al hombro y contestó con una sonrisa el saludo de Marfil.

   Este resultó muy diestro y diligente en el manejo de las armas, ganándose en poco tiempo las simpatías de sus compañeros y la confianza de sus jefes, dándole en prueba de esto el nombramiento de cabo segundo. Dos meses después, ya de marcha para la Costa, pedí permiso para hablar con él, y al verme me dijo riéndose:

   —¡Ah sumercé, si es elques!, cómo me dejó cachijoriar.

   —¿Ya ves?, no quisiste ajuiciarte ni trabajar, y has venido a aparar en esto. Dios te bendiga, procura ser bueno y verás que te va bien.

   —La güena es que yo toy muy amañao con las fanfarrias éstas, y como nuesques sino por paseo que vamos puallá, siquera conozco el mar, y si queda cerquita Luropa, allá voy a dar, a ver qué cara tienen ésos, y lescribo a sumercé pul correo contándole, y cuando güelva aquí, mi amigo, nuan de conocer al coronelito don Palomo, y me zumbo a más de cuatro de estos vejigos.

   Le entregué lo que le debía de su servicio, le regalé unas monedas y nos despedimos como amigos.

 

 

EL CORONEL Y SU ORDENANZA

 

Pasa la escena en una casa de campo, cerca de Bogotá. Sala desmantelada, sin más muebles que dos asientos y una mesa con muchos papeles.

PERSONAJES:

LEOPOLDO (Coronel cesante).
GABRIEL (Médico).
CAMILO (Criado del cesante).

 

   Al levantar el telón, entra Leopoldo jadeante, atuzándose los bigotes y diciendo en voz fuerte, al tiempo que arremete contra los papeles que hay sobre la mesa: ¡Truenos y relámpagos! ¡Rayos y centellas!... ¡Fuera de aquí! ¡Canalla vil!, malandrines que guardáis el nombre de mi asesino. (Saca un papel del bolsillo, y lee diciendo): ¡Aquí mi sentencia de muerte y la de mi familia! ¡Oprobio para el monstruo! ¿En esto han venido a parar los desinteresados servicios que yo he prestado a mi patria y a mi causa? ¿Así se corresponde a la hoja más limpia de servicios que hay en el país? ¿Y no habrá quien arroje a latigazos a los traficantes que se han apoderado del templo de la ley? ¡Infame comunicación! ¡Maldita la mano que empuñó la vil péñola que firmó este inri que como una brasa se estampa en la frente de un hombre inmaculado como yo! (Arrojando el papel). ¡Te pateo, infame telegrama! Y en tí, al mentecato de tu autor, a quien desprecio en nombre de la empleomanía; palabra sagrada que el vulgo no entiende; palabra que en mí profana esa hiena cuyo nombre no quiero pronunciar; a quien no quiero ver, ni en efigie, porque lo estrangulo... me bebo su sangre... pero no hay caso; esto sería hacerle demasiado honor. No, a esto no logran que yo me rebaje, porque es propio de corazones hidalgos vencer las dificultades. Pero no hay caso. Ahora advierto cuán sabio es aquello del Libertador: «Quien no espera vencer ya está vencido», ¿ya oyé? que luchen conmigo cuerpo a cuerpo, que yo sabré decirles cuántos son cinco; que lo demás, por sabido se calla. ¡Sí, que arremetan todos contra mí; pero ahora, que me siento con una fuerza de gigante! ¡Pero no hay caso! Tempora mutantur. Los tiempos cambian, ¿ya oyé?... (Golpes en la puerta).

   Leopoldo. —¡Siga usted! ¡Siga!...

   (Entra el médico). ¡Salud, señor don Leopoldo! (Este se lanza sobre él, con los brazos abiertos). ¡Ooooh, señor doctor! ¡Dichosos los ojos que lo ven! ¡Si me parece mentira!, es que lo veo a usted, lo toco y no lo creo. Es que me encuentra usted resolviendo el gran problema de la vida; porque este mundo es un fandango, y el que no baila es un loco. Así como usted lo oye; pero no hay caso.

   Gabriel. —Perdone si lo importuno; porque me parece que usted estaba ensayando uno de esos famosos discursos que tan acertadamente suele pronunciar en las cámaras y...

   Leopoldo. —Le diré Tempora mutantur, y es que usted no sabe que los vientos que soplan para mí son malos, ¿ya oyé?, pero no hay caso. Es que llega usted, como sabio que es, en el momento psicológico. A tiempo de caramelo, como dice el vulgo; pero no hay caso. Siéntese, siéntese, mi doctor y amigo, y permítame un instante, que en seguida estoy a la orden. ¡Camilo, ven aca! ¡Camilo, pronto, pronto!... ¡Sargento! (Entra Camilo con una escoba, se cuadra y le hace el saludo de ordenanza, a que lo tiene acostumbrado).

   Camilo. —A la orden, mi general.

   Leopoldo. —Nada, déjate de llamarme con ese título; ya no soy general; pero no hay caso. Quédate aquí, arreglando todos esos papeles, inter tanto voy a dar una orden en el interior.

   Leopoldo (dirigiéndose al médico). —Jusqu'au revoir monsieur, docteur.

   Gabriel. —Jusqu'au revoir, monsieur, le general.

   Camilo (arreglando los papeles). —Oiga lo que dicen: Jusqu'au revoir. Que va a buscar a quien robar, pero en eso sí no siarma ni a cañón tirao.

   Gabriel. —No, la frase quiere decir: A más ver, o también: Hasta luego.

   Camilo. —Bueno; convengamos en eso; pero dice que ya no es general, y esa sí es la primera verdá quia ha dicho en su vida; porque ta por ver lo que él aiga peliao. Me como en jabón, aunque me muera, la pólvora que él aiga golío. El no sabe más que empapelar gente en su ojicina; pero de melitar, sabe tanto como yo de monja. En lo del generalato y en ojicio de menistro, le salió la criada respondona. Le salió con pierna. Le mandaron cortar mangas, pa chaqueta, y le resultaron puros zamarros. Lo que es el título de general y los empleos, se le escacharon. Si lo sacaron por la tangente; es decir: se lo pegaron en treses. Lo cachijoriaron. Se lo parrandiaron, sin más ni más. Y a yo, me tocan retirada de este cuartel, y tengo quirme con la música a otra parte; porque lo ques el ministerio y el generalato del señor don Leopoldo, no cuajó. Se lo pegaron con pe mayúscula. Ya taba que no quería que ni aire le tocara los pelos de la ropa. Si creya que él valía más que el mesmo rey de tualas indias de poallá de lestranjería. Míre: esta mañana, cuando se sentaron a almorzar, creya que nuabia más que ver en el mundo quel. Tando en esas, le caye un parte, que si más lo tulle, éste que ta aquí pisotiao; y entonce, se iba encalambrando como un toche, y se esjaretó, y saltaba que ni qué caucho; ¡y qué bocables aquellos! que ni en los cuarteles sioyen. Y porque la probé señora le dijo que no se empacentara, alevató y le jaló con la cajetera caliente, y cargó por los jlancos, contra tua la loza, no dejó tiestuavida, porque jue como si soltaran un mico en un pesebre. Y a yo me jaló con la bandejela tortilla, y tiró contra las tapias las turmas rellenas; y paque vea que no le miento, aquí tengo una que cogí, como botín de guerra; y paque conste, jirmo. (Sacándola del bolsillo empieza a darle dentelladas).

   Gabriel. —Díme, Camilo: ¿tú de dónde eres?

   Camilo. —Pus bogoteño puro, y raizal niebluno, de la calle de las Vejaras. Puay es que jue onde yo nací; eso porque meluan contao, porque lo que es a yo no me consta.

   Gabriel. —Pero yo no creo que el ministro y general, don Leopoldo, haya ultrajado a la señora, como tú dices.

   Camilo. —¿Que no? Pus yo digo que sí, mantras no me pruebe lo contrario. Y a busté, y a tuel mundo se lo aseguro por tuesta manotadecruces (traba los dedos de ambas manos). ¡Piiiisss! Esto es más cierto que la muerte del dijunto Matajudíos, mi paisano. Míre: le estampó a la probé señora en tua sulinda cara la cajetera jirviendo, y la pringó, y en después le mechonió, y le acomodó un garnatón que la dejó súpita. Si quen no lo conozca que lo compre. Sease el que no quebra un plato; pero no deja loza güena. A yo me cogió hace ya cinco meses, y lo de mi servicio, míre: hastel sol de los venados. Yo jue ordenanza diun general, y alcancé a sargento, y sé tolos toques de corneta, y si no, ori verá: el del general de división, que es el que dice quesque le corresponde al señor ministro, mi patrón, es éste: tararí tatatata, tararí tatatatata. Y el verso que le tienen acomodao (al toque, se entiende, no a mi general), es éste: poraquí pasó un pipiolo! ¡poraquí volvió a pasar!

   Gabriel. —¡Hombre!, puede oírte y naturalmente le disgutará.

   Camilo. —No, señor; el silvo, sin letra, le gusta; ¿no ve que me tiene siempre en este cuarto chiflándole? Lo ques con el verso, sí se calentaría.

   Gabriel. —Bien; no lo repitas, porque supongo que ya entra.

   Camilo. —Nada; él se dilata. Dijo quiba a dar órdenes, y nuay tal chicha en el chorote. Se jue a hacerse la toleta.

   Gabriel. —¿Hacerse la qué?

   Camilo. —A hacerse la toleta. Yoigame lesplicación: es que esa es otra de las mañas del señor ministro (porque tiene más mañas quiun macho resabiao). Llegan los cachacos a golpiar a la puerta y comienza a llamarme a gritos: ¡Camilo!, ¡sargento!, diles a los señores que esperen en la antesala, que estoy haciéndome la toleta. ¿Entiendites?

   Gabriel. —¡Ah!, ya caigo en la cuenta. Haciéndose la toilette.

   Camilo. —Esa palabra (como dice mi general). El tolete, el tolete. Por supuesto; más claro no canta un gallo. Sí, señor; aeso se coló, a lalcoba, a embadurnarse de pomadas y de almizcles. ¡Tararí tatatatata; poraquí pasó un pipiolo. La palabra última no se la digo, yo se la quité, porque jiede tan jeo como mi general cuando tan sin achotes, que siunta. Eso tamién se lo juro, por mi palabra dionor, de la güena.

   (Entra el Cesante). —Conque, mi buen doctor, cuente: ¿qué es de su vida? De mí no me pregunte nada ¿ya oyé? porque con decirle a usted que esta casa es la casa de la desesperación, creo haberle dicho todo. ¿Ya oyé? La última palabra de todo lo más tétrico y horrible, y tal y qué sé yo... Pero no hay caso. Este es el acabóse. Es el non plus ultra. Situación inabordable en materia de horrores; pero no hay caso.

   Camilo. —¿Puedo retirarme?, mi general. Pero dígame las cosas claris verbis, porque los pringes tuavía me duelen, y esque soldao alvertío no muere en guerra; y esto quén sabe en qué va a parar...

   Leopoldo. —Con tus mojigangas de lenguaje me tienes hasta aquí. (Pasando la mano por sobre la cabeza). Pero quédate ahí apropincuado a la puerta, por lo que potes contingeré. ¿Entiendes?

   Camilo. —Me quedé enayunas, no entiendo naitica al remate; y en latinajos pior que pior, paloquiace a mis entendederas. Dígame en pura taútica de melitares, y serán cumplidas sus órdenes, mi general.

   Leopoldo. —¡Hombre!, mi sargento: permanezca inestatu quo, es decir, ahí, por lo que pueda suceder. ¿Entiende?

   Camilo. —Entiendo y cumpliré hasta morir u vencer. ¡Qué canastos!

   Leopoldo. —Míre, mi buen doctor; es que temo, por lo mucho que me conozco, que en el curso de mi relato me accidente ¿ya oyé? Y le hablaré en los términos de su profesión; este es un caso patológico, como ustedes dicen, ¿ya oyé? Y se lo digo porque usted es médico del cuerpo y del alma; sacerdote en ambos ramos del saber humano; pero no hay caso.

   Gabriel. —No entiendo qué es lo que le pasa a usted. Me encaminé a este lugar, por hacer ejercicio, y por informarme del estado de su salud, que tanto me interesa.

   Leopoldo. —¡Oh!, así lo creo; pero no hay caso.

   Gabriel. —Y a propósito, dígame: ¿cómo están mi señora Gabriela y los niños? De usted, ya sé: nervios, nervios; y con ese temperamento bilionervioso, se pone usted que salta, porque le diré que usted es un manojo de nervios. Lo que usted necesita por ahora es un poco de valeriana y reposo; pero mucho, muchísimo reposo; porque, de tejas abajo, usted no tiene por qué afanarse. Sin adulación le digo que poquísimos hombres han estado en el país en las condiciones en que usted está. Tiene uno de los destinos mejor remunerados, empuña las riendas de la política, en sus manos está, lo que un ciclista llamaría el breque de la maquinaria gubernamental, y por añadidura, doscientos dólares en el bolsillo para darse una vida de príncipe, como ha venido dándosela hasta ahora. (Leopoldo suspira, apoya la cabeza en la mano, y permanece silencioso).

   Camilo. —Es cierto lo que dice el dicho, que ninguno sabe con la sé que otro bebe; si por lo que yo percato, luan dejao mirando pa San Felipe y limpio como pepeguama.

   Leopoldo. —¡Ay!, mi doctor. El vulgo tiene sus aciertos. Lo que éste dice encierra una gran verdad. Te prevengo, sargento, que no avances mucho en ciertas apreciaciones, que hoy, por hoy, pueden serme adversas; pero no hay caso.

   Camilo. —Serán cumplidas sus órdenes, mi general; y en ese terreno combatiré yo en toda la línea, porque obras son amores y no güenas razones.

   Leopoldo. —Mi buen doctor y amigo, un cigarrillo.

   Gabriel. —Con mucho gusto, gracias.

   Leopoldo. —Ve, Camilo, tráete unas copas de vino y una caja de galletas.

   Camilo (sale canturriando). —En la calle e la carrera hay dos cosas qué mirar, ta, ta, ta, ta, ta, ta, ta, ta, ta, etc.

   Leopoldo. —Oiga mi doctor, que esparcimientos tan graciosos los usan nuestros soldados. Pero no hay caso. Lo que le aseguro a usted es que este país está perdido; y le daré a usted la razón: Me preguntaba por mi mujer y por mis hijos; a lo primero le diré que Gabriela, mi cara mitad, por seguir mis huellas en bien de este desgraciado país, está hecha una Magdalena por el fracaso que me resulta, y más que todo, por la separación de su familia; porque, como usted sabe, yo me casé en el Cauca (como quien dice en el extranjero); la traje con mil consideraciones, figúrese usted, todo lo que implica la delicada «luna de miel», como han cantado los poetas, ¿ya oyé?; pero resulta, que de pocos días a esta parte, y teniendo, como tenemos, cuatro retoños, es decir, cuatro vástagos de nuestra estirpe, ¿ya oyé?, esta mujer es una hidra, y tal y qué sé yo... ¡Y este su amigo! Moro al agua. Pero no hay caso. Lo demás vendrá por añadidura.

   Camilo (entrando y sirviendo el vino). —Aquí viene de cajón aquel versito, que nues de la melicia, pero que tiene su sal y su pimienta:

 

El que bebe en calabazo,
Y se casa en tierra ajena,
No sabe si bebe sapos
U casa con cosa buena.

 

   Leopoldo. —¿Qué le parece el verso, mi doctor? Metámosle pluma.

   Gabriel. —Eso no pasa de ser una pamplinada. Usted no está en ese caso, afortunadamente. Y si en boca del pueblo hay grandes verdades, también hay grandes errores...

   Camilo. —Es que poco saben que mi general jué al Cauca por lana y se golvió trasquilao. Tararí, tatatatata, etc.

   Leopoldo. —¡Sargento! Toque alto y frente a su charlatanería.

   Camilo. —Sí, mi general; a palabras necias oídos sordos. Mihabía mandao quiahablara y ahora se calienta. (Toman. Camilo apura el resto del vino, y apresuradamente embute en los bolsillos las galletas; lo advierte el general y le dice):

   Leopoldo. —¡Sargento glotón! Hoy no estoy en el caso de permitirte estas glotonerías. ¿Dónde está el resto del vino y las galletas?

   Camilo. —El vino ¿ahí no se luacaban de sampar?, y las galletas nueran más. Si aquí ya se va acabando todo ¡qué caray! Yo tampoco soy ya sargento aquí, puesto que han degradado a mi jefe. (Al público). Y el miedo que le tiene alhambre, si es más alto de cuerpo quel.

 

El amor y elenterés,
Comenjuntos en un plato;
El amor come por horas
Y el interés cada rato.

 

   Leopoldo. —Como le decía a usted, mi doctor, los chinos berriando como los muletos, cuando los apartan de la mama; pero no hay caso. ¿Yo?, como usted me ve; loco de atar, energúmeno, tirando piedras, esperando que me lleven al asilo, ¿ya oyé? Me encuentra usted tan limpio como Dios quiere a sus almas, sin poder solventar una crisis como ésta; una situación inabordable; pero no hay caso; porque se me tacha hasta de malos manejos de rentas, y tal y que sé yo, y se me despelleja como a un San Bartolomé, por meterme a funes en bien del país; y lo que dice ese desalmado que me quita el pan, ya es del dominio público; pero no hay caso. Y yo les pregunto a ustedes ¿qué les parece?

   Gabriel. —Para mí tengo que (aunque el refrán es duro, pero es el caso de decirlo) cuando el río suena, piedras lleva...

   Camilo. —Yo lo que digo es quel que no quera ver sus mulas matadas no las mande a viaje.

   Leopoldo. —¡No! ¡Rayos y centellas; y arda Colombia y el mundo, si no se me hace justicia! Y tú, deslenguado del demonio (al sargento), recoje tus palabras y trágatelas; porque ahora mismo soy capaz de comerme crudo al mundo entero.

   (El médico, en actitud de salir, menea la cabeza, mientras Camilo dice):

   Camilo. —¡Se calentó en regla el mesio! Me tarrió. ¡Y hora quizás, ni me paga! Pero ande la rueda, y con que le güela. (Al público). Que nuai que creer en brujas, pero que las hay, las hay.

   Leopoldo. —Vea, doctor querido: no se vaya. Oigame la última palabra. Procuraré condensar y seré muy lacónico en lo que me resta por decir.

   Gabriel. —Mi general: lo dejo, porque veo que le he proporcionado a usted un mal rato, ajeno de mi voluntad.

   Camilo. —(Y él jue el que rebulló el avispero).

   Gabriel. —Calma, calma, usted está muy nervioso hoy; luego volveré por acá, cuando la tempestad haya pasado.

   Leopoldo. —Vea, mi buen doctor: óigame dos palabras; porque si no, me muero, me privo...

   Camilo. —Sí, doctor: aguárdese tantico, que aguacero recio, presto escampa.

   Leopoldo. —Esa palabra. Vea usted: éstos, en su rusticidad, tienen sus momentos lúcidos. Siéntese y óigame, siéntese.

   Gabriel. —Por complacerlo a usted me detengo unos momentos más.

   Leopoldo. —¡Oh!, usted es muy amable. Médico del cuerpo y del alma.

   Gabriel. —Le digo a usted, mi general, que hasta ahora no entiendo nada de lo que pasa aquí. Dígame: ¿ha ocurrido alguna desgracia?

   Leopoldo. —Esa palabra. ¡Oh!, el mundo es mundo. Yo creía que ya usted sabía lo que me pasa; pero no hay caso: usted nombró ya la palabra ¿ya oyé?, una desgracia; pero la desgracia de las desgracias, el horror de los horrores. Le diré a usted persaltum, como dice el vulgo; óigame; usted, como ilustrado, tiene conocimiento de lo que es el horror, pero no hay caso. Conciba usted una idea de todo lo más horroroso que se pueda imaginar debajo del sol: ya lo concibió, ¿no es así?

   Gabriel. —Sí, señor.

   Leopoldo. —Duplique ese cúmulo de horror.

   Gabriel. —Ya está, no sólo duplicado; está multiplicado. Pero veo que asoma la oreja: ¿alguna traición?

   Leopoldo. —¡Ah!, qué ventaja es la de entenderse uno con hombres que comprenden las situaciones; ¡qué pregunta tan sabia es ésta! ¿ya oyé?, pero no hay caso; yo le voy a esplanar a usted todo en una palabra; lo que le digo a usted es que éste es el horror de los horrores, pero no hay caso. Ese hombre ha cometido un crimen multiforme, según la letra del código vigente; código que yo hice, figúrese si lo conoceré y si sabré cuál es el espíritu que lo anima, pero no hay caso. Y digo crimen multiforme, porque ese bruto ha cometido no sólo uno sino varios crímenes que vienen a constituir múltiple asesinato, pero no hay caso; porque vea usted cómo son las cosas: ese animal me asesina a mí, es decir, al jefe del hogar, ¿ya oyé?, a mi señora, que yo no sé cómo le devolverá ese malvado la tranquilidad; a mis hijos, que niños y todo, siempre son una esperanza para la patria, pero no hay caso; a cuatro tías, reliquias de familia, por parte de mi padre, e ítem más, a mis cinco hermanas, ¿ya oyé?, que reclaman los mismos derechos que tengo yo, porque somos vástagos de una cepa que tiene muy hondas raíces en el país.

   Camilo (al público). —En el jisco era onde taban enraizando en regla.

   Leopoldo. —Pero no hay caso; ese hombre, aborto del infierno, de la noche a la mañana nos deja a pedir limosna, rodeados de hambre y cubiertos de miseria, ¿ya oyé?

   Gabriel. —¡Ah!, ya comprendo; ¿se trata de la destitución de su empleo?

   Leopoldo. —Justamente, pero no hay caso; y éste es el nudo gordiano del asunto, esto va encaminado al ojo derecho de Filipo, ¿ya oyé? Ese hombre, como sabrá, es criatura mía y me ha jugado una partida que no tiene nombre en el cielo ni en la tierra, pero no hay caso; yo estaba bien en la nación como ministro, que no es poca ganga, interponiendo mis valiosas influencias para sostener a ese hombre; pero cuando vi que estaba a punto de irse al abismo, pasé al departamento para consolidar a ese hombre, porque me dolía que dejaran esmoronar el edificio político y administrativo, que yo había levantado en más de veinte años ¿ya oyé?, y ahora se me destituye de mi puesto, la iniquidad de las iniquidades, pero no hay caso: me dejan mirando para San Felipe, ¿ya oyé?, ese puesto que me quita ese imbécil, me lo reservé yo para un caso fortuito, para que me solventara las dificultades de la familia ¿ya oyé?, y yo le había formado entradas pingües a ese puesto, que hoy tiene más emolumentos de extras, que el sueldo, que por cierto no es del todo despreciable ¿ya oyé?, con un item más; y es que el gobierno está en la obligación de conciencia de atender imprescindiblemente a mis gastos y a la educación de mis hijos, eso es claro; porque ellos son fieles servidores a la patria ¿ya oyé?, porque yo quiero que sigan mi ejemplo, a fin de que más tarde se les pueda evitar el sonrojo de verse enrolados, con destripaterrones, arrieros o de cualquier género de orejones, por falta de un destino que ellos puedan honrar. ¡Natural!, pero no hay caso; este país está perdido ¿ya oyé?, y esa consideración es la que me tiene en este estado que usted llamó nervioso y tal y qué sé yo: porque es para enloquecer al ciudadano más pacífico, que el día menos pensado cualquier chisgaravís ¿ya oyé?, sin tener en cuenta los múltiples servicios que yo he prestado y los que con toda seguridad pueden prestar mis hijos, en los ramos administrativos y políticos, venga a borrar con una plumada la hoja de servicios más limpia y más desinteresada, sin acordarse que mi padre empuñó y sostuvo enarbolado el estandarte que yo defiendo como él, en la oficina y en la prensa, pero no hay caso. Me quitan todo: ¿ya oyé? destino, tranquilidad, salud y todo, pero no hay caso; el crimen de ese hombre reviste los caracteres más horribles, ¿ya oyé?, es que se me hiere a mansalva, se me asalta, se me despoja violentamente; hasta como ataque a la propiedad puedo yo considerra esto, con lesiones enormes y enormísimas, pero no hay caso; se me deja sin un maíz que asar, y el hambre asomando con sus garras por todas partes, pero no hay caso; lo que me tiene alterado es la crueldad de las crueldades, que ha cometido conmigo ese monstruo sin entrañas; pero no hay caso; en estas alturas me destituye ese animal, sin darse cuenta de que estando yo fuera de la maquinaria gubernamental, pierde el país una palanca poderosa, y no advierte que estando yo en lo que tan sabiamente se ha llamado los peladeros de la oposición, sí puedo hacerles mucha roncha ¿ya oyé?, porque usted sabe que no hay enemigo pequeño; una gran verdad, pero no hay caso. Se quedan con gente sin prestigio, sin conocimientos para manejar una oficina, tan complicada; hombres que no valen un taco ¿ya oyé? Y no es que yo los conozca, pero ya me figuro, eso es claro; y mis hijos ya no volverán al colegio, y no podré sostenerles la posición que merecen, ni podré trancar más para solventar los gastos que demanda mi numerosa familia, sumida en una situación inabordable, pero no hay caso; el atentado contra mí, está consumado ¿ya oyé?, es el horror de los horrores; ¡natural! Algunos amigos han querido hablar con ese monstruo, con esa pantera; pero no hay caso; yo los he disuadido de entenderse con esa hiena, a quien ni por la imaginación me ha pasado el mal pensamiento de ir a rogarle, ¿ya oyé? Le echo a usted esta antífona, para que no vaya a pensar en eso. Yo reclamo lo que en fuerza de derecho me pertenece ¿ya oyé?

   Gabriel. —Pues yo sí quisiera hacer algo por usted, porque su situación en realidad es muy tirante, y...

   Leopoldo. —No señor, no hay caso; óigame usted la última palabra; me quedan algunos féferes de poca monta, una bicoca en dos platos ¿ya oyé?, pero yo espero que el público, siempre justiciero, establezca la comparación entre ese desalmado bípedo y yo, pero no hay caso; él no es más que un simple mercachifle, un chuchero; en una palabra un quidam a quien yo saqué de entre las telarañas de una tienducha, de una chuchería, y lo hice personaje en lo político y en lo administrativo ¿ya oyé?, individuo que no es capaz de escribir nada, porque no entiende ni la rutina de las oficinas, hombre que en un renglón escribe una docena de gazapos; pero no hay caso. Ese es el hombre. Dígame usted ¿no es la verdad?

   Gabriel. —Pues yo no lo conozco; pero por lo que usted dice, supongo que así será. Aunque me parece de muy difícil digestión esa pildora.

   Leopoldo. —¡Esa palabra! Sí, señor; pan, pan; vino, vino; pero no hay caso. Figúrese usted si a mí se me ocultarán estas cosas, siendo hijo de mi padre, ¿ah?, que no tenía agua en la boca, y tal y qué sé yo; con un ítem más, y es que la observación que usted acaba de hacer es de lo más fino. ¡Y qué ocurrencia tan sabia es esa! ¡Cómo arroja luz sobre el asunto! Es el acabose ¿ya oyé? Y yo, para castigar a ese chisgaravís, me creo capaz de hacer crujir la prensa con un artículo candente ¿ya oyé?, en que lo puedo exhibir ante el público, con todos sus pelos y señales, pero no hay caso; se me quita mi destino y se me vuelve loco, y loca mi familia, y tal y qué sé yo. ¿Y en esta situación qué hago? Dígame usted, como amigo, como sacerdote del saber humano... Me he confesado con usted, y necesito el bálsamo para mis heridas en el alma, ¿ya oyé?

   Gabriel. —Pues ya que usted no quiere solicitar nuevamente ese u otro destino, yo creo que debe buscar otro camino, para trabajar y adquirir, por medio del trabajo, el pan que nadie puede arrebatarle, como sucede con tantos hombres, que mediante el trabajo adquieren una posición estable y ventajosa, sin estar sometidos al capricho de un mandatario, como usted dice, o a los vaivenes de la empleomanía. Además, en el caso presente, hay que tener conformidad con lo que Dios dispone.

   Leopoldo. —Sí, señor; pero no hay caso; yo estoy resuelto a no rebajarme trabajando como peón; ¿ya oyé?, ni permitiré jamás que mis hijos vayan por esos caminos. Y a mí se me da ahora un destino que cuadruplique el valor del sueldo que me han quitado, ¿ya oyé?, o no acepto nada, y pierdo hasta la fe en los amigos, y en todo; pero no hay caso.. . Y en todo lo que usted me dice, por más que haya querido dorarme la pildora y hacérmela tragar, usted mismo, con toda su ciencia, no me la hace digerir ni a palos; ¿ya oyé?, porque esto es lo que se llama agregar aflicción al afligido; pero no hay caso... Yo no transijo con nada.

   Gabriel. —¡Pero don Leopoldo!

   Leopoldo. —¡Pero don doctor!, o lo que usted sea, quítese de mi presencia, porque le exprimo el alma, como quien exprime una esponja, o como se exprime el queso, ¿ya oyé? (Se sienta y oculta la cabeza, haciendo crugir los dientes y diciendo: ¡Rayos y centellas! ¡Truenos y relámpagos!

   Gabirel. —Nada, amigo mío; usted desista de sus tontas pretensiones de manejar oficinas; a buscar oficio en una quesera donde se exprime el suero, única cosa de que usted es capaz, y que lo traten a palos para que aprenda a trabajar y a ganar el pan. ¡Vaya usted con Dios, so chisgaravís del demonio! O si no es capaz de esto, póngase a hacer muñecas. A trabajar, a trabajar.

   Camilo. —Yo lo pensé cuando comenzó la jiesta; que esto acababa en molestia. Al general se lo pegaron en treses. Le acomodaron su guamazo en puros bemoles.

   Gabriel. —Estas pretensiones son las que tienen arruinado, y casi perdido al país... Si del modo como han procedido con este sujeto, procedieran con esa multitud de sanguijuelas del tesoro público, Colombia podría resucitar... Que se inculque a todos los colombianos la idea del trabajo, y yo respondo de la salvación de mi patria. El trabajo y la honradez forman hombres dignos y capaces de todo lo grande, noble y generoso.

   Camilo. —¡Por supuesto! ¡Sí, señor! Y ora miacuerdo desta canta quiaprendí dende chiquito:

 

El caballo por el paso,
y el güey por la cornamenta;
Y el hombre por el trabajo,
Porque así naiden luajrenta.

 

   Gabriel. —Ese verso encierra una gran verdad. Y tú procura salir de esta danza, y ejercítate en el trabajo para que asegures honradamente el pan. ¿Entiendes?

   Camilo. —Sí, mi dotor. Deso toy yo persuadío. Y ailá va en puro latín mi determinación: Mortus est qui non risolla (Mostrando al Cesante). Lo cual quere decir esto: Mi almuerzo nostá en estolla. Y con la mesma, a engolver mi junco, y patas al camino, con la músicotra parte. ¡Tararí, ta, ta, ta, ta, taaaa! Por aquí pasun pipiolo! ¡Por aquí volvió a pasar!

 

CAE EL TELON.